El presente trabajo pretende ofrecer un análisis de esta vía teórica que hasta la actualidad no se había llevado a cabo. No obstante, no pretendemos ignorar los numerosos estudios berliozianos realizados por eminentes figuras, fundamentalmente en los marcos anglosajón y francés, que constituyen una verdadera base y punto de partida para nuestras investigaciones, sino ofrecer un nuevo punto de vista que contemple la proyección, a través de dicha vía teórica, de todo un sistema estético de la música. Frente al vacío casi absoluto de estudios berliozianos en el ámbito hispanohablante, una cantidad creciente de brillantes académicos británicos, franceses y norteamericanos lleva recogiendo desde comienzos del siglo xx un número siempre en aumento de datos necesarios para un conocimiento del hombre y de la obra. No obstante, no es posible encontrar en ellos un apartado específico que permita incluir al autor entre los filósofos de la música, junto a los Kant, Wackenroder, Hegel, Schopenhauer o Wagner. Por su parte, los manuales de estética de la música, hasta la fecha, tampoco contemplan el pensamiento berlioziano. En ellos el nombre del compositor únicamente es citado de forma transversal, mas en ningún caso como artífice de unas ideas filosófico-musicales que verdaderamente merecen un lugar en la filosofía romántica. Por ello pretendemos ampliar el panorama de la estética musical en el Romanticismo con una figura músico-literaria como la de Berlioz, que se desmarca de los demás filósofos de la música en el carácter pragmático de sus ideas. El objetivo principal de este libro consiste en la sistematización del pensamiento berlioziano, de tal modo que podamos ofrecer un material que aún no ha sido elaborado en el campo de la historia de la estética musical como disciplina. El motivo de este desconocimiento de su faceta filosófica se encuentra en la ausencia de un afán de sistematización, por parte del propio compositor, de sus propias opiniones estéticas: Berlioz no construye un sistema filosófico de manera consciente, sino que deja caer sus ideas de forma dispersa en sus escritos críticos y literarios. De este modo no es posible advertir la existencia de un pensamiento estético global, si no es a través de un proceso minucioso de estudio y análisis de dichos textos, motivo por el cual el paso previo al estudio del Berlioz filósofo lo constituye el análisis del Berlioz escritor. Así pues, ofrecemos en este libro una antología de fragmentos literarios del autor, traducidos al español, muchos de ellos por vez primera. Aunque existen sendas versiones españolas de Mémoires y Les grotesques de la musique, estas son ya bastante antiguas, se encuentran descatalogadas, son solo accesibles en algún anticuario y muestran un empleo algo trasnochado del idioma. En un plazo corto tendremos disponible una versión anotada de una obra maestra literaria como es Les soirées de l’orchestre. 1 Para facilitar la lectura ofrecemos también nuestra propia traducción de las demás fuentes, tanto del inglés como del francés. 2 Es evidente que las fuentes del estudio berlioziano se encuentran fundamentalmente en inglés y francés y que las escasas biografías existentes en español corresponden a traducciones de estos idiomas.
Cuando en la actualidad se pronuncia el nombre de Hector Berlioz es verdaderamente poco probable que se esté aludiendo a su faceta literaria. Berlioz es bien conocido en el mundo como compositor y su sombra se proyecta como la de un titán sobre la historia de la música del Romanticismo. Gracias a una formación esencialmente autodidacta, provocó una revolución en el concepto de orquesta que Beethoven y Rossini habían heredado del clasicismo. Su orquestación presenta tal modernidad y heterodoxia que con frecuencia no fue comprendida por sus contemporáneos. A su imaginación desbordante debemos los conceptos de música programática y de leitmotiv musical. Sin duda, cuando Gautier realiza su célebre declaración, en la que considera a Berlioz, Hugo y Délacroix, como la Trinidad del arte, estaba haciendo referencia a la faceta del primero como músico y no como escritor.
No obstante, mientras que la producción musical de Berlioz supone uno de los pilares del Romanticismo europeo, su obra en prosa es apenas reconocida como literatura. Evidentemente, la relevancia de su aportación al arte musical es tal que la figura del compositor ha eclipsado de forma casi absoluta al escritor. Además, en virtud del contenido esencialmente musical de todos y cada uno de sus escritos, estos han sido clasificados bajo la etiqueta de «literatura especializada», es decir, destinada a una fracción minoritaria del público lector. Fuera del ámbito francófono, únicamente aquellos músicos que, al mismo tiempo, poseen una afición a la lectura, han constituido el grupo potencial de lectores del Berlioz escritor. En la actualidad, solo un porcentaje muy reducido de este subconjunto conoce su obra literaria.
Berlioz fue un hijo de su revolucionaria época. Desde su infancia idealizó la imagen de sus dioses particulares, Gluck, Spontini, Beethoven y Weber. El Olimpo berlioziano, empero, no poseía una naturaleza exclusivamente musical, sino que abarcaba un espectro artístico general. Por este motivo, también lo habitaban moradores literarios, venerados por él en la misma medida: Virgilio, Shakespeare, Walter Scott, La Fontaine, Byron, etc.
Su formación como escritor se desarrolló desde su juventud a través de diferentes publicaciones de la prensa parisina. Cuando se le propuso hacerse cargo de una sección de crítica musical, Berlioz consideró la posibilidad de universalizar su credo estético: «La idea de semejante arma en mis manos, para defender lo bello y para atacar todo aquello que yo consideraba contrario a lo bello, en seguida comenzó a sonreírme». 3
Así pues, vemos que su primera intención no fue la de crear literatura sino la de defender su propio ideal estético, además de procurarse unos beneficios pecuniarios que resultaron absolutamente indispensables en los tres decenios posteriores. Con todo, su trabajo como escritor de feuilletons en la prensa supuso siempre una dolorosa carga: «La composición musical es para mí una función natural, un motivo de felicidad; redactar en prosa es un trabajo». 4
A pesar de estas palabras, tomadas de sus Mémoires, podemos hoy afirmar que Berlioz se sentía profundamente escritor, mas no escritor de feuilletons, sino de verdadera literatura. Escribió seis obras mayores, aparte de una vasta producción de artículos de crítica para la prensa y de correspondencia. Una de estas obras es un célebre tratado de orquestación, esencial como fuente de estudio para los alumnos de composición. Escribió su Voyage musicale en Allemagne et en Italie (1844), Les soirées de l’orchestre (1852), Les grotesques de la musique (1859), À travers chants (1862) y finalmente sus Mémoires, redactadas a lo largo de dieciocho años y publicadas póstumamente (1870). A esta lista debemos añadir los libretos que él mismo compuso para sus óperas con la intención de fusionar música y literatura en un arte nuevo dotado de una mayor capacidad expresiva.
La figura del compositor que es capaz de expresarse en prosa con corrección y una cierta fluidez no constituye rara avis en una época como el Romanticismo. Un considerable número de autores de primera línea en cuanto a la programación actual de sus obras en concierto, encontró particularmente en el género epistolar un medio de comunicación ideal para tentar sus cualidades literarias. Según expone Hugh Macdonald en la versión inglesa de Les grotesques de la musique, «entre los grandes compositores de su época, no pocos encontraron una segunda vocación como escritores. Entre ellos destacan Schumann y Wagner. Los escritos de Berlioz son mucho más importantes que los de Schumann, mucho más legibles que los de Wagner y mucho más divertidos que los de ambos». Su estilo muestra un sentido del humor en ocasiones irreprimible, aunque el tenor general del escrito fuese de tipo dramático. Es preciso leer sus obras para descubrir, tras el semblante serio y el ceño fruncido con el que es siempre representado, a un hombre extremadamente agudo y chistoso, al que podríamos calificar de «bromista patológico». Verdaderamente se complacía en la escritura humorística. Podemos afirmar que tenía necesidad del humor, especialmente de la ironía, para alcanzar con éxito la expresión literaria, y solía aprovechar cualquier ocasión para introducir una brizna de humor, generalmente en forma de anécdota.
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