ARTHUR W. WAINWRIGHt
Manchester
Abril de 1962
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO I
EL PROBLEMA DE LA TRINIDAD
El propósito de esta obra es descubrir el origen del problema de la Trinidad en tiempos del Nuevo Testamento. Surgió este problema al creer los cristianos que Jesús era Dios, y al expresar su creencia dándole títulos divinos y adjudicándole funciones normalmente reservadas a Dios en el pensamiento hebreo. Esta creencia en la Divinidad de Cristo se manifestó tanto en los escritos del Nuevo Testamento como en el culto que practicaron las primitivas comunidades cristianas. Al sostener la Iglesia cristiana la creencia judía en la unidad de Dios, se suscitó un serio problema como consecuencia de creer también en la divinidad de Cristo. ¿Cómo podía ser Dios el Padre y ser Dios el Hijo y, sin embargo, ser un solo Dios? El problema se complicó desde el momento en que el Espíritu Santo fue considerado como Persona, que tenía una decisiva influencia sobre las vidas de los individuos. ¿Era también Dios el Espíritu Santo? Y si lo era, ¿cómo podría Dios ser uno y tres al mismo tiempo?
Estas dos cuestiones aparecieron completamente claras en el siglo segundo en los escritos de Teófilo, de Ireneo y de Tertuliano. Ello no es como para sorprender, ya que las declaraciones hechas en el Nuevo Testamento sobre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo eran de tal naturaleza como para que suscitaran el problema trinitario en las próximas generaciones de lectores. Es tarea nuestra investigar si los mismos escritores del Nuevo Testamento eran conscientes del problema, consistente tanto en la forma de relación entre el Padre y el Hijo, como en la del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Estrictamente hablando, si se hubiese presentado solo el problema del Padre y del Hijo, habría sido binitario. Pero se trata de un problema binitario-trinitario; el punto crucial es la relación del Padre con el Hijo; porque el problema no habría tenido importancia práctica de no haberse realizado la Encarnación. Si el Verbo no se hubiese hecho hombre no habría habido dificultades con el monoteísmo judío.
El tema de esta discusión es el problema de la Trinidad, más bien que la doctrina sobre la misma. Una declaración doctrinal es una respuesta a un problema doctrinal. No existe una formal exposición de la doctrina trinitaria en el Nuevo Testamento como la podemos encontrar en el Credo Atanasiano o en el tratado De Trinitate de San Agustín. Se podría argüir que el problema de la Trinidad estaba en la mente de ciertos escritores del Nuevo Testamento y que ellos intentaron darle una respuesta. Pero ninguno de sus escritos, sin embargo, se publicaron con el fin específico de tratarlo, y la mayor parte de los indicios de que un determinado escritor abordara el problema son incidentales. No existió una elaborada o sistemática respuesta al problema. Por esta razón, la palabra «problema» ha sido preferida a la de «doctrina». Pero ha de quedar claro que los escritores del Nuevo Testamento no descuidaron por completo dar solución al problema, aunque otras materias ocuparon casi toda su atención.
En la medida en que una doctrina es la respuesta, aunque fragmentaria, a un problema, el Nuevo Testamento contiene una doctrina de la Trinidad. Pero si exigimos una formal exposición, entonces no existe una doctrina de la Trinidad en el Nuevo Testamento.
La diferencia entre un enunciado formal de doctrina y una respuesta incidental o fragmentaria a un problema doctrinal se pone de manifiesto si la forma de abordar el problema trinitario por parte del Nuevo Testamento la comparamos con los credos y las confesiones de las siguientes generaciones. Hay peligro, sin embargo, de acentuar demasiado la importancia de esta diferencia. Es difícil determinar con precisión cuándo la doctrina surgió por primera vez. Si el uso de la palabra «Trinidad» es un rasgo necesario del enunciado de la doctrina, entonces no consta que haya aparecido antes de Teófilo (siglo segundo), que usa la palabra griega τριάς («tríada») para describir al Padre, al Hijo y al Espíritu; o antes de Tertuliano (finales del siglo segundo), que usó la palabra latina TRINITAS con el mismo propósito 1. Pero las palabras τριάς y TRINITAS no tienen en estos escritores el profundo significado que adquirirían 2más tarde; y la doctrina trinitaria no se configuró en su forma ortodoxa hasta más de un siglo después. Se podría afirmar que la doctrina apareció cuando los escritores cristianos comenzaron a usar métodos filosóficos de investigación; pero entonces sería difícil determinar si estos métodos estaban presentes ya en Atenágoras e Ireneo o aparecieron primeramente en Tertuliano, Clemente y Orígenes. Además, la aparición de la doctrina trinitaria podría provenir del uso de términos técnicos tales como υπόστασις, οὐσία y πρόσωπον en griego, y PERSONA, SUBSTANTIA y ESSENTIA en latín. Pero todas estas palabras admiten una gran variedad de significado, y sería difícil decir qué uso particular anunció el alborear de la doctrina trinitaria.
En los siglos segundo y tercero, una creciente cantidad de literatura se dedicó al problema de la Trinidad y las respuestas al problema se hicieron más y más sistemáticas. Este gradual desarrollo del pensamiento es más importante que la introducción de términos técnicos. No existe una linde histórica clara entre la era de la exposición doctrinal sistemática y la era menos reflexiva y menos filosófica que la precedió. La diferencia en estilo y carácter entre los escritos del Nuevo Testamento y los trabajos de los Padres del tercer y cuarto siglos no debería oscurecer el hecho de que los escritores del Nuevo Testamento eran conscientes del problema trinitario y se esforzaron por darle una solución. Y ello no debería oscurecer tampoco el hecho de que el problema nunca fue satisfactoriamente resuelto y que los más constantes testimonios de la doctrina no dan completas respuestas al problema, sino que delimitan el ámbito de la discusión. Naturalmente, un problema ha de ser puesto en claro antes de que se le dé una respuesta. En el Nuevo Testamento es más fácil ver los primeros intentos para clarificar el problema que los primeros intentos para solucionarlo. Pero una solución parece comenzar a aparecer y sería engañoso decir que la teología trinitaria es completamente posbíblica.
El problema trinitario no es puramente especulativo. Se ha dicho con frecuencia que los escritores bíblicos son más bien prácticos que especulativos, y que están más preocupados por la actividad de Dios que por su naturaleza eterna. El dicho de Melanchthon: «Conocer a Cristo es conocer sus beneficios» es citado como la clave de la actitud de los primeros cristianos. Esta interpretación del pensamiento bíblico ha sido llevada demasiado lejos. Los primeros cristianos se interesaron por Dios, el Padre, y por Cristo, el Hijo, como personas y no solamente como agentes de salvación. Porque amaban tanto al Padre como al Hijo deseaban conocer cómo se relacionaban entre sí. Sin embargo, cuando discutían sobre la naturaleza de Dios, la asociaban a su actividad por la tendencia a lo práctico de sus pensamientos. Cullmann observó que en el Nuevo Testamento a la persona de Cristo difícilmente se la nombra sin una concomitante referencia a su actividad. El prólogo del cuarto Evangelio, por ejemplo, describe la relación de la «Palabra» con Dios («la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era Dios»), y entonces habla del trabajo creativo de la Palabra («todas las cosas fueron hechas por Él») 3 . A los primeros cristianos les interesaba más el mensaje de salvación que las cuestiones metafísicas, y su teología refleja este interés. Les preocupaba más la actividad que la naturaleza de Dios. En los siguientes capítulos comentaremos cómo explicaron ellos la divinidad de Cristo, en parte describiendo las funciones que desempeñó. El problema trinitario se dio a conocer y se solucionó haciendo referencia a la actividad de Cristo para con el género humano. Los escritores del Nuevo Testamento creyeron que Él compartía las actividades divinas de creador, salvador y juez. Aunque la cuestión de la eterna relación del Padre y el Hijo era un asunto muy importante, especialmente para Pablo, Juan y el autor de la Carta a los Hebreos, ellos dieron más importancia a la actividad divina que a la divina naturaleza.
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