Michel Bonnefoy - Esther, una mujer chilena
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En Rusia también habían matado a huelguistas en 1905, pero según el abuelo la situación no era comparable. En ambos lugares había sido una masacre salvaje, pero no era lo mismo. Nunca nada es lo mismo cuando sucede en Europa.
A pesar de la admiración que mi abuelo sentía por Europa, yo nunca establecí comparaciones ni medí la creación nacional con parámetros importados del viejo continente. Me acuerdo que tenía la ilusión de conocer Europa, como muchos, pero no consideraba ese hipotético viaje como algo indispensable para entender mejor a la humanidad. Por supuesto que Grecia, Italia, España representaban para mí buena parte de los fundamentos de Chile; también Francia, sobre todo cuando empecé a estudiar medicina; y Rusia, por la influencia de mis padres y abuelos; sin embargo nunca pensé que fuese indispensable visitar esos países para entender la idiosincrasia de los chilenos ni el orden social del país.
La profesora de Historia que tuve los dos últimos años del liceo ejerció una gran influencia sobre mí y mis amigas. Europa son las catedrales majestuosas, pero también la inquisición ; nos decía, Francia es Marie Curie, Pasteur, Víctor Hugo; pero también los genocidios coloniales. El derecho y la filosofía, pero también las guerras. Europa nos obnubila, pero también nos puede quemar la retina . El abuelo no compartía su mirada crítica sobre la luz que irradiaba Europa sobre los otros continentes. Admiraba a Estados Unidos por su indiscutible capacidad de progreso, pero para él América del Norte nunca adquiriría la estatura cultural que Europa había alcanzado con tanto intercambio entre distintas civilizaciones en tantos siglos de historia.
Yo defendía la visión de mi profesora, que en lugar de alabar el Imperio Romano, admiraba Italia por el Renacimiento, por Cinecittá, por Dante Alighieri y Garibaldi, y no por las legiones y centurias de un imperio opresor. De Grecia hablaba, pero no del siglo de Pericles, sino de la resistencia a los nazis. Y a España no la mencionaba porque no es hora de hablar de Cristóbal Colón cuando en la Península Ibérica están asesinando a la gente en las cárceles franquistas , le respondió a una alumna que la interrogó sobre la nacionalidad del navegante, y tampoco es hora de hacer chistes, profirió cuando otra alumna preguntó si a Colón lo habían matado los franquistas.
Era mi profesora preferida. Nos hablaba de las luchas de las mujeres contra la opresión de los hombres en Europa y en Estados Unidos. En una ocasión en que mencionó a la Kollontái y explicó que era rusa, mis dos amigas me miraron de reojo como si yo pudiese ser pariente de la luchadora. También nos hablaba del ministro de Salubridad, Previsión y Asistencia Social del presidente Pedro Aguirre Cerda, el doctor Allende Gossens, que recorría el país en sus cruzadas contra el tifus y las enfermedades venéreas. Hablaba de ese ministro de Salud que «bajaba» al pueblo con más entusiasmo que de las campañas militares de Alejandro Magno. Entonces yo opinaba, porque de ese personaje algo ya sabía por mi padre.
Javiera Zamora; así se llamaba la profesora de Historia. Qué será de ella. Ya debe estar muerta. Tenía por lo menos veinte años más que nosotras. La acusaron de hacer proselitismo a favor del Frente Popular. Sí era partidaria de Pedro Aguirre Cerda, pero lo criticaba con la misma vehemencia que aplaudía algunas de sus políticas; en particular cuando se refería a las medidas represivas con que enfrentaba las protestas sociales. Siento respeto por el presidente Aguirre Cerda, pero no ha derogado la Ley de Seguridad Interior del Estado, y los campesinos todavía no tienen derecho a sindicalizarse. ¿Saben ustedes que la ley prevé la evicción de sus hogares y de las tierras concesionadas a los inquilinos que se declaren en huelga?
La directora del liceo amenazó con expulsarla si persistía en esas prácticas inapropiadas para niñas menores de edad. Juntamos firmas en apoyo a su permanencia en el liceo. Fue mi primera experiencia de activismo político. Con Alicia y María Eugenia estuvimos todo un fin de semana redactando la carta, corrigiéndola a partir de los comentarios de algunos adultos, como mi padre y la madre de Alicia; luego recorrimos el barrio tocando a la puerta de las compañeras que nos parecían más proclives a apoyar la causa. Lo primero que nos llamó la atención fue que las mujeres no se atrevían a firmar sin el consentimiento de sus maridos. Vuelvan más tarde que está durmiendo siesta. Esas cosas más políticas las ve él . Otros nos sermoneaban antes de firmar o rechazar la petición, como si el problema no fuese la permanencia de la profesora en el liceo, sino la acción política que estábamos realizando tres muchachas adolescentes. Finalmente conseguimos tan pocas firmas que no entregamos la carta.
Le perdí la pista cuando entré a estudiar Medicina. Me pregunto qué le habrá pasado durante la dictadura. Conociéndola como era, seguro que la pasó mal. No podía quedarse callada. Para ese entonces ya era presidente Juan Antonio Ríos, radical como Pedro Aguirre Cerda pero más conservador. Yo seguía viviendo en el barrio, pero nos habíamos mudado a una pensión. Pocos meses después de la muerte de Ana, abandonamos la casa. Ninguno de los tres quería permanecer en ella. Sin Ana, ese cascarón dejó de ser hogar; sin sus lecturas en voz alta, sin su risa, sin el aroma inconfundible de sus sopas exóticas y la fragancia tibia de los queques. Lloré mucho esos meses, pero rara vez delante de Samuel y de mi papá: los veía demasiado frágiles. Apenas tenía catorce años, pero me sentía más fuerte que ellos.
En la pensión, tratábamos de coincidir todos los días en el desayuno y en la cena para estar juntos. Había otros pensionistas, pero los tres nos sentábamos en una punta de la mesa para conversar entre nosotros. Samuel contaba peripecias de su colegio, yo trasmitía las últimas lecciones de mi profe de historia y mi papá nos describía una cómoda o un armario que estaba fabricando para un cliente de Recoleta o de Quillota. Cada uno a su manera trataba de inyectarle luz al espíritu de familia. El esfuerzo era generoso, pero no suficiente para recobrar la alegría que se nos había esfumado. Los gestos cotidianos y la rutina familiar contribuían a mantener cierta estabilidad en cada uno de nosotros, pero solo el transcurso del tiempo permite encontrar el punto de equilibrio entre la ausencia y la memoria.
Me acuerdo que tenía miedo porque sentía que mi papá no lograría salir solo del hueco: no sabía ni estar triste solo. Cuando terminaba un mueble, lo primero que hacía era invitar a Ana al taller para mostrárselo. Los vendía, pero los hacía para enseñárselos a ella.
Con los años asumí esa función de darles razón de ser a sus muebles. Cuando quedaba satisfecho del resultado, no se lo entregaba al cliente antes de que yo lo viese. No necesitaba mi aprobación, pero el mueble no cobraba vida mientras yo no lo mirara.
Samuel también quedó totalmente desamparado. Tenía apenas trece años. En alguna parte de su cabeza de preadolescente confiaba en que yo encontraría la salida, probablemente porque era su hermana mayor, tal vez porque era mujer. Creo que me asignó la tarea de traer de vuelta la felicidad. Quizás es invento mío, pero creo que los dos esperaban eso de mí.
La pensión era un caserón viejo de dos pisos, limpio y ordenado, fresco en verano, pero frío las otras tres estaciones. Había siete habitaciones y dos baños, uno para las mujeres y otro para los hombres. En la mañana había que hacer fila, cada quien con su toalla, su jabón y su cepillo de dientes en la mano. Los meses de junio, julio y agosto, la espera era congelante a pesar de las batas gruesas, los calcetines chilotes y los gorros de lana los días más helados. No había calefacción en los pasillos y no todos los pensionistas tenían la misma consideración del tiempo prudente que se debe ocupar en el aseo personal.
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