Michel Bonnefoy - Esther, una mujer chilena

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Esther, una estudiante de medicina en los '40, nos hace recorrer la segunda mitad del siglo XX de un Chile pobre, dominado por hombres. Pero también de un país que inauguraba un horizonte de transformaciones sociales, políticas y culturales.

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Una estudió Leyes y la otra Pedagogía en Ciencias Naturales. Ambas viven aún, setenta años después del inicio de esa amistad. Las tres somos abuelas y seguimos considerando que sin la emancipación de la mujer, Chile nunca dejará de ser un pueblo feudal. Hoy nos cuesta reunirnos porque necesitamos que un hijo o un nieto nos traslade, pero hablamos por celular. Ni a Alicia ni a María Eugenia les gustaba mi amistad con Kugler. «Se cree alemán», decía Alicia. «Pero si es alemán», lo defendía yo. «Peor aún», sentenciaba María Eugenia, y las tres nos reíamos como las tres colegialas que habíamos sido.

Pedro Aguirre Cerda falleció en la primavera del 41; mi mamá, en pleno invierno, una tarde gris de llovizna. Y tanto que le gustaban los atardeceres en Santiago, cuando el cielo se pone rojo, a veces violeta con franjas de nubes verdes. Siempre que podía se encaramaba en una silla en el patio para mirar las montañas por encima de la tapia y esperaba que el sol terminase de bajar para que vaya a calentar los sembradíos de remolacha, allá al norte del Mar Negro, donde los parientes la habían despedido con bailes y algunas provisiones para el viaje envueltas en un paño verde que guardaba celosamente en el baúl de su pieza. El funeral del Presidente fue grandioso porque el pueblo lo adoraba. El de ella fue más modesto, pero desgarrador.

Esa noche lloré desconsoladamente, en la mesa primero, donde nadie quiso comer; luego en la almohada, más silenciosamente, sola con mi mamá.

Mi papá y mi hermano, José y Samuel, quedaron desamparados. Tristes como yo, pero también asustados. Los hombres no están preparados para enfrentar las dificultades de fondo, las emocionales, las vitales. Saben enfrentar los problemas laborales, saben cambiar una bujía, plegar un mapa de carreteras, pero no están formados para afrontar el dolor. Los hombres quedan perdidos como niños cuando los abandonan las mujeres que los sostienen. Generalmente se derrumban y esperan, abatidos y desorientados, que otra mujer los venga a levantar, amante, madre, hermana, o por último una amiga, alguien que sepa mantenerse de pie sin apoyo.

Alicia decía que a Chile le había sucedido eso cuando falleció Aguirre Cerda: el país quedó a la deriva. El maestro se fue cuando la gente empezaba a entender eso de la educación gratuita, única, obligatoria y laica. Gobernar es educar , decía el «Presidente profesor», lo que no era una alegoría ni una parábola, sino una realidad. Aguirre Cerda fue profesor de castellano y filosofía en varios liceos públicos. Chile se había convertido en un aula de clases que súbitamente se quedó sin el profesor que le daba sentido al trabajo y al estudio. Nos quedamos sin el mentor, el forjador de la Corfo y su política de industrialización. Así también quedamos nosotros, Samuel, José y yo, cuando murió mi mamá: abandonados en la incertidumbre, más frágiles y más desprotegidos, como Chile sin su Presidente.

Mis amigas y yo éramos aún muy jóvenes y teníamos poca o nula experiencia política, pero sentíamos, o intuíamos que estábamos viviendo un período histórico en la evolución de nuestro país, que había crecido aislado del resto del mundo por una de las cordilleras más altas y escarpadas, por el desierto más árido y extendido, por un océano infinito y un sur congelado.

Pedro Aguirre Cerda había abierto el país a las ideas modernas que otros pueblos ya habían conquistado, y nuestro reto era estar a la altura de ese desafío. Cuando a Kugler se le desataba el alemán eurocentrista y menospreciaba los adelantos que estábamos presenciando en el área de la educación, yo le recordaba que en Chile hubo mujeres médicas cuando en Alemania todavía ni soñaban con darles acceso a la universidad a las mujeres: Eloísa Díaz se graduó de médica en 1886 .

–Dorothea Erxleben obtuvo su doctorado en Medicina en la Universidad de Halle en 1754.

–Estás haciendo trampa. Eso fue un paréntesis.

–Lo de Eloísa también.

La discusión no subía de tono porque yo no era ni nunca he sido nacionalista. Kugler sí lo era. Le gustaba comparar a los países y destacar las áreas en que Alemania superaba a los demás, que según su criterio eran todas las importantes. Le concedía a Francia cierta superioridad en la variedad de quesos, a España el sol y a Chile las cumbres nevadas de la cordillera de Los Andes, que solía escalar. Era su deporte favorito. Disponía de un equipo para pasar la noche a tres mil metros de altura. Le gustaba subir a la Laguna Negra y acampar al borde del río Yeso. En una ocasión me invitó a un paseo al Cajón del Maipo, a una cascada. Hicimos un picnic al borde del río . Acepté sin pensarlo dos veces: no me perdía una excursión. En eso no he cambiado: me encantan las excursiones a la montaña, también al mar y también al campo, y también al borde de los ríos, y también me gustan los lagos. Todo lo que tenga que ver con la naturaleza me encanta, y mientras más salvaje, mejor.

Pero todo eso fue después, cuando ya estudiaba en la universidad. De niña me gustaba quedarme en la casa con mi mamá. Ella se sentaba en la mecedora junto a la estufa y me enseñaba recetas de sopas y platos consistentes. Así aprendí a preparar la cazuela de ave y el borsht , los porotos granados y el goulasch . Mi mamá se reía de los porotos con riendas, granos con fideos, y yo le decía que entonces con longaniza. También leíamos mucho: Ana en la mecedora y yo en el sillón junto a la ventana, cada una con su frazada para no entumirnos. Intercambiábamos los libros. Me acuerdo cuando leyó Las doce sillas , de Ilia y Petrov. Se moría de la risa pasando las páginas.

Conservaba muchos recuerdos de su región de origen, en la ladera de los montes Cárpatos; no así de la ciudad donde había nacido, Vinnitsia, al sureste de Kiev, donde su madre había tenido que viajar para dar a luz. Unos años más tarde, todavía muy niña, había vuelto a Vinnitsia camino a Odessa, donde embarcaron para migrar a América. Pero tampoco tenía memoria de esa segunda visita. Ana era incapaz de fabular sobre su pasado. Yo quería escuchar anécdotas de ese viaje extraordinario, pero ella encogía los hombros y me sonreía en silencio desde la mecedora.

Cuando Ana y su familia hicieron ese viaje a Odessa, todavía los bolcheviques no habían expulsado del Kremlin a Nicolás II, el «Zar de todas las Rusias», pero ya había estallado la Primera Guerra Mundial. Su padre decidió esperar el fin del invierno del año 1915 para emprender la travesía, a la vez éxodo y tránsito a la tierra prometida. No quiso apresurarse y correr el riesgo de quedar atascado por una nevazón en un pueblo desconocido. Ucrania no es Siberia, pero cuando hay pobreza, el frío es igual de insoportable , me explicaba Ana recordando el trabajo de atesorar leña. Tu abuelo era muy precavido. No aguantaba las ganas de conocer América, donde según los primos la riqueza estaba mejor distribuida y los judíos no vivían apartados. Pero aguantó las ganas de partir hasta el fin del invierno. Ucrania es muy linda en primavera. Algún día conocerás. Chile también es lindo en primavera, a pesar de que los aromos florecen en julio . El aromo era el árbol predilecto de mi madre.

Faltaban algunos años para que los sóviets irrumpieran en Ucrania. Todavía la capital del imperio era zarista, pero el aire ya empezaba a teñirse de rojo. Eso decía el abuelo, que le gustaba vincular su historia con la gran historia de la revolución rusa. También le gustaba sentir que provenía de un país avanzado y que pertenecía a un pueblo que había marcado la historia de la humanidad. En esa época, en Chile, todavía era impensable soñar con arrebatarles el poder a los señores de levita y sombrero de copa. Cuando llegaron a Santiago, acababa de ser elegido Presidente de la República el señor Pedro Montt, hijo de Manuel Montt, tristemente recordado por la matanza en la Escuela Santa María, en Iquique, el 21 de diciembre de 1907, donde asesinaron a miles de mineros y a sus familiares simplemente porque estaban en huelga.

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