—Me gusta lo que ha dicho.
Así fue como comencé a trabajar con Dorothy Kilgallen.
A finales de mayo marché hacia Atlanta. Allí estuve toda una semana pidiendo favores a mis excompañeros, e incluso hablé con el jefe Jenkins. Sus contactos con el FBI dieron resultados. De ellos supimos que su verdadero nombre era Bárbara María Kopczynska, según los archivos. Aunque ahora utilizaba el nombre de Alicia Darr Clark. Nació en Polonia, de ascendencia judía-polaca. Entró en Estados Unidos en 1950 con su madre bajo el amparo de la Ley de Personas Desplazadas. Su último domicilio, en Boston, Massachusetts. Toda esta información me costó alguna que otra cena. Obviamente, la siguiente parada sería Boston.
Sin darme cuenta, cada día que pasaba me iba obsesionando con esa mujer. A veces, hasta soñaba con ella, con Alice Darr. Estuve todo un día vigilando el domicilio donde vivía su madre, pero en ningún momento pude ver a su hija. Supuse entonces que no vivía con ella en esos momentos, o que estaba de viaje.
Dos días después, asegurándome de que la madre estaba sola, me presenté en la casa. Después de tres intentonas llamando a la puerta, por fin aquella mujer abrió. Pregunté por su hija. La noté muy temerosa y se negaba a hablar, aunque al final lo conseguí. ¿Cómo? ¡Mintiendo! Como casi siempre hace un detective…
(Pausa y cambio de hoja).
Le dije que era del Servicio de Inmigración y Aduanas, que no temiera nada, pero que necesitaba saber dónde estaba viviendo ahora su hija, porque pronto finalizaría el plazo de su estancia en el país, y debía renovarlo o tendrían problemas. Poco a poco, la mujer desamparada se avino a hablar; entonces me hizo pasar al interior de su casa y, señalándome algunas fotos, fue contándome cosas de su hija.
—Nada más llegar a este país se puso a trabajar. Su primer trabajo fue vendiendo palomitas en una sala de cine de Hyannis Port. Tenía por entonces dieciséis años, pero conoció a un joven de buena familia y se enamoró, aunque pronto la dejó. Se olvidó de ella. Usted… ¿cómo ha dicho que se llama?
—George Turner —respondí lo primero que me vino a la boca.
—Usted, señor Turner, ¿ha estado enamorado alguna vez?
—Sí. Me casé con la mujer que me enamoró y luego me abandonó. Me paso igual que a su hija —le dije la verdad, y creo que esa circunstancia hizo ganarme más si cabe su confianza.
—Lo peor es que aquel joven la dejó embarazada. Así que tuvo que abortar. No está bien visto que una chiquilla tan joven tenga un bebé sin estar casada. Pero dejemos eso… Como dicen, agua pasada no mueve molino.
—¿Dónde vive ahora su hija?
—No lo sé.
—¿No sabe dónde vive? —le insistí.
Ya tenía la información suficiente como para comenzar la búsqueda, pero me retuve. Debía aparentar lo que dije que era.
—Ella me envía mensualmente dinero por correo postal. Vive en la ciudad donde hay tantos artistas de cine. ¿No le he dicho que mi hija ya es artista?
—No, no me lo ha dicho.
—Espere que le enseñe.
Se dirigió a una cómoda y abrió un cajón, del cual sacó una caja de cartón. Dentro tenía recortes de prensa que hablaban de su hija. Me quedé sorprendido. Era cierto, al menos se codeaba con celebridades del cine; de hecho, uno de los columnistas más famosos del país, Harrison Carroll, especializado en noticias de famosos, señalaba que ella y Hugh O’Brian eran una nueva pareja. Me fijé en la fecha, febrero de 1953…
(Pausa y cambio de hoja).
—¿Ve como no le miento? —me dijo orgullosa.
—Nunca lo he dudado, señora.
—Espere, espere. Aún hay más. Mire, otro recorte donde hablan de mi niña.
Cuando me fijé no podía creerlo. Allí decía: «Gary Cooper sigue moviéndose a gran velocidad. ¿Su último amor? Alicia Darr, una actriz vienesa…». Lo firmaba la columnista Dorothy Kilgallen. Era de marzo de 1953.
«¡Mierda! ¿Qué está pasando? ¿Por qué no me ha dicho nada de esto Dorothy?, recuerdo que pensé todo cabreado.
Observé lo que aquella madre tenía guardado de su hija, entre otras cosas, bastantes cartas. Entonces se me encendió una luz.
—Señora Kopczynska, ¿me podría dar un vaso de agua?
—¿Quiere un café? También tengo café.
—No, gracias, solo agua. Estoy seco. Se me está haciendo tarde y me debo marchar.
Cuando fue a la cocina, cogí una de aquellas cartas y me la metí en el bolsillo. Sé que eso no es legal, pero lo hice. No me gustan esas prácticas, pero en esa ocasión estaba justificado. No lo hacía por el contenido, sino por el remite. Me tomé el vaso de un solo trago.
—¡Pues sí que estaba seco! —exclamó la madre.
—Muchas gracias. Si le llama su hija, dígale que no se preocupe. Ya le enviaremos nosotros los papeles a esta dirección.
—Muchas gracias, señor…
—Turner, George Turner.
Cuando salí de la casa, escuché la voz de aquella señora, que me decía:
—¡Vuelva cuando quiera!
—¡Gracias! —le respondí.
Subí al coche y puse tierra de por medio […].
Ahí acabo aquel capítulo escrito en finés. Los siguientes ya los podía leer ella.
—¿Te está interesando o crees que es aburrido?
—No me resulta aburrido, todo lo contrario. Lo que me atrae más es saber que el contenido no es fabulado ni falso. Seguiré leyendo yo — añadió Kathleen, para darle un merecido descanso a Stowe.
______________________
23«Todo comenzó en 1954». Aleksi había escrito todo este capítulo en idioma finés.
24Del 18 de mayo de 1954. El MS Alfhen, un carguero de bandera sueca, se hizo famoso por transportar una gran cantidad de armas y munición checoslovacas para el gobierno de Jacobo Árbenz Guzmán de Guatemala.
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