Escuchaba a Sibelius, escribía, recordaba y paseaba, sobre todo esto último; paseaba a cara descubierta. Y llegó el invierno, y un nuevo año.
De todo lo vivido por Aleksi desde que desapareció Sassa en los últimos meses, solo cabe significar que conoció a una mujer que le llamó la atención desde el momento en que la vio. El destino quiso que se conociesen. Aquella preciosa mujer llamada Kathleen apareció como caída del cielo, como si le hubiesen enviado un ángel. Sus actividades sobre el estudio de las aves, el amor por la naturaleza, la contemplación de la belleza, de la música, de la pintura hacían sospechar a Aleksi que tanta perfección resultaba más que sospechosa. Y así se lo hizo saber a su cuñado Heikki, para que investigara sobre ella, no fuera que tuviera algo que ver con el cazador holandés que esperaban.
Mientras tanto, y siguiendo una de las principales reglas del espionaje que dice que es mejor tener al enemigo enfrente que oculto por la espalda, Aleksi lo esperó. Si comprobaba o sospechaba que se trataba del «plomero» de la CIA, advertiría con su sistema de aviso y de escuchas para que todos estuvieran preparados y le protegieran. Además, los rusos le ofrecían las mejores garantías para afrontar un futuro más que prometedor. Por lo tanto, de momento, intentaría conocer a Kathleen. Incluso cabía la posibilidad de que ella fuese lo que decía y, por lo tanto, aquella nueva amistad pudiera ir más lejos. ¿Quién sabe lo que podría pasar? Lo que sí percibió Aleksi es que se ilusionaba con aquella mujer.
La siguiente vez que se vieron Aleksi y Kathleen fue en el Museo de Bellas Artes. Toda una sorpresa. Aleksi no se había percatado de que entre varios que habían entrado en el museo estaba la mujer que había conocido semanas antes. Cuando los dos se descubrieron a distancia, un gesto de alegría se reflejó en los rostros de ambos. Ella no quiso acercarse, no debía comprometerle en su trabajo. Pero él dio el primer paso y se acercó a saludarla.
—¿También le gusta la pintura?
—Así es. Tengo la costumbre de que allá adonde viajo visito en cuanto puedo los museos de pintura y, por supuesto, este no lo conocía.
—Me alegro de verla, señorita Kathleen.
—Lo mismo digo, aunque no quisiera ponerle en ningún compromiso por estar hablando conmigo.
—No, no se preocupe. Creo que el destino nos fuerza a vernos; por eso, sin ofenderla, me gustaría invitarla a comer y charlar con usted. A uno no se le presenta esta oportunidad tan fácilmente. ¿Qué le parece?
—Me parece bien —aseguró ella.
—¿Le viene bien el lunes, que es cuando libro?
—¿El próximo lunes?
—Sí. Pasaría a recogerla a casa sobre el mediodía, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. Pero quisiera que me tuteara. Lo de usted nos hace mayores, ¿no cree?
—Perfecto —le contestó Aleksi.
Para bien o para mal, Aleksi había dado aquel paso y ahora tenía que llegar hasta el final. El lunes 31 de marzo recogió a Kathleen y desde allí se marcharon al restaurante más antiguo de la ciudad, el Pinella, junto al río Aura. Allí, sin prisa, saboreando cada minuto, pudieron los dos conocerse mejor, aunque Kathleen jugaba con ventaja: sabía a quién tenía delante. Pero no había prisa, quería saber quién y cómo era su presa para conocer todos sus movimientos antes de abatirla.
Pidieron lo mismo. De primero, pastel de cangrejo y ensalada de tomate; de segundo, costillas picantes, deliciosas. El postre fue distinto. Él, pastel de manzana y ella, de arándanos. Para acabar ella brindó con una copa de vodka y él con un vaso de agua.
—No sabía que eras abstemio.
—Tuve problemas en el pasado. En fin, ¿te ha gustado la comida?
—¡Ha estado todo buenísimo! —afirmó con alegría contenida Kathleen.
—Me alegro de que te haya gustado, pero cuéntame un poco más de tu vida.
—No hay mucho que contar. Solo que mi pasado o, mejor dicho, mi infancia me marcó mucho.
—Por favor… —le pidió Aleksi con gesto suplicante.
—Puede que te arrepientas… En fin, mi vida no es ejemplo de nada. Tuve un novio en la universidad, del cual no sé nada, y no tengo a nadie con quien compartir mis aficiones, así de sencillo. Todo muy normal.
—Bueno, a mí no me parece normal que una mujer guapa e inteligente como tú no haya formado familia y que viva tan independiente y solitaria. Me resulta extraño, porque propuestas y oportunidades habrá tenido, ¿no?
—Sí, eso sí. Pero no he elegido ese camino. Antepongo mi libertad y mi independencia a otros aspectos más ligados a la pluralidad y al asentamiento compartido. ¿Entiendes?
—Lo entiendo, lo entiendo. Pero… ¿viven tus padres?, ¿tienes hermanos?, ¿dónde naciste?
—No me gusta hablar de mi pasado, me siento incómoda.
—Perdona, no quería molestarte, tan solo quería…
—Lo que sí puedo contarte es que no miro mucho al pasado, vivo el presente y miro al futuro próximo. Nada más.
Terminada la comida, pasearon por las calles a orillas del río Aura, visitando la parte vieja de la ciudad. El día fue muy interesante, sobre todo para Aleksi, que vio en aquella mujer una persona limpia, a quien su pasado, que desconocía, había marcado su carácter y su forma de vida. Incluso en cierto momento le provocó un punto de compasión, porque intuía lo que le habría tocado vivir.
Al final del día se despidieron. Él quiso mantener las distancias, no quería provocar ningún aspecto negativo. Pero ella se acercó a él y le dio un beso tierno y delicado en la mejilla. Para él fue suficiente, sin duda era una mujer en quien se podía confiar. Se quedó complacido y satisfecho. Tan solo le pudo decir:
—¿Lo has pasado bien?
—Estupendamente.
—¡Podemos repetir!
—Me parece bien. Solo que la próxima semana iré a ver si encuentro a mi cisne cantor; no sé cuánto tiempo me llevará, pero cuando vuelva te llamaré.
—De acuerdo.
No tardó mucho en hablar con Heikki sobre Kathleen. Independientemente de lo que pudieran decirle los rusos, en su opinión, todo estaba muy claro: Kathleen era una persona limpia en la que se podía confiar. No había de qué preocuparse. Se vieron dos veces más desde que ella volvió de su expedición de trabajo. En la última de ellas hubo más que cena.
Seis semanas más tarde, a mediados de mayo, las cosas cambiaron. Como si de un mal sueño se tratara, Aleksi volvió a la realidad, aunque bastante adormecido. No recordaba casi nada, tan solo sabía que las últimas imágenes que recordaba habían sido en su apartamento en Turku, con Kathleen, y ahora estaba en su casa de Imatra. No daba crédito a lo que estaba viendo. Aquella mujer, a la que meses antes conoció y con quien mantuvo relaciones íntimas, ¿era su verdugo?
En su corto periodo al servicio de las agencias de investigación había conocido a diversas personas que llevaban doble vida y aparentemente se comportaban como el más común de los mortales. Pero aquella mujer superaba a todas. ¿Cómo era posible tanta frialdad y cómo practicaba el engaño? ¿Por qué estaba amordazado?
Entonces pensó que debía reaccionar, en primer lugar, ganándose la confianza de Kathleen, tenía que demostrarle que lo que estaba haciendo era inútil. Para él ya no había duda: «el holandés» no era otra persona que Kathleen. Pronto sus sentidos se adaptaron a la realidad, sus recuerdos fluyeron sin encontrar ningún impedimento. Fue entonces cuando recordó que le propuso ir a su casa de Imatra. El día estaba lejos, pero merecía la pena. Comprendió que había cometido un error. Incluso cayendo en esa tentación, Aleksi tenía previsto llamar al trabajo diciendo que estaba enfermo y que no podría presentarse. Disponer de unos días a solas con Kathleen fue su gran pecado.
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