Paula Assler - Si digo muerte, digo vida

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Perder un hijo es uno de los dolores más grandes que puede vivir un ser humano, y en este libro Paula Assler comparte esta experiencia, la que estuvo precedida por una terapia de años en la que trabajó este y otros duelos previos, que también narra en este libro. Esa terapia y la reconciliación con sus antiguos dolores la preparó, según sus propias palabras, para poder vivir la perdida de sus dos hijas en un trágico accidente. Paula nos habla de su proceso y su testimonio nos interpela. ¿Podemos prepararnos para una tragedia radical? Un libro esperanzador, con un mensaje que llega al corazón.
"Cuando digo muerte, digo vida" es un honesto testimonio de vida que demuestra que la fortaleza se gesta no cuando sucede la tragedia, sino mucho antes: en el entrenamiento previo de la capacidad en potencia que todos tenemos, de sobreponernos a las pérdidas.

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En fin, mi casa era especial. Además de los colores, la música también formaba parte de la vida cotidiana. Teníamos un tocadiscos con aguja, que había que tratar con cuidado. Mi papá coleccionaba discos. No sé cómo los conseguía, porque en ese tiempo eran muy escasos. Había amarillos, rojos y negros. Los discos amarillos eran más chicos que los otros. Él ponía música clásica y también escuchaba a Los Beatles, cuando recién comenzaban a oirse. Era alguien adelantado para su época. Así es que yo crecí con música clásica y rock.

Como dije, el arte de mi papá se filtraba en la vida de la casa. Los cumpleaños eran fantásticos. A escondidas de nosotros, preparaban chocolate y decoraban la casa con adornos hechos a mano. Cuando despertábamos, nos encontrábamos con la casa llena de unos cintillos coloridos, de los que colgaban unos pompones absolutamente espectaculares. Ningún adorno era igual a otro, cada uno tenía un diseño especial. Los nuestros eran los cumpleaños más bonitos. El arte también estaba presente en los huevitos de pascua. Mi papá fabricaba unos huevos con betún de chocolate y los pintaba por afuera. Pasaba noches enteras haciendo esto, sin que nosotros, los niños, supiéramos. Él gozaba haciéndolo. Ella preparaba unas tortas con decoraciones notables, influenciada por su marido. Mi padre ponía lo artístico, mi mamá la parte práctica y el arte invadía la casa. Me gusta imaginar que ellos dos juntos eran maravillosos, pero no lo sé.

Pese a que el arte de mi papá estaba muy presente en la casa durante mi infancia, en la vida cotidiana no tengo mayores recuerdos de él. Y los pocos que tengo, son recuerdos de cosas que me han contado. Por más que haga memoria, no logro verlo con nosotros sentado en el comedor, o tomando desayuno. Creo que lo olvidé para no sentir nostalgia.

IV

Nunca los vi gritarse, así es que no era esperable una separación. Pero sucedió. Ahora pienso que, siendo tan diferentes, tal vez no deberían haberse casado. Muchos años después, ya de adulta, un día le pregunté a mi mamá por qué se había casado con él. “Es que era tan buen mozo”, contestó. Esa fue su escueta explicación. Como sea, ella lo quería y lo apoyó incondicionalmente. Él no habría llegado a ser el escultor que es hoy sin el apoyo inicial de mi madre, pero eran mundos muy diferentes. Sé que me contradigo, y está en mi naturaleza, pero parece que, en el caso de los artistas, para que una pareja funcione es importante que sean del mismo mundo.

La separación de mis papás sucedió de un modo extraño. Un día cualquiera, mi mamá salió de la casa y nos dejó solos con él. Mi papá nos sentó a los tres hijos en el living y nos dijo que necesitaba pensar, para lo cual se iba a instalar en su taller. Eso fue todo. No dijo por cuánto tiempo se iba, no habló de separación, solo nos contó que necesitaba pensar. Subió a su pieza, sacó algunas cosas y se fue. Nadie hizo preguntas, nadie hizo nada. Mi hermano menor tenía ocho años, el más grande trece, y yo once. Aunque él no dio mayores explicaciones y lo que había dicho hacía pensar en algo más bien transitorio, yo, en alguna parte de mí, supe que lo que estaba sucediendo era algo grave.

Cuando subió al segundo piso, lo seguí. Lo vi abrir un bolso y echar ropa, una caja y otras cosas más. Entonces pasó algo muy fuerte para mí. En el clóset había una cola de cabello que me habían cortado hacía un tiempo atrás. Él la tomó y la guardó. Yo experimenté una emoción intensa. Me di cuenta de que se estaba yendo, y sentí que, al llevarse mi pelo, se iba con un pedazo de mí. Mientras escribo esto, me vuelven los sentimientos contradictorios de ese momento. Me sentí importante porque él se llevaba parte de mi cabello, pero también sentía pena por su partida. Algo se estaba quebrando. Y partió.

Después de esta escena paterna, regresó mi mamá y no nos dijo nada. Nadie decía nada. Pasaban los días y no se hablaba del tema, lo que volvía confusa la situación para una niña de once años. Mi mamá no lloró. A decir verdad, ella no llora. Nunca la he visto llorar.

Mi papá se fue a vivir a su taller. Y nunca más volvió.

Lo que vino después fue una vida con una madre sola, sin marido, que se ocupaba de todo y a la que nunca se le cayó una lágrima. Le he preguntado por qué no llora. “Nunca me enseñaron a llorar”, me responde.

Al tiempo de separada, ella encontró un pololo. Vendedor de autos. Era cariñoso con nosotros. Ella y su pololo solían salir y volver de noche. En esas ocasiones, yo tenía miedo de que mi mamá no regresara. Mis hermanos dormían, pero yo no. Permanecía despierta, atenta a la puerta. Cuando sentía sonidos, bajaba despacito por la escalera para verla entrar. No sé por qué sentía que tenía que cuidarla. Seguramente porque ella era quien estaba a cargo de mí y, por lo tanto, yo necesitaba estar segura de que mi mamá volviera cada vez sana y salva. Nunca le he comentado a ella esta sensación mía de tener que cuidarla.

Esta pareja duró mucho tiempo, pero él nunca llegó a vivir con nosotros. Mi mamá decidió que, mientras yo estuviera soltera viviendo en la casa, él no iba a vivir con nosotros. Cuando me casé, entonces sí se fue a vivir a un departamento con él. Mis hermanos siguieron viviendo en la casa familiar. Después, mi mamá y su pareja se trasladaron a Reñaca para hacerse cargo del criadero de plantas de mis abuelos. Vivió allá cuatro o cinco años, luego regresó a Santiago.

La separación de mis padres volvió más estrecha la relación con mi mamá. Ella era y es una gran conversadora, inteligente, con opiniones originales, modernas. La gran pasión de mi mamá fue siempre la conversación. Alrededor de los diecisiete años, mi mamá se volvió especialmente importante para mí. Era mi amiga, conversaba con ella sobre todos los asuntos que me interesaban y preocupaban. Hablábamos sobre los amores y las pérdidas. Tener una mamá con la que podía charlar sobre cualquier tema me hacía sentir grande, lo que tenía ventajas y desventajas. Y lo dejo hasta aquí.

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V

Después de un tiempo de separados, mi papá tuvo un taller en Lo Curro que construyó gracias a una herencia que recibió por la muerte de su madre en un accidente de auto. Tenía treinta y ocho años, y esa suma le permitió dedicarse de lleno al arte.

El taller lo había hecho él mismo. Tenía dos espacios, en uno él trabajaba y en el otro hacía el resto. Un taller modernísimo, alucinante. Era como entrar a una escenografía. Los perfiles de madera se iban achicando hasta dar uno con otro, y entre ambos había, incrustados, vidrios curvos de diferente tamaño. Ir ahí era entrar al mundo de fantasía de mi papá, enteramente fabricado por él. Fuera del taller, había un jardín nutrido de mucha vegetación, toda plantada con sus manos. A mí me gustaba estar en él. Al otro lado del terreno había un espacio con sus esculturas.

Mi mamá no nos dejaba quedarnos a alojar en el taller porque no le parecía bien que yo, una niña, pasara la noche ahí. Pero en ese lugar podíamos estar con mi papá y compartir tiempo con él. Recuerdo que había una cocina en la que cocinábamos los dos juntos, lo cual era una novedad para mí, porque en mi casa yo no cocinaba. Me gustaba pasar tiempo con él preparando comida. Así eran las cosas.

Un día, cerca de cuatro años después de la separación, mi mamá se enteró, por casualidad, de que mi papá se iba a Europa por dos meses. Volvió diez años después.

Fue en ese momento de mi vida, a los trece años, que empecé a convertirme en una soñadora. Pero despierta. Trataba de arreglar las cosas ensoñando, ilusionando. Inventaba situaciones imaginarias en donde la vida era más agradable de lo que vivía a diario. Engañaba a la realidad a través de los sueños imaginando, por ejemplo, que mis papás volvían a estar juntos. Componía situaciones, como en una obra de teatro. Eso me salvaba de la tristeza, de las penas, de los abandonos. Era muy buena soñando. También era buena soñadora durmiendo, hundiéndome en el sopor de las noches. Los sueños me ayudaban a vivir otra vida, más linda, con más colores. Nunca más paré de soñar. Sigo ensoñando, sigo siendo una soñadora. Eso me ayuda a crearme mundos que me dan paz.

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