Joacim resultó ser incompetente y en poco tiempo también fue destituido, pero no por los egipcios sino por el emperador de Babilonia, Nabukudirriusur II (Nabucodonosor II como se conoce más comúnmente, o Nabucodorosor; existe evidencia de cambio de -r- por -n- en transcripciones de nombres babilónicos). Con anterioridad, en el verano del 605 a. C., Nabucodonosor había derrotado a los egipcios en la batalla decisiva de Karkemish en el Éufrates, al noreste de Jerusalén. No mucho tiempo después de aquella insigne victoria militar, murió Nabopolasar, padre de Nabucodonosor, quien regresó a Babilonia como rey. A partir de entonces, él realizó visitas frecuentes a los territorios conquistados en el oeste, para cobrar impuestos, llevar personal y administrar justicia (ver Wiseman 1991 , página 22). Y fue una de esas visitas la que cambió para siempre la trayectoria de las vidas de Daniel y sus amigos.2
Esto sucedió de la siguiente manera. Como parte de su política con las naciones conquistadas, Nabucodonosor tomaba lo mejor de sus hombres jóvenes a fin de capacitarlos para el servicio en su administración. Se estimó que Daniel y sus amigos eran material idóneo para esa capacitación, por lo que fueron arrancados de sus familias, de su sociedad y cultura y llevados a una tierra muy lejana, desconocida y extraña. Ellos no solo tuvieron que lidiar con el trauma emocional de ser separados de sus padres, sino también con la total rareza de todo lo que los rodeaba: un idioma nuevo, nuevas costumbres, un sistema político nuevo, un nuevo sistema educativo, nuevas creencias. ¿Cómo se las arreglaron con todo esto?
Dios y la historia
La explicación de Daniel de cómo ellos finalmente se adaptaron es el fruto de haber reflexionado durante toda su vida sobre los acontecimientos claves que moldearon su vida y lo convirtieron en lo que fue. Él comienza su libro con una descripción escueta de lo que para él fue el sitio trascendental de Jerusalén por Nabucodonosor, y su posterior deportación a la más ilustre de las capitales de la antigüedad: Babilonia en el Éufrates.
En el año tercero del reinado de Joacim rey de Judá, vino Nabucodonosor rey de Babilonia a Jerusalén, y la sitió. Y el Señor entregó en sus manos a Joacim rey de Judá, y parte de los utensilios de la casa de Dios; y los trajo a tierra de Sinar, a la casa de su dios, y colocó los utensilios en la casa del tesoro de su dios. Y dijo el rey a Aspenaz, jefe de sus eunucos, que trajese de los hijos de Israel, del linaje real de los príncipes, muchachos en quienes no hubiese tacha alguna, de buen parecer, enseñados en toda sabiduría, sabios en ciencia y de buen entendimiento, e idóneos para estar en el palacio del rey; y que les enseñase las letras y la lengua de los caldeos. Y les señaló el rey ración para cada día, de la provisión de la comida del rey, y del vino que él bebía; y que los criase tres años, para que al fin de ellos se presentasen delante del rey. Entre éstos estaban Daniel, Ananías, Misael y Azarías, de los hijos de Judá (Daniel 1:1-6).
Muchas de las cosas que Daniel pudiera haber mencionado, que a nosotros nos hubiera encantado leer, han sido omitidas de forma decepcionante. Por ejemplo, no se plantea nada en absoluto sobre la niñez de Daniel en Judá, ni sobre las lamentables intrigas y la confusión políticas en los años anteriores a su deportación. Daniel decide comenzar con los acontecimientos del 605 a. C. cuando Nabucodonosor volvió su atención militar hacia Jerusalén, en las afueras de su imperio. Su estado insurreccional irritó al emperador por lo que este la sitió. Dado el absoluto poder militar de los babilonios, el resultado fue inevitable. La ciudad fue tomada, el rey de Judá se convirtió en vasallo, y comenzó la primera oleada de deportaciones a Babilonia. La ciudad de Jerusalén como tal sobrevivió en ese momento, hasta que Nabucodonosor la destruyó en 586 a. C.
Estos acontecimientos están documentados en más detalle en las antiguas Crónicas de Babilonia. Las tablillas cuneiformes de piedra confirman que Daniel nos cuenta una historia real y no invenciones de su propia imaginación. Más adelante comentaremos sobre la historicidad de su relato, ya que a menudo ha sido cuestionada.
La gran interrogante para alguien con los antecedentes de Daniel era: ¿por qué Dios había permitido que tal cosa sucediera? Después de todo, ¿no era su nación una nación especial? ¿No era la nación de Moisés a quien Dios le había entregado la ley directamente? ¿No era la nación que ese mismo Moisés había sacado de los campos de trabajo forzado de Egipto y traído a la tierra que Dios les había prometido como herencia? ¿No era también la nación de David, el gran rey unificador, que había hecho de Jerusalén su capital, y cuyo hijo Salomón había construido un templo único para el Dios viviente? ¿Acaso no había hablado Dios a patriarcas, sacerdotes, profetas y reyes de esa nación, de forma cada vez más clara, sobre un Rey venidero, el Mesías (Ungido), que sería un descendiente del Rey David y que presidiría en el futuro sobre un período inigualable de paz y prosperidad en la tierra? Ciertamente, esta visión mesiánica se hace eco en los corazones de los seres humanos de todas las culturas y ha captado las mentes de las naciones contemporáneas, de tal manera que está grabada en la pared del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York para que todo el mundo la lea:
… y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra (Isaías 2:4).
¿Qué sería de esa visión si Jerusalén fuera saqueada y el linaje de David eliminado? ¿Tendría la promesa del Mesías que ser relegada al cesto de basura de ideas utópicas fallidas? ¿Y qué de Dios mismo? ¿Podría Él, por decirlo así, sobrevivir a semejante fracaso? ¿Cómo podrían Daniel y sus amigos seguir creyendo que había un Dios que se había revelado a Su nación de una manera especial? Si Dios es real, ¿cómo podría un emperador pagano como Nabucodonosor violar la santidad del templo único de Dios y salirse con la suya? ¿Por qué Dios no hizo nada? En esencia, esta es la difícil interrogante que aún está muy presente hoy en mil formas específicas y diferentes. ¿Por qué la historia a menudo da un giro que zarandea la confianza en la existencia de un Dios que se preocupa?
Por supuesto, para el historiador secular no hay nada extraño en lo que ocurrió en el distante 605 a. C. La conquista de Judá fue sencillamente un ejemplo más de la ley del más fuerte: una nación con un gran poder militar destruye a un estado pequeño. Judá no tenía la capacidad militar para hacer frente a las tropas muy bien entrenadas y fuertemente armadas de Nabucodonosor. Con cerbatanas no se puede enfrentar a los tanques. Seguramente no había nada más que esto…
De hecho, los secularistas podrían muy bien añadir que si el otro lado se hubiese alzado con la victoria y Judá hubiese ahuyentado a Babilonia, tal vez se podría comenzar a hablar de una intervención de Dios. Pero no fue así; ocurrió de la manera que cualquiera hubiese predicho. Así que ellos afirman que simplemente debemos afrontar el hecho de que la idea de que los descendientes de David son especiales no es más que un mito tribal, inventado para sostener una casa real bastante inestable en un estado diminuto del Oriente Medio. El templo de Jerusalén no era más que un edificio, sus utensilios no más que artefactos humanos, por hermosos y valiosos que fueran. La idea de que Dios, si hubiera un Dios, estuviese interesado en semejante asunto insignificante, es absurda a todas luces. ¿No es la explicación más fácil, y con mucho la más probable, que el templo no tiene un Dios y por lo tanto no es suyo? ¿Por qué esperar que ocurra algo? ¿No roban objetos valiosos de las iglesias en la actualidad? ¿Los detiene Dios con un rayo del cielo?
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