Por qué debemos leer el Libro de Daniel
1. Una cuestión de historia
2. Ciudad de ídolos
3. Una cuestión de valores
4. Cuestión de identidad
5. La resolución y la protesta
6. La cosmovisión de Babilonia
7. La forma de la protesta
8. La estructura lógica de Daniel
9. Sueños y revelaciones
10. Una sucesión de imperios
11. Cuando el estado se convierte en dios
12. El testimonio de Nabucodonosor
13. La escritura en la pared
14. La ley de Media y de Persia
15. La ley de la selva
16. Las cuatro bestias y el Hijo del Hombre
17. La visión del carnero y del macho cabrío
18. Jerusalén y el futuro
19. Las setenta semanas
20. La semana setenta
21. El hombre sobre el río
22. El libro de la verdad
23. El tiempo del fin
Apéndice A: La naturaleza del reino de Dios
Apéndice B: Traducción del texto del cilindro de Ciro
Apéndice C: La estructura del libro de Daniel
Apéndice D: Daniel 11 y la historia
Apéndice E: Fecha de composición del libro de Daniel
Preguntas de reflexión y debate
Bibliografía
Notas
Por qué debemos leer el Libro de Daniel
La historia de Daniel trata sobre una fe extraordinaria en Dios, vivida en el pináculo del poder ejecutivo, a plena luz de la vida pública. Relaciona acontecimientos cruciales en la vida de cuatro amigos, Daniel, Ananías, Misael y Azarías, que nacieron en el diminuto estado de Judá en el Oriente Medio, hace unos 2.500 años. Como miembros jóvenes de la nobleza, probablemente adolescentes aún, el emperador Nabucodonosor los llevó cautivos y los trasladó a su capital, Babilonia, para capacitarlos en la administración babilónica. Daniel nos relata cómo ellos finalmente llegaron a los niveles más altos del poder, no solo en el Imperio mundial babilónico sino también en el imperio medo-persa que lo sucedió. (Sé muy bien que esta datación tradicional del Libro de Daniel ha sido puesta en duda y que muchos creen que esta obra data del siglo II y no del siglo VI a. C. Este tema se abordará en varias partes del libro y en el Apéndice E se puede encontrar un resumen de las fundamentaciones.)
Lo que hace extraordinaria la historia de su fe es que ellos no continuaron sencillamente la devoción privada a Dios que habían aprendido en su tierra natal; sino que mantuvieron un testimonio público prominente en una sociedad pluralista que cada vez se hacía más antagónica a su fe. Es por eso que su historia contiene un mensaje tan poderoso para nosotros en la actualidad. Las fuertes corrientes de pluralismo y secularismo en la sociedad occidental contemporánea, reforzadas por una corrección política paralizante, marginan cada vez más la expresión de fe en Dios, y la confinan, si es posible, a la esfera privada. Cada vez es menos aceptable mencionar a Dios en público, y mucho menos confesar la creencia en algo exclusivo y absoluto, como la singularidad de Jesucristo como Hijo de Dios y Salvador. La sociedad tolera la práctica de la fe cristiana en forma de devoción privada y en los servicios de la iglesia, pero menosprecia cada vez más el testimonio público. Para el relativista y secularista, el testimonio público de la fe en Dios le suena mucho a extremismo proselitista y fundamentalista. Por lo tanto, lo consideran una amenaza progresiva para la estabilidad social y la libertad humana.
La historia de Daniel y sus amigos es un llamado inequívoco a nuestra generación a ser valientes; a no amilanarnos ni permitir que diluyan y expulsen la expresión de nuestra fe del espacio público, y de esta forma se vuelva débil e ineficaz. Su historia también nos dirá que es poco probable que logremos este objetivo sin pagar un precio.
Ya que la corrección política sofoca el testimonio cristiano, el ateísmo parece llevar la voz cantante en la arena pública. Richard Dawkins en The God Delusion [El engaño de Dios], Sam Harris en su Letter to a Christian Nation [Carta a una nación cristiana], Christopher Hitchens en God is Not Great [Dios no es grandioso] y Michel Onfray en Atheist Manifesto [Manifiesto ateo] han estado agrupando las tropas detrás de ellos al anunciar los peligros de la religión y la conveniencia de eliminarla. Para lograrlo, estos llamados nuevos ateos aprovechan el inmenso poder cultural de la ciencia. En una conferencia en el Instituto Salk de Ciencias Biológicas en La Jolla, California, en noviembre de 1994, el Premio Nobel, Steven Weinberg, sugirió siniestramente que la mejor contribución que los científicos podrían hacer en esta generación era eliminar la religión por completo.
Weinberg y otros presentan el ateísmo como la única cosmovisión intelectualmente respetable. La intolerancia a la religión y una creciente falta de respeto hacia las personas con convicciones religiosas son rasgos fundamentales de su ataque cada vez más vociferante. De hecho, su constante repetición de fundamentaciones harapientas y filosóficamente superficiales nos lleva a sospechar que su gran emperador del ateísmo está empezando a temblar debido a la falta de ropa.
Si Daniel y sus tres amigos estuvieran con nosotros en la actualidad, no tengo duda alguna de que estarían en la vanguardia del debate público, contraatacando a los autodenominados «cuatro jinetes del nuevo ateísmo», como Dawkins y sus aliados Dennett, Harris y Hitchens se llaman a sí mismos. En este libro trataremos de aprender algo sobre qué fue lo que dio la fuerza y la convicción a ese antiguo cuarteto de estar preparados, a menudo corriendo un gran riesgo, para nadar contra la corriente en la sociedad en que vivían, y expresar públicamente de forma inequívoca y audaz lo que ellos creían. Esto fortalecerá sin duda nuestra determinación, no solo para sacar la cabeza por encima del parapeto, sino también para asegurarnos de antemano que nuestra mente y corazón estén preparados (que nuestro casco esté bien colocado) para que la primera salva no nos destroce.
UNA CUESTIÓN DE HISTORIA
Daniel 1
Necesitamos algunos antecedentes históricos que nos ayuden a entrar en el ambiente de la historia de Daniel.1 (Para conocer otros antecedentes históricos, yo recomiendo leer importantes artículos que aparecen en The New Bible Dictionary [El nuevo diccionario bíblico] publicado por IVP). El diminuto estado de Judá se localizaba en un nexo geográfico en el antiguo Oriente Medio, donde los intereses de las grandes potencias chocaban frecuentemente, por lo que este vivía bajo constante amenaza de invasión por parte de las superpotencias vecinas de la época. Alrededor de medio siglo antes de que Daniel naciera, la superpotencia, Asiria, dominaba el mundo (al menos, la parte importante para nosotros). En los días de Ezequías, uno de los mejores reyes de Judá, el emperador asirio Senaquerib marchó sobre Judá en el 701 a. C. Como lo expresó Byron (en «La destrucción de Senaquerib»): «Bajaron los asirios como al redil el lobo». Las ovejas se prepararon para un holocausto. De repente e inesperadamente Senaquerib se retiró (pero eso es otra historia), y Jerusalén se salvó por el momento.
Con el tiempo, Nínive, la gran ciudad capital de Asiria, cayó en el 612 a. C. ante los ejércitos babilónicos y medos, quienes posteriormente continuaron con la tradición de amenazar con exterminar a Judá por completo. Como si fuera poco, Egipto continuaba en el sur, ya no era una superpotencia pues su antigua gloria ya se desvanecía, sin embargo, era una espina constante. Anteriormente uno de los reyes reformistas de Judá, Josías, había perdido su sentido de perspectiva y se había embarcado en una misión temeraria para ayudar a los babilonios en su intento de enfrentar el poder del ejército egipcio. Su esfuerzo fracasó y terminó asesinado. El Faraón destituyó rápidamente al hijo de Josías, Joacaz, lo deportó a Egipto, y puso como gobernante títere al hermano de Joacaz, Eliaquim; ahora llamado Joacim. Para colmo de males, Faraón impuso una desmesurada multa a Judá de 100 talentos de plata y uno de oro; una bonita suma en aquellos tiempos de miseria.
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