HOMBRE: No puedo imaginar algo más bello.
ANFITRIONA (pegada a la puerta): ¡Dígame por favor! Yo, yo nunca he entrado… ¿sabe?
HOMBRE: Me imagino, no estaría del otro lado de la puerta.
ANFITRIONA: ¿Puede describirlo para mí?
HOMBRE: Es una montaña, parece que ha nevado, pero hay un camino que baja por la ladera.
ALTAVOZ: ¡Atención, atención, se solicita a una anfitriona en la puerta veintitrés!
El hombre se decide y abre completamente las cortinas que cubren esa pared de la habitación, y deja al descubierto su contenido: una cama, lámparas acumuladas, mesas, cajoneras repletas de hojas, tapices polvosos y libros.
HOMBRE: Sí, es justo lo que pedí. Parece mi vieja habitación, casi idéntica.
ANFITRIONA: Me alegro, estamos contentos de tenerlo como cliente. Aunque sabemos que nunca regresará por nuestros servicios.
El hombre se sienta en la cama y se quita los zapatos.
HOMBRE: ¿Podría dejarme solo un momento?
ANFITRIONA: Sí, claro.
La anfitriona se aleja, sus tacones resuenan en la oscuridad. El hombre gira sobre la cama dando la espalda al público.
ALTAVOZ: Atención, atención. Siguiente cliente preparándose para entrar. Habitación número cuatrocientos.
HOMBRE: ¡Señorita, señorita! Por favor, regrese.
Los pasos de tacones se acercan, la anfitriona sale de un costado.
ANFITRIONA: Dígame, ¿todo bien?
HOMBRE: No lo sé.
El público se pone de pie nuevamente, empuja, grita, lanza palomitas, el hombre y la anfitriona en escena parecen esperar que termine el movimiento para continuar. Al fin todos toman su nuevo asiento y prestan atención. La espectadora se descubre en la segunda fila, dobla con desesperación el tríptico que le dieron al comprar los boletos.
ANFITRIONA: Creo que es tiempo.
HOMBRE: No sé si esté listo.
ANFITRIONA: Pero lleva con usted todo lo necesario, ¿no es así?
La espectadora ya no lo soporta, se levanta con brusquedad de su lugar, su bolso cae al suelo haciendo un pequeño desastre, los actores la miran y detienen brevemente sus diálogos. Toma con prisa sus cosas y escapa de la sala, sorteando a los niños perdidos en el pasillo de la sala. Deja atrás el pequeño teatro escondido al fondo de otra cafetería igual de recóndita. Fuera, tomando grandes golpes de aire, mira el letrero junto a la puerta «Habitación Blanca» y tira el tríptico al suelo. Al diablo con la ecología, el mundo ya está jodido sin remedio.
Los autos pasan veloces, con ese impulso natural de asesinato. La espectadora tiene fantasías de suicidio y respira hondo para detenerse. Mira sus manos, nunca las ha controlado realmente, nunca ha decidido por sí misma, todo lo que hace debe ser supervisado por los demás.
ADOLFO O GONZALO: Querida, disculpa. Se me hizo tarde en la oficina.
Es el hombre horrible, que bien puede llamarse Adolfo o Gonzalo, el mismo quien siempre la invita a obras espantosas y nunca a un buen restaurante.
ADOLFO O GONZALO: ¿Ya se terminó la obra? La crítica dice que es revolucionaria.
La espectadora mira al hombre y luego sus manos. Toma una decisión. Se lanza al suelo para recuperar el tríptico arrugado. Deja hablando en la banqueta al hombre y regresa hacia el teatro. Pasa por la cafetería solitaria, tuerce por el pasillo y entra de nuevo a la sala completamente oscura y repleta, una pareja se besa en el fondo, una niña canta a su muñeco, dos hombres se abrazan y lloran. La obra ha continuado sin ella. La espectadora encuentra un lugar en la primera fila y presta atención a la escena.
ALTAVOZ: ¡Atención, atención! Equipo de limpieza profunda se solicita su presencia en la habitación doscientos treinta y cuatro.
ANFITRIONA: Adelante, tenemos listo al siguiente cliente.
El hombre se levanta de la cama, mira por la ventana.
HOMBRE: ¿Le dije que el paisaje es perfecto?
ANFITRIONA: Sí, sí lo dijo.
HOMBRE: Ahora atardece, es lo más bello que he visto. Buen día, señorita.
ANFITRIONA: Igualmente.
El hombre cierra las cortinas, la luz brilla intensamente y la señorita escucha por la puerta. La espectadora carraspea y la anfitriona la mira desde el escenario.
ANFITRIONA: Es su turno.
ESPECTADORA: Tengo miedo, vi todo lo que pasó.
ALTAVOZ: ¡Atención servicio técnico! Presentarse en zona de calderas y máquinas. Esto no es un simulacro, esto no es un simulacro.
ANFITRIONA: Lo sé, yo soy la siguiente en la lista para esta habitación. Siempre tenemos lista de espera ¿sabe?
La espectadora se levanta de su silla, se acomoda la falda y sube al escenario. En la primera fila las personas se levantan para recorrerse, y el lugar de la espectadora es tomado por una debilucha muchacha que parece a punto de morir de hambre.
ANFITRIONA: Bienvenida. Yo seré su anfitriona esta noche. Estamos contentos de que haya elegido nuestro servicio. Esperamos no volver a verla nunca más.
La espectadora saca el tríptico arrugado, trata de arreglarlo un poco y lo entrega a la anfitriona.
ANFITRIONA: ¿Este es su contrato firmado?
ESPECTADORA: Sí, espero que todo esté en orden.
ANFITRIONA: Sí, sí. Creo que tenemos todo listo para usted.
La anfitriona le entrega una llave de la habitación, puede que sea la misma que le había dado al hombre.
ESPECTADORA: No estoy segura todavía.
ANFITRIONA: Eso es perfectamente normal, pero ya es tarde, ya ha firmado el contrato y ya hay otro cliente esperando. Pase, por favor.
La espectadora mira hacia las sillas, el público no presta atención a la escena, observa a una mujer que discute con el que parece ser su esposo. Entra a la habitación, una luz intensa ilumina lo que hay detrás de la cortina.
TELÓN
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