El Libro de la vida se ofrece, abriendo sus páginas, a todos aquellos que se acercan a Teresa para que les hable, con la fuerza de su sinceridad humana, de su fuerte e insólita experiencia de Dios. Experiencia insólita porque muchas páginas contienen fuertes vivencias del misterio y están impregnadas, y ello es harto difícil, de la facilidad de poderlas comprender y transmitir. Como dice el P. Jesús Castellano, añorado maestro: «Teresa se convierte en testigo del misterio, narradora de historia de salvación, en evangelista del amor misericordioso de Dios. Y al escribir quiere no solo transmitir verdades y vivencias, sino también contagiar, atraer, “engolosinar”, como ella misma dice»[8].
Mi lectura del Libro, al tomarlo de nuevo en mis manos, se impregnó del deseo, entre curiosidad y complacencia, de desnudar la verdad más íntima de la Santa ya admirada pero que de nuevo me iba cautivando. Manifiesto, ya al inicio de estas páginas, que me embelesó la contestación que, con su Vida, Teresa me ofrecía a la pregunta tantas veces lanzada: ¿qué es Dios para ti?
Permitidme compartir una primera sorpresa. Cuando comencé el libro creía, y era lógico, que la protagonista de esta biografía sería Teresa; según fui leyendo, me convencí de que el auténtico protagonista era Dios. Jamás había leído, fuera de la Biblia, una cosa semejante. Quizá en las Confesiones de san Agustín había visto un Dios tan vivo, tan actuante, un Dios del que se huye y que nos busca; un Dios que vence, que enamora, arrebata y desborda... Los textos de literatura consideran esta obra de Teresa como una autobiografía; mucho mejor sería calificarla de Cantar de Gesta: el poema de las gestas de un Dios que traba combate largo y tenso con Teresa; combate que concluye con una victoria feliz que es, al mismo tiempo, marcha nupcial de los dos protagonistas: Dios y Teresa.
Quisiera adelantar algunas primeras conclusiones, que susciten en el lector la sana curiosidad por conocer las entrañas de un desenlace anunciado y conocido. El Dios de Teresa sobresalía en cuatro notas: un Dios dinámico, personalísimo en sus relaciones con ella, celoso y excluyente de todo rival afectivo, y realizante hasta lo insospechado de todas las capacidades de su enamorada.
Confieso con humildad que cuando comencé este trabajo, reflexionando y dialogando sobre la «imagen de Dios» que, a través del Libro, nos presenta Teresa, inicialmente pretendía abarcar toda la obra; pronto me di cuenta de que era una tarea que me sobrepasaba. Además, existen estudios suficientes y por personas más cualificadas. En principio, pensé en detenerme en los cuatro primeros capítulos, que narran la vida de Teresa seglar y que terminan con un «Amén» de asentimiento y nos deja a Teresa en el convento. ¿No es quizás esta etapa la más sorprendente: una chica agraciada y con grandes cualidades y un futuro envidiable entra en un convento? Por un tiempo pensé reducirme a esta etapa.
Pero un cambio imprevisto en la vida de Teresa, que ella misma narra a continuación, ejercía una gran fascinación. En el capítulo quinto, confiesa Teresa: «Aquí comenzó el demonio a descomponer mi alma...» (5,3)[9]. Hasta el capítulo nueve nos encontramos con un relato desconcertante que rompe la línea tan sencilla de la Teresa anterior: la Santa vive una gran crisis que le hace confesar que «le comenzó a faltar el gusto y regalo en las cosas de virtud» (7,1). Crisis que le ayudará a profundizar en una experiencia capital para su vida: si ella se ausenta de Dios, es Dios quien siempre sale a su búsqueda. «Oh, qué buen amigo hacéis, Señor mío» (8,6), exclamará Teresa, que después de una profunda crisis grita: «Sea Dios alabado que me dio vida para salir de muerte tan mortal» (9,6). De esta experiencia brotará la definición más hermosa de oración y la más citada: «No es otra cosa oración, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (8,5). Y la crisis tendrá un desenlace feliz. Y nos quedará su enseñanza, doctrina ejemplar arrancada a su propia experiencia.
Nuestra curiosidad y nuestro tiempo se detuvieron en estos nueve capítulos. Creíamos que había suficiente material para responder a la pregunta inicial que hacíamos a Teresa de Ávila. Y que ella nos respondía, fiel a su estilo: con su propio testimonio elevado a doctrina universal. Así, quedaron constituidas las dos partes, mejor, dos movimientos de una misma sinfonía, que conforman el núcleo de esta reflexión compartida y que podemos titular: «Fuga y retorno de Teresa al amor de Dios»[10].
Primer movimiento: Los protagonistas: Dios y Teresa. «Una soñadora en el convento»
Los cuatro primeros capítulos del Libro de la vida versan sobre la infancia, adolescencia y primera juventud de Teresa de Cepeda; concluyen en el capítulo cuarto, verdadera charnela vital, que cierra la historia de su vida como seglar y abre la nueva historia de Teresa de Jesús, con la toma de hábito y los primeros tiempos, aún con atmósfera de novedad, en la vida del claustro. Les precede un prólogo, que comentaremos más adelante.
Estos cuatro capítulos constituyen una unidad, completa y diferenciada, dentro del Libro.
Fijemos primero la biografía de la Santa en unas fechas emblemáticas: Teresa de Cepeda y de Ahumada nace en Ávila el 28 de marzo de 1515. Con veinte años (2 de noviembre de 1535) entra en el monasterio carmelita de La Encarnación, fuera de las murallas de la ciudad. Toma el hábito un año después y profesará de carmelita el 3 de noviembre de 1937. En él vivirá 27 años, hasta que en 1562, buscando una nueva forma de vida contemplativa, funda el Convento de San José de Ávila y emprende una larga y fecunda aventura fundacional. De aquí a su muerte (4 de octubre de 1582) transcurren 20 años exactos. Son los más ricos de la vida de Teresa de Jesús, bajo todos los aspectos: fundadora, escritora, años de plenitud y de desbordamiento, de riquísimas experiencias místicas y de extenuante actividad, como escritora y como fundadora[11].
Nos detenemos en algunos detalles sobre la vida de Teresa, de su infancia y adolescencia, hasta que decide huir de la casa paterna camino del monasterio de La Encarnación. Allí ingresa con veinte años.
En el primer capítulo, la Santa traza la semblanza de su hogar: nace de unos padres «virtuosos y temerosos de Dios». De su padre recuerda la afición a los buenos libros. Hombre de caridad y «de gran verdad». Su madre enseña a sus hijos a rezar y «a ser devotos de Nuestra Señora». Mujer de virtudes: «Grandísima honestidad», «muy apacible y de harto entendimiento». Con una nota reivindicativa, señala Tersa que la madre murió joven, treinta y tres años: la enfermedad y «los trabajos» le acortaron la vida.
Eran tres hermanas y siete hermanos. Ella es, sin embargo, «la más querida de su padre». Y una travesura infantil: con siete años huye del hogar, con su hermano Rodrigo, para emular el martirio que leía en las vidas de los santos: «Concertábamos irnos a tierras de moros, pidiendo, por amor de Dios, que allá nos descabezasen» (Vida, 1,4)[12]. Aventura fallida que compensa jugando a ser monja ermitaña. A los 14 años, muere su madre, y ella se confía «con muchas lágrimas» a los cuidados maternos de la Virgen María (1,7).
En estos años comienza a tener trato con parientes ligeros, «de aficiones y niñerías no nada buenas». Hay también unos escarceos sentimentales con un mozo «con quien por vía de casamiento me parecería podía acabar bien» (2,9).
La vida de la joven Teresa llegó a preocupar a su padre. Ella misma confiesa que «su sagacidad para cualquier cosa mala era mucha» (2,4). A sus dieciséis años –¡ay, siempre difícil adolescencia!– es internada en el monasterio agustino de Santa María de Gracia (2,6), una especie de internado para señoritas necesitadas de corrección de conducta. Es curioso el consejo que Teresa da a los padres de hijos adolescentes:
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