Adam Zmith - Inhalación profunda

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Tres, dos, uno… ¡inhala profundamente! Desde los
hospitales victorianos a los
clubes de sexo de la década de los setenta, el vapor del
popper ha liberado el
potencial queer de muchos de nosotros. Esta es la sorprendente historia de cómo el popper salió del laboratorio y entró en los
bares gais, las tiendas de
barrio, los
dormitorios y las películas porno. Combinando la
investigación histórica con la
observación irónica,
Adam Zmith explora las fuerzas culturales y las improbables conexiones que se hallan detrás del poder del popper. Pero el libro que tienes entre manos no es solo una historia de
redadas en pubs,
fobias virales y pectorales descomunales; es una colección de
ideas frescas y
provocadoras acerca de la
identidad, el
sexo, la
utopía, el
capitalismo, la
ley, la
libertad y los
cuerpos a través de los cuales experimentamos el mundo. Y es que
Inhalación profunda. Historia del popper y futuros queer, que comienza como una investigación sobre el popper, se convierte en un necesario
manifiesto a favor del
placer. «Absorbente, desenfrenada, profundamente documentada y absolutamente festiva, Inhalación profunda es exactamente el tipo de historia queer que necesitamos en este momento» (Richard Scott, autor de
Soho) «Una historia fascinante y alegre, sociológica y personal, de una droga subestimada. Zmith logra capturar no solo la historia del popper y su papel en la vida queer , sino también algo de su inefable placer químico» (Huw Lemmey, autor de
Unknown Language) «Hacía tiempo que se necesitaba un libro sobre el popper y sus placeres dilatados. Inhalación profunda es un subidón vertiginoso y desvergonzado que no necesita ser guardado en el frigorífico después de abrirse» (Mark Simpson, autor de
Saint Morrissey: A Portrait of This Charming Man by an Alarming Fan) «Una farmacornucopia de placeres sensoriales» (So Mayer, autora de
A Nazi Word for a Nazi Thing)

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Los vasos sanguíneos y los músculos se veían claramente afectados por el nitrito de amilo, y eran el objetivo que Brunton buscaba: una forma de bajar la presión sanguínea de los pacientes sin recurrir a las sangrías. «Ya que creo que el alivio producido por las sangrías se debe a la disminución que ocasiona en la tensión arterial», escribió, «se me ocurrió que una sustancia con el poder de disminuir [la tensión arterial] en un grado tan considerable como el nitrito de amilo probablemente tendría el mismo efecto y podría repetirse tantas veces como fuera necesario sin perjudicar la salud de los pacientes» 3. Por eso las ranas eran tan importantes. La piel de sus ancas membranosas es tan fina como para poder observar los capilares. Quizá las ancas de rana permitieron la observación científica del efecto del nitrito de amilo en los vasos sanguíneos de una criatura viva.

Brunton, el médico que buscaba una forma de aminorar el torrente sanguíneo hasta el corazón de los pacientes con angina, leyó que Richardson vio cómo los capilares de las ancas de rana se dilataban cuando les hacía inhalar nitrito de amilo. «La velocidad a la que la sangre fluye se acelera enormemente», escribió Richardson. Esto debía ser lo que les pasaba a Richardson y sus amigos cuando inhalaban. Se dio cuenta de que la cara de las personas que lo probaban se enrojecía por la acumulación de sangre. Cuando se lo administró a un hombre calvo, pudo ver el mismo efecto prácticamente en la totalidad de la cabeza. Algunos humanos dicen sentir calor; otros, cosquilleo. «Cuando estos síntomas alcanzan su punto álgido se nota una sensación peculiar en la cabeza, una sensación de presión en la frente, de plenitud, de vértigo, un golpe de calor, pero sin dolor agudo», escribió Richardson. Estas palabras le dieron a Brunton la idea para una innovación corporal.

Al describir los efectos del nitrito de amilo, los investigadores victorianos no hicieron mención alguna a la excitación sexual o la repentina necesidad de ser follado. Pese a observar un «golpe de calor» en alguno de los sujetos de estudio humanos, Richardson no amplió sus investigaciones hasta considerar los efectos en los músculos del ano. Dejó un reguero de cadáveres de gatos y conejos espídicos, pero ningún diagrama de bonitos ojetes fruncidos. Brunton tampoco exploró ese camino, al menos a tenor de sus notas. Pero en el invierno de 1866, mientras estudiaba en el Edinburgh Royal Infirmary, conoció a un paciente llamado William H. Este joven solo tenía veintiséis años, pero se había formado como herrero y más tarde había trabajado como cobrador en un peaje. Su primer trabajo debió ser demasiado exigente para él, porque las notas de Brunton revelan que William sufría problemas cardiacos. Cuando Brunton lo conoció, William había padecido recientemente un dolor sordo e intenso cerca del pezón izquierdo que se repetía cada tres días durante al menos media hora. El dolor ocurría tras años de ataques poco frecuentes después de haber sufrido reumatismo de niño. Después de un ingreso hospitalario de tres semanas en la primavera anterior, William había regresado al hospital justo antes de Navidad. Los médicos le administraron aconitum , que ralentiza la frecuencia cardiaca, y digital. Ninguno funcionó, y Brunton le dio brandi. Este remedio, más fuerte, tampoco ayudó, así que ya solo quedaba una opción.

En su experimento, Brunton no dio palos de ciego: actuó de forma coherente con sus deseos de llevar las investigaciones del laboratorio al paciente solo en caso de contar con un entendimiento aceptable de los efectos de dicho tratamiento en el cuerpo. Había leído en el trabajo de Richardson que el nitrato de amilo dilataba los vasos sanguíneos e incluso había debatido sobre sus efectos con su colega de Edimburgo, Arthur Gamgee, que había hecho algunas pruebas sobre ello que no había publicado. Brunton obtuvo el permiso para el experimento por parte del médico supervisor, y Gamgee produjo para él una pequeña cantidad de nitrito de amilo. Así es como Brunton pudo administrar a su paciente, William, nitrito de amilo. El 12 de marzo de 1867, Brunton observó:

El dolor volvió, como de costumbre, a las 03:00. Rocié una toalla con unas gotas de nitrito de amilo y el paciente las inhaló. El primer efecto visible fue enrojecimiento de la cara, y el paciente sintió ardor en la cara y el pecho. El dolor desapareció casi simultáneamente a la aparición de estos fenómenos, pero regresó a los tres minutos. Entonces, inhaló cinco gotas más y el dolor volvió a desaparecer y no regresó 4.

El remedio no hizo nada por resolver el problema subyacente, pero, sin duda, alivió el dolor. El médico parecía debatirse entre hacer que William inhalara nitrito de amilo y darle unos deditos de brandi. Pero, por supuesto, el nitrito de amilo funcionó. Brunton escribió que el dolor volvía cada noche y que siempre desaparecía cuando William inhalaba el vapor que salía de la toalla empapada en nitrito de amilo. En un mes ya habían encontrado un nuevo método de inhalación. Uno que los viciosos contemporáneos del popper quizá reconozcan. El 10 de abril Brunton observó: «El paciente continúa teniendo el dolor cada noche, y en vez de inhalar el nitrito de amilo de una tela, lo hace de la botella. Dos o tres inhalaciones suelen ser suficientes para aliviar el dolor».

El efecto del nitrito de amilo en el paciente de Brunton parecía magia. Como médico, debió sentir el alivio de su propio sufrimiento al observar las dificultades de su paciente. Y, como científico, debió sentirse satisfecho al ver que la aplicación del cada vez más extenso conocimiento sobre el nitrito de amilo podía mejorar la vida de un paciente. Brunton acudió directo al Lancet con la noticia del tratamiento de William. Su artículo « On the use of nitrite of amyl in angina pectoris » se publicó en 1867.

No había nada gay en el nitrito de amilo en 1867. De hecho, no había nada gay en Edimburgo, donde Brunton vivía y trabajaba. Por supuesto que los hombres follaban entre ellos, y las mujeres también, a pesar de la famosa falta de imaginación de la reina Victoria. Pero hay pocas pruebas de estas actividades privadas. La única señal de lo que hoy llamaríamos vida gay es una pequeña cantidad de acusaciones por sodomía entre hombres. En realidad, faltaban décadas para que algo que se pudiera llamar vida gay floreciera en Escocia, y unas cuantas más hasta que el vapor que William inhaló fuera parte de esa vida.

Y, aun así, Brunton comparte el año del descubrimiento del nitrito de amilo como tratamiento contra la angina con un salto adelante en los derechos de los homosexuales. El artículo de Brunton salió en 1867, el mismo año en que tuvo lugar el momento más importante en la historia de la libertad sexual.

A la vez que Brunton se presentaba ante sus colegas con el avance clínico que acababa de protagonizar, otro hombre, en otro país, también se levantó ante sus iguales. Karl Heinrich Ulrichs era un abogado del reino de Hannover. Ulrichs pensaba que las leyes que regulaban la decencia pública criminalizaban los actos sexuales entre hombres de forma injusta y estaban fundamentadas en prejuicios. Le preocupaba que una eventual expansión de Prusia que se anexionara el reino de Hannover extendiera la prohibición absoluta de la sodomía. Ulrichs llevó su argumento a una conferencia de la Asociación de Juristas, celebrada en Múnich en 1867. Se levantó ante quinientos abogados y, entre abucheos, hizo su declaración. En efecto, dijo: «Soy gay, y la ley es gilipollas».

Lo que une a estos dos notables hombres de nombre triple, Thomas Lauder Brunton y Karl Heinrich Ulrichs, es que en el mismo año ambos vieron el potencial de nuestros cuerpos para ser liberados del sufrimiento y vivir vidas más plenas. Brunton y Ulrichs fueron innovadores que ayudaron especialmente a las almas queer a disfrutar de sus cuerpos, de manera individual y en comunidad. Hemos visto cómo el enfoque experimentalista de Brunton encontró el primer uso para el nitrito de amilo. Así que ahora miraremos atrás para ver cómo Ulrichs llegó a dar su famoso discurso de 1867. A los veintitrés años, Brunton estaba a las puertas de una carrera prometedora. Sin embargo, la carrera que Ulrichs había escogido ya estaba acabada, a pesar de que solo tenía cuarenta y dos años.

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