Pero, a veces, una figura de último término, con su presencia de espíritu y su energía, da a la Historia un giro que durará siglos. Una feliz casualidad salva a los portugueses. Vaga por el mundo en aquellos tiempos un temerario aventurero italiano a quien llaman Ludovico Varthema. Ni el espíritu de lucro ni vanidad alguna mueve al joven aventurero, sino el gusto de vagabundear que lleva en la sangre. Este vago por naturaleza confiesa sin falso recato: “Porque soy tardo en comprender y no inclinado al estudio de los libros”, se ha decidido, dice, "a ver personalmente, con mis propios ojos, los distintos lugares del mundo, pues tienen más valor los informes de un solo testimonio de vista que todo lo que se aprende de oído." El osado Varthema, el primero de los que no creen si no ven, se ha filtrado en la prohibida ciudad de la Meca -su informe queda principalmente como descripción modélica de la Kaaba- y alcanza, tras de mucho porfiar, no solamente los derroteros de Indias, Sumatra y Borneo, que ya conoció Marco Polo, sino que es, además, el primero entre los europeos -y esto influye decisivamente en la gesta de Magallanes- que alcanza las tan buscadas islas de la especiería. A la vuelta, disfrazado de monje mahometano, se entera en Calicut, por boca de dos cristianos renegados, del planeado ataque del zamorín contra los portugueses. Animado de solidaridad cristiana, corre a reunirse con los lusos, atravesando peligros de muerte, y llega, por suerte, a tiempo. Cuando en 16 de marzo de 1506 los doscientos barcos del zamorín esperan caer por sorpresa sobre los once de los portugueses, éstos ya están dispuestos a la defensa. Es el combate más rudo que hasta el día haya sostenido el virrey. Con no menos de ochenta muertos y doscientos heridos - que eran muchos en aquellas primeras guerras coloniales- han de pagar los portugueses su victoria, la cual no deja de afianzarles el dominio sobre las costas índicas.
Entre los doscientos heridos está Magallanes: es su destino, como cada vez durante esos años de vida oscura, recibir heridas y no distinciones. Pronto lo mandan a Africa al lado de otros heridos, Y aquí se pierde su rastro, porque ¿quién llevará el registro de las circunstancias de la vida y de la muerte de un simple sobresaliente? Durante cierto tiempo parece que residió en Sofala, y más tarde, no se sabe de qué modo, debieron de llamarle para dirigir un transporte; probablemente -en este punto las crónicas no coinciden- vuelve a Lisboa en el mismo barco que llevaba a Varthema. Pero la ausencia ha ejercido su poder sobre el navegante. Portugal le saluda como a un extranjero, y su corto permiso no es más que la tregua impaciente hasta poder embarcar en la próxima flota destinada a Indias, que le vuelva a la que es propiamente su patria: la aventura.
A esta nueva flota en que Magallanes vuelve a las Indias le incumbe una misión especial. Sin duda, su ilustre compañero de viaje, Ludovico Varthema, ha informado a 1a corte de la riqueza de la ciudad de Malaca y ha dado detalles sobre las tan perseguidas islas de la especiería, que él ha visto ipsis ocultis el primero entre los europeos y cristianos. Gracias a sus informaciones, en la corte portuguesa entienden que la conquista de las Indias quedará incompleta y toda su riqueza malograda mientras no caiga en poder de Portugal la cámara del tesoro de todas las especias: las islas de la especiería; pero esto presupone tener en la mano las llaves que las encierra: el estrecho y la ciudad de Malaca -el actual Singapur, cuya importancia estratégica no ha pasado por alto a los ingleses-. Siguiendo la política encubierta, la flota de guerra portuguesa no se pone en camino. Es López de Sequeira, al frente de cuatro barcos, el encargado de rondar Malaca precavidamente, tantear el terreno y, por fin, introducirse bajo la máscara apacible de un mercader.
Sin incidentes dignos de notar, la pequeña flota llega a las Indias en abril de 1509. Ahora el viaje a Calicut, que diez años atrás era una gesta única, por la cual Vasco de Gama merecería ser inmortalizado en la Historia y en el poema, lo lleva a cabo cualquier capitán mercante portugués. Desde Lisboa a Mombassa y desde Mombassa a la India, son conocidos todos los escollos y todos los puertos. No hay necesidad de pilotos ni de maestros de Astronomía. Unicamente desde el 19 de agosto, al salir Sequeira del puerto de Cochín para seguir el curso hacia Oriente, surcan los barcos portugueses zonas desconocidas.
El 11 de septiembre de 1509, al cabo de tres semanas de viaje, se aproximan los barcos, los primeros de Portugal, al puerto de Malaca. Ya de lejos advierten que el valeroso Varthema no inventaba ni exageraba al decir que en aquel puerto "atracaban más barcos que en cualquier otro del mundo". Alineanse en la ancha rada, velamen contra velamen, los barcos grandes y pequeños; blancos o abigarrados, los de procedencia malaya, china y siamesa, cada grupo con sus formas características. Porque, debido a su natural situación, el aurea chersonesus, el estrecho de Singapur, está como destinado a ser el gran parador de Oriente. Cada nave que intenta pasar de Este a Oeste, de Norte a Sur, de las Indias a la China, de las Molucas hacia Persia, tiene que cruzar ese Gibraltar de Oriente. Truécanse en este emporio toda clase de mercancías, los clavos de especia de las Molucas y los rubíes de Ceilán; la porcelana china y el marfil de Siam; los casimires bengalinos y el sándalo de Timor; las hojas damasquinadas árabes la pimienta del Malabar y los esclavos de Borneo. Todas las razas con los colores diversos de sus pieles y hablando todos los idiomas, hormiguean babilónicamente en este emporio del comercio oriental, y se elevan, poderosos, en medio de él, por encima de la confusión de maderas de las casas bajas, un palacio refulgente y una mezquita de piedra.
Admirados contemplan los portugueses desde sus naves la poderosa ciudad, codiciosos de aquella joya oriental que resplandece clara bajo el sol deslumbrante, destinada a adornar, como la más bella piedra preciosa, la corona de Portugal, señora de Indias. Admirado y, a la vez, intranquilo, contempla también desde su palacio el príncipe malayo los barcos extranjeros, que son una amenaza. ¡Allí están los bandidos, los malditos herejes, que han dado por fin con la ruta de Malaca! Ya desde hace tiempo se viene propagando en una extensión de millas la noticia de las batallas y las degollinas de Almeida y de Albuquerque; bien saben en Malaca que aquellos terribles portugueses no vienen, como los patronos siameses y japoneses en sus barcazas, con el único objeto de trocar mercancías; los portugueses aguardan pérfidamente la ocasión para asentar, por fin, su dominio y saquearlo todo. Lo más prudente sería no permitir la entrada del puerto a aquellos cuatro barcos; luego que el invasor logra poner pie en el umbral, ya es demasiado tarde. Pero el sultán tiene también noticias fidedignas sobre la eficacia de aquellos pesados cañones que amenazan con su negra boca silenciosa desde los castillos de la flota portuguesa, sabe que los bandidos blancos luchan como demonios y no hay resistencia que valga contra ellos. Lo mejor sería devolver engaño por engaño, falsa amistad con hospitalidad fingida, y antes de que ellos muevan el brazo para atacar, echárseles encima y dar a punto el golpe mortal.
Por eso el sultán de Malaca recibe a los emisarios de Sequeira y corresponde a sus presentes con forzada gratitud. Les transmite su más cordial bienvenida y su deseo de que puedan concertar a su gusto los negocios que les convenga. Dentro de pocos días les habrán procurado pimienta y otras especias con tal profusión que colmarán los barcos. Invita amablemente a los capitanes a comer en su palacio, y aunque esta invitación, por las razones íntimas que se quiera, no es aceptada, la tripulación corre y goza a sus anchas por la hospitalaria ciudad forastera. Diversión, tierra firme bajo los pies, mujeres complacientes: todo los invita. ¡Poder respirar otro aire que el de las cámaras fétidas o el de las infectas aldeanas, donde los puercos y las aves de corral viven en común con las desnudas bestias humanas!... Platican los felices marineros en las casas de té, compran a su capricho en los mercados, regodéanse con las bebidas y los frutos recién cogidos; en ningún otro sitio han sido recibidos tan cordialmente, tan familiarmente, desde que salieron de Lisboa. Centenares de malayos reman en sus botes pequeños y veloces, cargados de provisiones de boca, y rodean los barcos portugueses, trepan, ágiles como monos, por los cables, y los forasteros se quedan boquiabiertos ante cosas nunca vistas; se ha desplegado un festivo trueque de materias; y con disgusto se entera la tripulación de que el sultán ya tiene a punto el cargamento prometido y ha dado instrucciones a Sequeira para que mande los botes a la playa a la mañana siguiente y tenga cargado antes de la puesta del sol todo lo concertado.
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