Stefan Zweig - Magallanes

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"Los libros pueden tener su origen en los más variados sentimientos. Se escriben libros al calor de un entusiasmo o por un sentimiento de gratitud, pero también la exasperación, la cólera y el despecho puede, a su vez, encender la pasión intelectual. En ocasiones, es la curiosidad quien da el impulso, la voluptuosidad psicológica de explicarse a sí mismo, escribiendo, unas figuras humanas o unos acontecimientos; Pero otras veces ‑demasiadas ‑ impelen a la producción motivos de índole más delicada, como la vanidad, el afán de lucro, la complacencia en sí mismo. En rigor, el que escribe debería dar cuenta de los sentimientos, de los apetitos personales que le han motivado a escoger el asunto de cada una de sus obras. El íntimo origen del libro que aquí veis se me aparece a mí mismo con toda claridad. Nació de un sentimiento algo insólito, pero muy penetrante: la vergüenza."
Fernando de Magallanes, también conocido como Hernando de Magallanes (1480 – 1521), fue un militar, explorador, marino y navegante portugués de linaje noble. Fue nombrado adelantado por la Monarquía Hispánica y capitán general de la «Armada para el descubrimiento de la especería» y comendador de la Orden de Santiago.

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La muerte de Enrique representa el punto en que se toma aliento para dar el gran salto. Así y todo, el avance que se inicia con la elevación al trono del rey Juan II llega a superar las mejores esperanzas. Lo que hasta entonces había sido paso de caracol se convierte de una vez en torrente impetuoso y en salto leonino. Ayer se señalaba como un gran logro el hecho de salvar a la vela, al cabo de doce años de tanteos, las pocas millas hasta el cabo Boador, y se necesitaban otros doce de lento avance para llegar a Cabo Verde; desde ahora ya no se considera nada extraordinario una embestida de cien, de quinientas millas.

Tal vez nuestra generación, la que ha vivido la conquista del aire; nosotros que nos alborozamos ya al saber que un avión se había sostenido en el aire hasta la distancia de tres, de cinco kilómetros del Campo de Marte, y que diez años más tarde hemos visto volar sobre continentes Y océanos, seamos los únicos capaces de imaginar la ardiente solidaridad, la jubilosa excitación con que toda Europa acompañó el súbito empuje de Portugal hacia lo desconocido. En 1471 se alcanzaba el ecuador; en 1484, Diego Cam ponía pie en la desembocadura del Congo y, finalmente, en 1486 se cumplía el sueño profético de Enrique: el navegante portugués Bartolomé Díaz llegaba a la punta sur del Africa, al cabo de Buena Esperanza, bautizado primero con el nombre de cabo de las Tormentas, en memoria de las tormentas que allí tuvieron que soportar. Pero el valiente conquistador, aunque la tormenta haya rasgado las velas y quebrado el árbol, guía decididamente el timón más adelante. Ya ha llegado a la costa oriental de África, desde donde no dejan de procurarse fácil acceso a la India los pilotos mahometanos. Pero he aquí que los tripulantes se amotinan, y Bartolomé Díaz, herida el alma, ha de renunciar y volver atrás, perdiendo así por culpa ajena la gloria de haber sido el primer europeo que forzara la ruta de las Indias, gesta que llevará a cabo otro portugués, Vasco de Gama, dando lugar a que Camoens lo inmortalice en su poema. Como siempre, el que comienza, el trágico iniciador, quedará olvidado, en beneficio del más afortunado que lleva a cabo el hecho. Sea como fuere, el paso decisivo está dado. Por primera vez, la figura geográfica del continente africano queda fijada, y probado, contra la opinión de Ptolomeo, que la libre ruta marítima a la India es un hecho práctico. Los discípulos y herederos de Enrique, una generación después de su maestro, realizan lo que fue ilusión de su vida entera.

Con asombro y envidia vuelve el mundo la mirada hacia el pequeño pueblo perdido en un rincón extremo de Europa, del cual no se hacía caso. Mientras las grandes potencias: Francia, Italia, Alemania, se despedazaban en insensatas guerras, Portugal, la cenicienta de Europa, ensanchaba sus dominios en una proporción de millares respecto al territorio estricto del reino. ¿Quién podrá atajar su vuelo? ¿Quién la aventajará? De la noche a la mañana, Portugal se ha convertido en la primera nación marítima del mundo y se ha asegurado con sus empresas no solamente la posesión de nuevas provincias, sino también el dominio de verdaderos mundos. Diez años más, y esta nación, la más pequeña de Europa, pretenderá la posesión y régimen de más amplios espacios, como no lo fueron ni los que poseyó el Imperio romano en la época de su mayor expansión.

Es evidente que la exigencia imperialista llevada a tal extremo, al ser puesta en práctica habrá de agotar pronto las energías de Portugal. Un muchacho hubiera podido prever que un país de millón y medio de habitantes no podrá mucho tiempo por si solo ocupar, colonizar, administrar, ni siquiera monopolizar comercialmente todo el Africa la India y el Brasil, y menos aún defenderlos por un tiempo incalculable de los celos de las demás naciones. Una gota de aceite no puede calmar un océano turbulento, ni una tierra del tamaño de un alfiler tener sometidas unas tierras cien mil veces más extensas. Desde un punto de vista racional, la ilimitada expansión de Portugal representaba un absurdo, una quijotada de las más peligrosas. Pero lo heroico es siempre irracional y antirracional; siempre que un hombre o un pueblo se lanzan a una empresa que rebase su propia medida, crecen también sus fuerzas hasta lo nunca imaginado. Tal vez no haya otra nación que en un único momento triunfal se concentrara más eficazmente que Portugal en el transcurso del siglo XV: no solamente el país crea de improviso su Alejandro y sus argonautas con Alburquerque, Vasco de Gama y Magallanes, sino también su Homero en el poeta Camoens, y su Livio en Barros. Eruditos, arquitectos, grandes comerciantes, ocupan cada uno su sitio: como la Grecia bajo Pericles, Inglaterra bajo Isabel y Francia al mando de Napoleón, un pueblo realiza en forma universal su íntima idea y se ofrece al mundo como un hecho viviente. Portugal se convierte por un momento, inolvidable ante la Historia, en la primera nación europea, la que acaudilla a la Humanidad.

Pero la gran acción de un pueblo en particular se realiza siempre para todos los pueblos. Todos ellos barruntan que ese primer asalto a lo desconocido rompe con las medidas, nociones e ideas de distancia hasta entonces aceptadas. Por eso, con impaciencia palpitante, en todas las cortes, en todas las universidades, se está al acecho de las últimas noticias de Lisboa. Con señalada clarividencia, Europa se da cuenta del poder fecundador de este hecho portugués que ensancha al mundo; comprende que la navegación y el descubrimiento están llamados a transformar el mundo más decisivamente que todas las guerras y todos los protocolos, y que una época centenaria, milenaria, la Edad Media, ha tocado a su fin, y se inaugura una nueva edad que pensará y creará dentro de otras dimensiones de espacio. Sintiendo plenamente el momento histórico, un humanista de Florencia, Policiano, levanta la voz solemnemente, como representante de la razón pacífica, en loor de Portugal, y vibra en sus palabras entusiastas el agradecimiento de toda la Europa culta: "No solamente ha dejado detrás de sí las Columnas de Hércules y apaciguado el océano enfurecido, sino que ha establecido al mismo tiempo la unidad del mundo habitado, que no podía realizarse. ¡Cuántas nuevas posibilidades y ventajas económicas, qué elevación del conocimiento y de confirmaciones de la antigua ciencia, hasta hoy desechadas como increíbles, se nos prometen todavía! Nuevas tierras, nuevos mares, nuevos mundos - aliz mundi - surgen de una oscuridad de siglos. Portugal es hoy el custodio y el centinela de un mundo más."

Un incidente viene a turbar el grandioso empuje de Portugal hacia Oriente. El "nuevo mundo" parece logrado, las coronas y todos los tesoros de las Indias parecen garantizados al rey Juan; después del rodeo al cabo de Buena Esperanza, nadie se pondrá delante de Portugal y ninguna de las potencias europeas podrá intentar emularlo. Con toda previsión, Enrique el Navegante había conseguido cartas del Papa en las cuales se concretaba que todas las tierras, los mares, las islas que se descubrieran allende el promontorio de Bojador serán de pertenencia única de Portugal; y otros tres papas habían refrendado este "regalo" que, con un rasgo de pluma, daba a la casa de Viseo, como legal patrimonio de la corona, el Oriente todavía incógnito, con sus millones de pobladores. A Portugal, y sólo a Portugal, se destinaban todos los "mundos nuevos". Quien está en posesión de tales garantías, generalmente no siente muy vivo el apetito hacia los negocios inseguros, y por esto no estimamos tan rara como la mayoría de historiadores la han pintado a posteriori la actitud de Juan II, el beatus posszdens, al interesarse apenas en el proyecto algo confuso de un genovés desconocido que solicitaba con énfasis una flota "para buscar el Levante por el Poniente", o sea para llegar a las Indias. En el castillo de Lisboa, el Maestre Cristóbal Colón es escuchado con deferencia, sin oponerle un no rotundo. Pero se tiene muy buena memoria de que todas las expediciones hacia las legendarias Antillas y hacia el Brasil, que han de hallarse al Occidente, entre Europa y la India, han sido un puro fracaso hasta entonces. Y además, ¿para qué arriesgar buenos ducados portugueses en la busca un camino de la India muy inseguro, cuando después de años de penalidades se ha dado la con el camino verdadero y se está construyendo en los astilleros del Tajo la gran flota destinada a alcanzar la India rodeando el cabo?

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