Stefan Zweig - Magallanes

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"Los libros pueden tener su origen en los más variados sentimientos. Se escriben libros al calor de un entusiasmo o por un sentimiento de gratitud, pero también la exasperación, la cólera y el despecho puede, a su vez, encender la pasión intelectual. En ocasiones, es la curiosidad quien da el impulso, la voluptuosidad psicológica de explicarse a sí mismo, escribiendo, unas figuras humanas o unos acontecimientos; Pero otras veces ‑demasiadas ‑ impelen a la producción motivos de índole más delicada, como la vanidad, el afán de lucro, la complacencia en sí mismo. En rigor, el que escribe debería dar cuenta de los sentimientos, de los apetitos personales que le han motivado a escoger el asunto de cada una de sus obras. El íntimo origen del libro que aquí veis se me aparece a mí mismo con toda claridad. Nació de un sentimiento algo insólito, pero muy penetrante: la vergüenza."
Fernando de Magallanes, también conocido como Hernando de Magallanes (1480 – 1521), fue un militar, explorador, marino y navegante portugués de linaje noble. Fue nombrado adelantado por la Monarquía Hispánica y capitán general de la «Armada para el descubrimiento de la especería» y comendador de la Orden de Santiago.

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Lo que inspiraba valor a aquel temerario iluso para sostener decididamente, contra las más altas autoridades cosmográficas de su tiempo, contra los secuaces de Ptolomeo, que Africa no era un continente pegado al Polo, sino que podía rodearse navegando y era el verdadero camino marítimo para la India, es un último secreto que no se descifrará así como así. Nunca, empero, había cedido del todo la sospecha -que también asomaba en Heródoto y en Estrabón- de que una vez, en los oscuros tiempos faraónicos, una flotafenicia había bajado por el mar Rojo y, sin voluntaria revisión, al cabo de dos años había regresado a través de las Columnas de Hércules -el estrecho de Gibraltar-. También podía haber tenido noticia el infante, por boca de algún mercader de esclavos moros, de que allende la Libia desértica y el arenoso Sahara se extendía una tierra de los tesoros, bilat ghana, y, en efecto ya en un mapa que en 1150 delineó un cosmógrafo árabe para el rey de los normandos Rogerio II, se destacaba muy bien la actual Guinea bajo ese nombre de bilat ihana. Entra en lo posible que Enrique, por medio de asiduos informadores, estuviera más enterado de la forma real de Africa que los geógrafos escolásticos, que sólo sabían jurar con la mano puesta sobre los códices de Ptolomeo y desechaban como fabulosos los informes de Marco Polo y de Jan Batuta. La importancia moral de la actitud de Enrique estriba en haber reconocido, a la vez que la magnitud del objetivo, las dificultades que éste suponía, convencido con noble resignación de que él no podía ver ya realizado su sueño, pues no basta una generación para preparar una tan magna empresa. Porque, ¿quién hubiera osado entonces emprender un viaje por mar desde Portugal a las Indias sin tener conocimiento del mar y sin los buques aptos para la travesía? No es fácil imaginar lo primitivos que eran a la sazón los conocimientos geográficos y náuticos en Europa. En los caóticos siglos de ofuscación que siguieron a la caída del Imperio romano, la Edad Media había olvidado casi todas las nociones que los griegos, fenicios y romanos trajeron de sus arriesgados viajes. Habíase hecho increíble como un cuento, en aquellos siglos de horizontes limitados, la proeza de un Alejandro llegando a las fronteras de Afganistán y penetrando hasta la India. Perdidos los primorosos mapas, las ilustraciones del universo de los romanos, y maltrechas sus vías militares y sus piedras miliarias, que se extendían hasta el interior de Inglaterra y de Bitinia; desaparecido su servicio de noticias políticas y geográficas, habían decaído el gusto de descubrir, la facultad de viajar y el arte de la navegación. Sin aquel objetivo atrevido en lontananza, sin una buena brújula, sin mapas suficientemente claros, las pequeñas embarcaciones van costeando de un puerto a otro, recelando continuamente de la tormenta o de la no menos temible piratería. En medio de una decadencia tal de la cosmografía y con unos barcos lamentables, era demasiado temprano todavía para someter los océanos y conquistar reinos de ultramar. Lo que durante siglos de indiferencia se había malogrado, tenía que recuperarse con una generación de sacrificio. Y Enrique -ésta es su grandeza- tuvo la decisión de sacrificar toda una vida a realizaciones futuras.

Del que fue un día castillo de Cabo Sagres quedan en pie sólo un par de paredes rotas. Lo que el príncipe Enrique erigía, un heredero de su ciencia, muy desagradecido por cierto, Francis Drake, lo removió y demolió. Hoy es casi imposible sacar en claro, de entre las sombras y los velos de la leyenda, el detalle de las particularidades en que se movía el príncipe Enrique para asentar los precedentes de las conquistas portuguesas. Según los informes, tal vez románticos, de sus cronistas de cámara, recorría los cuatro puntos cardinales para procurarse todos los libros y mapas imaginables, llamaba a los sabios árabes y judíos y les mandaba construir mejores instrumentos y componer tablas. No había navegante o capitán de regreso de un viaje a quien no hiciera preguntas, y todas las noticias y experimentaciones eran cuidadosamente ordenadas en un archivo privado, a la vez que concertadas una serie de expediciones. El arte de la construcción de naves es fomentado sin tregua, y en pocos años sustituyen a las antiguas “barcas”, o sea; botes de pesca abiertos, con una tripulación de dieciocho hombres, las genuinas "naos", anchas embarcaciones de ochenta y cien toneladas, capaces de soportar los azares atmosféricos en la navegación de alta mar. Este nuevo tipo más apto de buque determinó el empleo de un nuevo tipo de navegante. Agregase al timonel un "Maestro en astrología", nauta experimentado en la lectura de los portulanos y en la fijación de las declinaciones y de los meridianos. Teoría y práctica se reúnen con ánimo creador, y paulatinamente va saliendo de las expediciones de simples pescadores y marineros una generación de navegantes y descubridores sistemáticamente formados, cuyas gestas quedan reservadas al porvenir. Como Filipo de Macedonia legaba a su hijo la invencible falange para la conquista del mundo, así legó Enrique de Portugal los mejores buques, los más adelantados de su época y los hombres de mar mejor dispuestos para la conquista del océano.

Pero un trágico sino de los precursores es morir en el umbral sin haber divisado la tierra de promisión. Enrique no consiguió vivir ni uno solo de los grandes descubrimientos que inmortalizaron a su patria en la historia del descubrimiento del mundo.

En 1460, el año de su muerte, apenas se ha alcanzado algo visible en un sentido propiamente geográfico, pues el tan sonado descubrimiento de las Azores y de Madeira no fue otra cosa que un segundo descubrimiento -el Portulano Laurentino las registraba ya en 1351-. Sus barcos, en la costa occidental, no han logrado siquiera llegar al ecuador, y no han de conseguir mayor fama con el pequeño tráfico iniciado: el del marfil blanco; ni tampoco con el del "marfil negro", o sea la masa de hombres negros robados en la costa senegalesa para venderlos en el mercado de esclavos de Lisboa; ni vale la pena el poco polvo de oro encontrado. Estos insuficientes preliminares es todo lo que Enrique pudo ver de su soñada acción. Pero, en realidad, el éxito decisivo está logrado. Porque el primer triunfo de la navegación portuguesa en aquel entonces no consiste precisamente en el trecho recorrido, sino en un factor de carácter moral: en el acrecentamiento del apetito emprendedor y en la abolición de una leyenda nefasta. Por siglos y siglos se había susurrado entre hombres de mar que detrás del cabo No - "no más allá"- (Bojador), la navegación se hacía imposible. Allá detrás empezaba "el mar verde de lo misterioso", y ¡ay del barco que se aventurase a entrar en la zona mortífera, porque en aquellos parajes el mar hierve y las tablas y el velamen se convertirían inmediatamente en llama viva, y la piel del cristiano que intentara hollar la Tierra de Satanás, adusta como un paisaje volcánico, se volvería negra al instante (Tan insuperable se había hecho, al arrullo de tales fábulas, el horror de un viaje al Sur, que el Papa, con la intención de proporcionar a Enrique unos tripulantes para las primeras expediciones, aseguraba a los que participaran en ellas la remisión de sus culpas; así se logró reclutar, para los primeros viajes de exploración, unos pocos hombres arrojados. ¡Qué jubilo cuando, en 1434, Gil Eannes dio la vuelta a ese cabo No, reputado inabordable, y pudo anunciar desde Guinea que aquel tan famoso Ptolomeo acababa de revelarse como un atolondrado, ya que "aquí se puede navegar a la vela tan fácilmente como en nuestras aguas, y la tierra es en extremo rica y hermosa". El punto muerto ha sido vencido. Ahora, Portugal ya no se verá precisado a reclutar la tripulación, porque de todas las tierras llegan ofrecimientos de voluntarios, aventureros de raza o gente dispuesta a catar la aventura. Cada nuevo viaje feliz acrecienta la temeridad de los tripulantes, y, de pronto, se dispone de una generación de jóvenes para los cuales la aventura importa más que la vida. Navigare necesse est; vivere non est necesse. Este proverbio de la gente de mar vuelve a ejercer su dominio en las almas. Y ya es sabido que donde exista una generación decidida, el mundo se transformará.

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