Stefan Zweig - Magallanes

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"Los libros pueden tener su origen en los más variados sentimientos. Se escriben libros al calor de un entusiasmo o por un sentimiento de gratitud, pero también la exasperación, la cólera y el despecho puede, a su vez, encender la pasión intelectual. En ocasiones, es la curiosidad quien da el impulso, la voluptuosidad psicológica de explicarse a sí mismo, escribiendo, unas figuras humanas o unos acontecimientos; Pero otras veces ‑demasiadas ‑ impelen a la producción motivos de índole más delicada, como la vanidad, el afán de lucro, la complacencia en sí mismo. En rigor, el que escribe debería dar cuenta de los sentimientos, de los apetitos personales que le han motivado a escoger el asunto de cada una de sus obras. El íntimo origen del libro que aquí veis se me aparece a mí mismo con toda claridad. Nació de un sentimiento algo insólito, pero muy penetrante: la vergüenza."
Fernando de Magallanes, también conocido como Hernando de Magallanes (1480 – 1521), fue un militar, explorador, marino y navegante portugués de linaje noble. Fue nombrado adelantado por la Monarquía Hispánica y capitán general de la «Armada para el descubrimiento de la especería» y comendador de la Orden de Santiago.

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Como pedrada en cristal cae en el palacio de Lisboa la súbita noticia de que el fanfarrón aventurero genovés ha surcado bajo pabellón español el Océano Tenebroso, y en cinco semanas ha tocado tierra en la parte occidental. Acaba de cumplirse el milagro. La mística profecía de la Medea de Séneca, que durante años y años movió el ánimo de los grandes viajantes, acaba de realizarse:

Venient annis

sciecula seris, quibus Oceanus

vincula rerum laxet et ingens

pateat tellus, Typhisque novos

detegat orbes, nec sit terris

Ultima Thula.

En verdad, parece que ha llegado "el tiempo en que el océano revela, tras de siglos, su secreto y aparece unatierra desconocida; cuando el piloto argonáutico descubre otros mundos y Thule ya no es el sitio más remoto de nuestra tierra". Cierto es que Colón, el "piloto argonáutico" no sospecha haber descubierto una nueva parte del mundo. Hasta el fin de su vida, el obstinado fantaseador se había encerrado en la ilusión de que ya había alcanzado el continente de Asia, y que navegando hacia el occidente de su Hispaniola podrá pisar la tierra en la desembocadura del Ganges, tras pocos días de navegación. Es esto precisamente lo que infunde un miedo mortal a los portugueses. Porque, ¿de qué le servirá a Portugal la carta del Papa concediéndole en el viaje a Oriente todas las tierras, si ahora, antes de la final embestida, en los últimos momentos, España viene a quitarle la India por el más corto camino occidental? Con esto perderían su sentido la labor de cincuenta años de Enrique, y los afanes de los cuarenta años que a su muerte siguieron. Las islas se malograrán para Portugal gracias a la loca aventura del maldito genovés. Si Portugal quiere hacer valer su preeminencia y sus derechos sobre la India, no le queda ahora más elección que tomar las armas contra el intruso.

Afortunadamente, el Papa consigue orillar el peligro que amenazaba. Portugal y España son las hijas predilectas de su corazón, por ser las únicas naciones cuyos reyes no se opusieron nunca cerrilmente a su autoridad espiritual. Han combatido contra los moros y expulsado a los infieles; por el fuego y el acero han desbaratado la herejía en sus territorios, y en ningún otro país tiene la Inquisición papal contra los moros, marranos y judíos una tan eficaz ayuda como en aquellos dos. No, sus hijas predilectas no han de tener diferencias, concluye el Papa. Y procede simplemente a dividir las todavía desconocidas esferas del mundo entre España y Portugal, y no ya considerándolas como “esferas de intereses”, según el disfrazado idioma diplomático moderno, sino partiendo entre ambos pueblos las naciones, islas, grandes territorios y mares, a título de autorizado representante de Cristo. Como si fuera una manzana, toma la esfera del mundo y la divide en dos panes con el cuchillo de la bula del 4 de mayo de 1493. La línea de este corte atraviesa a cien leguas de las islas de Cabo Verde. Lo que queda al occidente de esta línea de tierras no descubiertas pertenecerá a su querida hija España, y lo que queda al este, a su querido hijo Portugal. Ambos se declaran conformes y agradecidos por el hermoso regalo. Pero no tarda Portugal en sentir cierta inquietud, y solicita que la línea fronteriza venga un poco más hacia el Occidente. Puntualizase todo esto en el Tratado de Tordesillas - 7 de junio de 1494-, que fija la línea fronteriza a doscientas treinta leguas más hacia Occidente, con lo cual los portugueses ganarán un día el Brasil, no descubierto aún en aquella fecha.

Por grotesca que a primera vista pueda parecer una generosidad que divide entre dos únicas naciones casi la totalidad del mundo, sin acordarse de las otras, hemos de admitir en esta solución pacífica uno de los escasos actos razonables de la Historia, con el cual se resuelve un conflicto no por la violencia, sino por medio de un pacífico acuerdo. Quedaba prácticamente conjurada, durante años y decenios, toda guerra colonial entre Portugal y España gracias al Tratado de Tordesillas, aunque, desde un principio, la solución sólo pudiera ser provisional. Porque cuando se corta una manzana no se sabe lo que queda en el interior de cada parte, más allá de la línea del corte. ¿Dentro de cuál de las dos mitades se encuentran las apetecidas, las tan ricas islas de las especias? ¿Al este o al oeste del corte, en el otro hemisferio? De momento no pueden adelantarlo ni el Papa ni los eruditos, porque nadie ha medido aún la redondez de la Tierra, y la Iglesia, por su parte, de ningún modo quiere reconocer públicamente la forma esférica del cosmos. De todas maneras, bastante tienen que hacer ambas naciones, antes de que llegue la decisión final, con zamparse las inmensas tajadas que la suerte les ha echado: la colosal América, a la pequeña España; y toda la India y el Africa, al diminuto Portugal.

La venturosa empresa de Colón levanta de pronto en Europa un verdadero pasmo. Y luego, estalla un delirio de aventuras y de ansias de descubrimiento como nunca había conocido nuestro viejo mundo. A1 buen éxito de una personalidad valerosa sigue siempre una corriente de celo y de valor en toda una generación. Todo aquel que, a lo ancho de Europa, se siente descontento de la suerte o relegado y no tiene paciencia para esperar, y los segundones, los oficiales sin inmediata ocupación los bastardos de los grandes señores y la gente de conducta turbia, perseguida por la justicia, vienen a engrosar el grupo de los que anhelan el nuevo mundo. Los príncipes, los mercaderes, los especuladores cargan con cuanto pueden en los barcos; es forzoso ejercer la autoridad haciendo cara a los aventureros y fugitivos, prontos a sacar el cuchillo para pasar delante de los demás en la tierra del oro; así como, en su tiempo, Enrique se veía obligado a implorar el perdón de las culpas para los participantes más indispensables a la expedición, ahora acuden a los puertos aldeas enteras, y los capitanes y los patronos de barcos mercantes no saben cómo librarse del alud. Una expedición alcanza a la otra; y es que, en realidad, como si de pronto se hubiera disipado una muralla de niebla, de Norte a Sur y de Oriente a Occidente surgen por todas partes islas nuevas, territorios desconocidos; unos, como petrificados en el pasmo de los hielos, decorados otros de palmeras; en el espacio de dos, de tres decenios, el par de centenares de barcos pequeños que zarpan de Cádiz, Palos o Lisboa, descubren más mundo desconocido que antes la Humanidad entera en el transcurso de miles de años de existencia. Los anales de aquella jornada de descubrimientos serán de memoria perdurable. En 1498, Vasco de Gama, "al servicio de Dios y provecho de la corona portuguesa" como expresa con orgullo el rey Manuel, llega a la India, desembarcando en Calicut (Kozhikode); aquel mismo año, Cabot, en calidad de capitán al servicio de Inglaterra, otea Terra Nova y, con ella la costa norte de América, y a la vuelta de un año, simultáneamente y cada uno por su lado, Pinzón bajo pabellón español y Cabral bajo el portugués, descubren el Brasil, en tanto que Corterreal emula, a quinientos años de distancia, la empresa de los vikingos pisando la tierra de Labrador. En los primeros años del nuevo siglo dos expediciones portuguesas, una de ellas guiada por Américo Vespucio rozan la costa sudamericana hasta cerca del Río de la Plata. Y en 1506 los portugueses descubren Madagascar; en 1507, Mauricio; en 1509 llegan a Malaca, y en 1511 la toman por asalto, que es como tener en la mano la llave del archipiélago malayo. En 1512, Ponce de León franquea Florida; en 1513, Núñez de Balboa es el primero de los europeos que contempla desde Darien el océano Pacífico. En adelante ya no hay mares desconocidos para la Humanidad. En el corto espacio de cien años la navegación se ha superado en sus actividades no ya como cien veces, sino como mil. Mientras en 1418, a las órdenes de Enrique, ya se vio con asombro la llegada a Madera de las primeras barcas, en el año 1518 unos barcos portugueses llegan -compárense las distancias en el mapa - a Cantón y a tierra japonesa; un viaje a las Indias se considerará pronto empresa muy por debajo de la que significaba antaño el viaje hasta cabo Bojador. A este paso, la figura del mundo se transformara y se ampliará de año en año, de un mes a otro. Los grabadores mapas y los cosmógrafos ocupan día y noche sus mesas de trabajo en los talleres de Augsburgo y no pueden dar abasto a los numerosos encargos. Les arrebatan el grabado de las manos, todavía húmedo y sin colorear; y tampoco bastan al afán de noticias del mundus novis los informes de viajes y los atlas con que los impresores acuden a las ferias de libros. Pero apenas los cosmógrafos han grabado sus mapas mundiales pulcra y exactamente, ajustándose a las últimas referencias, llegan ya nuevos informes y es preciso hacer el trabajo desde el principio, pues lo que se creía isla ha resultado ser continente. Hay que trazar otros ríos, costas y montes, y así, los grabadores tienen que empezar otro mapa, rectificado y ampliado, no bien han terminado el nuevo. Nunca, ni antes ni después, la Geografía, la Cosmografía y la Cartografía han llegado a un ritmo tan acelerado, tan arrollador, como en aquellos cincuenta años progresivos, durante los cuales se fijaban la forma y la extensión de la Tierra por primera vez desde que los hombres viven, respiran y piensan, y ellos mismos aprendían a conocer el planeta en el cual, desde el principio de los tiempos, son llevados por el espacio. Y todo ello en una generación. Soportaban sus navegantes toda clase de peligros en beneficio de la posteridad, franqueaban sus conquistadores todos los caminos, y resolvían sus héroes todos o casi todos los propósitos. Un solo hecho quedaba por cumplir, el último, el de más bizarría, el más costoso: dar la vuelta a toda la Tierra en un buque, y en este único viaje medir Y probar con toda evidencia la forma redonda de nuestra tierra, contra todos los cosmólogos y los teólogos del pasado. Y éstos serán la idea y el destino del portugués Fernão de Magelhaes, que conocemos por Magallanes.

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