Lourdes Cacho Escudero - El hospital del alma

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El hospital del alma es un conjunto de relatos divididos en seis capítulos desde el que Lourdes Cacho Escudero, a través de anécdotas, experiencias propias y a veces historias que le han sido contadas, describe el tiempo y los lugares que han marcado su vida. Cobran especial importancia algunas etapas, la niñez, la adolescencia, la madurez; todas ellas de la mano de un aprendizaje transmitido a través de familiares, amigos, seres queridos e incluso personas que en un momento dado le han supuesto un significado imborrable.
El tiempo de cada relato es la búsqueda de la felicidad, la puesta de largo de la vida, el encuentro con la muerte y con el paladar de las ausencias. Los lugares describen el camino, principalmente el de la risa y el del amor. Hay un capítulo especial, el último, en el que la lectura del amor cobra vital interés y se ahonda en la soledad, en la necesidad de un tiempo de abrazar, en la sensualidad de la memoria o en el amanecer de las caricias. El amor se desnuda despacio ante los ojos del lector para poner punto final a un libro que podría decirse que es la recopilación de latidos, de respiraciones entrecortadas, de tardes de escuela y de comienzos…Porque todos los aprendizajes tienen un comienzo, una puesta en contacto con un mundo real vivido que va a ser el principal protagonista de cada historia.
La familia, como punto de partida o de referencia, el pueblo como paraíso de juegos y guardián de los secretos de la niñez, de los primeros besos y la ciudad como toma de contacto con la independencia, con esa edad de las caderas que va instaurando poco a poco otra libertad sexual; y el dolor de la enfermedad y de la muerte, ponen de manifiesto una forma de tomarse la vida donde encender el sol o sonreír son conductas aprendidas, narradas de padres a hijos y de abuelos a nietos.
Como una cura de amor a través del equipaje de las palabras para sanar la soledad del alma.

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Carmela y las palabras

-I-

Carmela se puso de parto. Andaba faenando por la cocina cuando la cálida humedad del nacimiento se precipitó por sus piernas en busca de la vida y alborotó sus quehaceres. Todavía no había salido de cuentas, y no sentía el más mínimo dolor, pero la presión húmeda de su bajo vientre le advertía de que el parto estaba cerca y que no podía descuidarse. Puso agua en un puchero y al agacharse para encender la cocina de leña, un dolor punzante recorrió sus riñones y se alojó durante unos segundos debajo de su ombligo. ¡Vaya! —pensó— No se anda con bromas la criatura—. Preparó las toallas, la palangana, el trapo para morderlo; no pensaba gritar, no ante la multitud de vecinas que, seguro, abarrotarían su habitación husmeándolo todo y no se irían hasta haber inspeccionado bien al recién nacido. Después, abrió su cama, la misma en la que ella había nacido. Por último, llamó a Sofía, su vecina. Anda — le dijo —. Ve a buscar a mi madre y al practicante. Y manda a algún hombre en busca de Juan, fue a coger fresas a La Venta.

Después, se acostó con su pequeño cuaderno de escribir bajo la almohada, para que nadie lo curioseara y esperó, pacientemente, las contracciones.

-II-

En los pueblos, cada territorio de labranza, de regadío o de secano, responde a un nombre, que da nombre a su vez a todos los campos que lo componen. Así, Juan y Carmela, tenían fresas y huerta en La Venta, ciruelos en Los Linares, una viña en Los Majuelos y otros veinte renques de fresas en Cabrilla. Juan madrugaba mucho, siempre se iba de noche al campo, y allí en cuanto amanecía comenzaba a trabajar como un mulo. Carmela le había estado ayudando hasta que sus pies, que se hinchaban como botas, le obligaron a permanecer por la casa y a echar un ratito de siesta cada tarde, poco más… Juan la echaba de menos en el campo porque ella tenía el don de decorar la vida con las palabras, inventaba cuentos para él, cuentos de dragones, de caballeros, de amor, cuentos que le permitían olvidarse de la miseria, del hambre, de la injusticia… Por la boca de Carmela las palabras nacían más libres de lo que eran ellos y a Juan le habían alentado a forjar un sueño: el de hacerla plenamente feliz. Su maestro, que tuvo que esconderse por los montes, les había enseñado a luchar costara lo que costase, a ser constantes, a aprender cada día. Juan conservaba todos los libros que él le dio antes de huir, en el alto de su casa, en un falso pilar que Carmela y él construyeron en una sola noche, pegadito a la pared para que no llamara la atención en los días de registro, aislado en un rincón como la libertad. Nunca los demás lo tocaron, nunca llamó la atención, siempre bien cubierto de telarañas, un pilar tan culto , decía riendo Carmela cada vez que cogía un libro, el cemento es más culto que la mente de algunos. A Juan, los libros que más le gustaban eran los que hablaban sobre el universo, se sabía el nombre de cada constelación y, en las noches de verano, abría la ventana y desde la cama alzaba la mano y hacía el gesto de coger una estrella, y después se la ofrecía a Carmela. Y ésta ¿cómo se llama? — le preguntaba Carmela Irene — le respondía él—, como la paz. Todas las estrellas se llamaban Irene. Una noche, una de esas estrellas le trajo un cuaderno, tinta y una pluma. Escribe todo lo que me cuentas — le dijo Juan—.

-III-

Las contracciones aparecieron a la vez que el practicante, su madre lo hizo después, y Carmela supo que algo pasaba porque traía mala cara y además llegaba tarde; puede ser que Sofía le avisara la última — pensó, pero se le hacía tan raro—. Ninguna vecina, a las que escuchaba murmurar por afuera pasó a la habitación. Ande madre — le dijo —. Salga por la cocina a dar una vuelta y asegúrese que no miren entre las alubias, tengo un libro de Machado que no me dio tiempo a esconder. La madre salió al instante, como si el hecho de estar allí junto a su hija le causara incomodidad. A Carmela le bastó aquella prueba para saber que algo grave pasaba, pero las contracciones, que se habían cebado con su cuerpo, le obligaron a morder el trapo y a no preguntar. Y justo en el momento de dar a luz, la mano de Juan le ofreció una estrella y sin ver a la criatura supo que era niña, y en el instante en que rompió a llorar tocaron a muerto y entonces sí que Carmela comenzó a gritar, porque no estaba preparada para aquél dolor tan fuerte, para vivir sin Juan.

-IV-

Estuvo dos días en cama sin hablar, con la niña en el pecho todo el rato para que la leche le subiera. No pudo ir al entierro, ni el cuerpo de Juan pudo esperar a que ella se recuperase, hacía calor y urgía darle sepultura. Al tercer día, la madre de Juan se presentó con su hijo mayor para conocer a la niña. Necesitas un hombre que te cuide hija — sugirió —. Luis tratará a la niña como si fuera su hija… No le dejó continuar. No voy a casarme con Luis — respondió Carmela —. Saldremos adelante, no se preocupe, no necesito ningún hombre, sé arreglármelas solita.

Pero…— balbuceó su suegra

No hay pero ni pera, y no hay más que hablar — dijo Carmela —. Fue la primera discusión de las muchas que tuvo en aquellos días con todo el mundo, parecía como si una mujer no fuese capaz de vivir sola; pues ella saldría adelante. Sofía y su madre le ayudarían y no les haría falta nadie más. ¡Qué manía con las tradiciones! ¡Qué manía con casar a la gente! También discutió por el nombre, la mayoría decía que la niña había de llamarse Juana, en honor a su padre y porque había nacido en junio, el mes en el que se celebra San Juan, o al menos Dora, como su abuela paterna. Ella le puso Irene, como cada estrella que Juan le regalaba y porque su maestro, aquél que tuvo que irse al monte, les contaba que Eirene era la más bella de las tres horas o estaciones que formaban la paz, el orden y la justicia. A Juan, le encantaba aquella historia. Irene significa paz, madre — le explicó —, y a través de ella vendrá la prosperidad.

Como tú quieras hija — aceptó su madre —.

-V-

Nadie pensó que fuera fácil. El verano fue duro, el campo es lo que tiene; Sofía y Carmela se pasaban el día en él, no menos que las demás mujeres del pueblo, salvo que ellas estaban solas y las demás “ayudaban” a sus maridos; claro, lo de siempre; la realidad era que trabajaban en el campo con ellos y en la casa mientras ellos echaban la siesta o iban a la bodega. Juan no era así, él no hubiera sido como ellos — sedecía todos los días Carmela—.

La niña se criaba bien, se agarraba al pezón de su madre como si le fuera a faltar el alimento y, cada tres horas, Carmela dejaba su trabajo en el campo para darle el pecho. Los martes y sábados por la tarde descansaban del campo para ir a lavar al río y los domingos ella escribía cuentos y enseñaba a leer y a escribir a Sofía mientras su madre acudía a misa para no llamar demasiado la atención, y así, cada una en sus quehaceres fueron pasando los días y las estaciones; no obtuvieron grandes beneficios, los justos para seguir tirando, pero consiguieron que todos los hombres las odiaran y las mujeres las envidiasen. Eran luchadoras de los pies a la cabeza. Mujeres así no convienen — comentaba el alcalde en la partida de cada tarde—. Si apedreara, suplicarían el matrimonio al primero que se le ponga delante — añadía el boticario—. Pero no apedreó ni nadie tuvo ganas de hacerles la vida imposible. Allá ellas, ya caerían del burro.

Una tarde de lluvia invernal, las mujeres, que habían andado hablando por el lavadero, se presentaron en casa de Carmela : “queremos aprender — le pidieron—, la maestra dice que bastante tiene con nuestros hijos”. Y así fue como el alto de aquella casa se convirtió en una escuela, donde Carmela enseñó a leer y a escribir a todo el que quisiera a cambio de nada. Alguna tarde contaba las historias que su maestro le había enseñado y les hablaba de las constelaciones y de Eirene y sus hermanas. Más tarde les enseñó los números, al principio contaban con garbanzos, después con destreza. Sofía, que sorprendió a todas con su habilidad con el carboncillo, comenzó a plasmar en papel aquellas lecciones y el sueño de Juan casi casi se hizo realidad. En primavera, los hombres reclamaron la presencia de sus mujeres en el campo pero Carmela, a la que acababan de publicar su primer libro de cuentos, las contrató. Para la mayoría de ellas, que en su vida habían salido del pueblo, supuso el primer sueldo, una victoria contra la opresión que les habían impuesto por el hecho de ser mujeres. Más que a leer y a escribir habían aprendido a luchar, a que sus opiniones importaran, a tomar decisiones. Cuando en la Cooperativa, aquel verano, no quisieron recoger la cosecha de Carmela, lejos de venirse abajo, las mujeres fundaron una cooperativa propia que recogió las cosechas de todo el valle. Todavía hoy la Cooperativa de Carmela, que así se llamó, recoge los frutos de la poca gente que se dedica al campo; también alberga un recinto, que en invierno hace las veces de escuela, en el cual las palabras y los números se aprenden con el aroma de las frutas, de las hortalizas, de las legumbres… En una de las ventanas que mira hacia el valle, un telescopio permite ver el cielo y los vecinos dicen que en la noche de San Juan, la noche más corta del año, cuando uno mira a través de él, cada estrella toma forma de nombre y todo el universo, en esa noche, pasa a llamarse Irene.

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