Lourdes Cacho Escudero - El hospital del alma

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El hospital del alma es un conjunto de relatos divididos en seis capítulos desde el que Lourdes Cacho Escudero, a través de anécdotas, experiencias propias y a veces historias que le han sido contadas, describe el tiempo y los lugares que han marcado su vida. Cobran especial importancia algunas etapas, la niñez, la adolescencia, la madurez; todas ellas de la mano de un aprendizaje transmitido a través de familiares, amigos, seres queridos e incluso personas que en un momento dado le han supuesto un significado imborrable.
El tiempo de cada relato es la búsqueda de la felicidad, la puesta de largo de la vida, el encuentro con la muerte y con el paladar de las ausencias. Los lugares describen el camino, principalmente el de la risa y el del amor. Hay un capítulo especial, el último, en el que la lectura del amor cobra vital interés y se ahonda en la soledad, en la necesidad de un tiempo de abrazar, en la sensualidad de la memoria o en el amanecer de las caricias. El amor se desnuda despacio ante los ojos del lector para poner punto final a un libro que podría decirse que es la recopilación de latidos, de respiraciones entrecortadas, de tardes de escuela y de comienzos…Porque todos los aprendizajes tienen un comienzo, una puesta en contacto con un mundo real vivido que va a ser el principal protagonista de cada historia.
La familia, como punto de partida o de referencia, el pueblo como paraíso de juegos y guardián de los secretos de la niñez, de los primeros besos y la ciudad como toma de contacto con la independencia, con esa edad de las caderas que va instaurando poco a poco otra libertad sexual; y el dolor de la enfermedad y de la muerte, ponen de manifiesto una forma de tomarse la vida donde encender el sol o sonreír son conductas aprendidas, narradas de padres a hijos y de abuelos a nietos.
Como una cura de amor a través del equipaje de las palabras para sanar la soledad del alma.

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La Reina de los Mares

A mi abuelo.

En la playa de Abril, la lluvia salpicaba con su danza la arena de los juegos. La tropa de escarabajos se acomodaba en los camarotes de papel de un barco hecho a mano y una bandera negra izaba las tibias de los sueños y la calavera de un tesoro escondido. Descalzo sobre el cemento de una calle aún en duelo, un mar descrito por las orillas de casas rocosas simulaba una tormenta perfecta y el camino hacia una isla en la que años más tarde se perdieron tus ojos. Amarrada a un mástil imaginario yo debía callarme para ser la dama secuestrada en el galeón La Reina de los Mares ycuyo rescate aún no tenía fijado un precio. Un reloj de bolsillo donde el norte se había parado en las doce hacía las veces de brújula y un pañuelo caído desde un acantilado de ladrillo levaba las anclas. La patente de corso se aferraba a tu mano mientras el horizonte pintaba el arco iris en mi boca de niña. El barco navegaba los mares donde el Sur imantaba el exilio, la búsqueda descrita en un plano paralelo a la paz o la cara de la moneda de la vida. Piratas de seis patas y un parche blanco cambiaban el curso de la Historia mientras la lluvia bordeaba las costas de tu memoria. Supongo, que a mi espalda, la muerte amargaba el ron de tus bodegas y el escorbuto sangraba en tus encías. Pero yo no podía hacer otra cosa que no fuera encontrar con mi mirada aquella tierra virgen que fijaba, sin saberlo, un precio de lágrimas a mi rescate…

Cover me…

El comienzo del otoño tenía un idioma distinto. La tarde se cerraba en las caderas de un autobús y el orden de las horas me esperaba en casa para la cena. Septiembre había guardado la comba y los papalotes y, en las calles, el olor de la uva pisada se adentraba en las formas de una imaginación que comenzaba a desnudarse. Las ondas de mi pelo se volvieron rebeldes. Había en las mañanas un ritual de sábanas que me ataban al sueño y una prisa pegada a mi espalda, acorralada por los austeros límites de nuevos horarios. En el huso de aquellos años, llegábamos temprano a las puertas del instituto; la tregua del sol servía para extender los párpados sobre las blancas mesas de una cafetería cerrada y los ojos se acomodaban a una espera que dividía a las asignaturas en retos. A mí me perseguían el miedo y su guadaña, la extraña percepción de ser un bicho raro contando con los dedos las sílabas que me quemaban por dentro. Disimulaba como podía el eco de una sed poeta que se instaló en mi cuerpo, discreto en el lenguaje de las curvas; escribía a escondidas en todos los rincones de aquel instituto donde empeñé definitivamente mi niñez para comprar ropa en los grandes almacenes de la adolescencia. Aprendí a fumar leyendo a Machado porque había que estar al día con lo que tocaba y con la pizarra. Por la noche, al llegar a casa, me sorprendía ordenando el clasificador de apuntes y el de hormonas, la música de un muchacho de pantalón vaquero ajustado y pañuelo rojo en el bolsillo trasero… Tres décadas más tarde, en uno de esos domingos en los que los pájaros lloran, necesité su Cover me como el campo al agua de mayo, regresar a las aulas de un instituto, pretender las mariposas y las palabras, hacer virgen al desconsuelo, desear un cuerpo desnudo en la ventana de la siesta, “come on, baby, cover me” … porque había perdido al hombre de la sonrisa más bonita del mundo y precisaba volver a los diecisiete, recoger en una coleta la rebeldía de una pizarra, escribir a tiza los números hasta el cien, desempeñar el tiempo de mis caderas para ser lectora de ese amor que musita a las puertas de un instituto.

“Come on, baby, cover me”…

El lenguaje secreto de una tregua

En la edad de la noche, en el té preparado por la luna con la yerbabuena de un chamizo, el calor sujetaba las cinturas con las manos pequeñas. Había en la penumbra de una triste bombilla una música lenta y un reloj que parado entre las piernas aceleraba el pulso. Los pecados menores distraían las sombras de la noche en las paredes de húmedo salagón y entre el olor a vino con azúcar, a clarete mezclado con limón y canela, los labios sonrosados sonreían a espaldas del cansancio o del amanecer que llegaría con los ojos del campo. A lo lejos se oía el rumor de los besos sobre sacos de paja, el estertor oculto de cuerpos que inocentes desnudaban el miedo; y en un rincón discreto, sentado en el vacío, cabizbajo, se escuchaba el ronco corazón de quien llevaba unas copas de más y el nudo de la soledad a la garganta. El radio de un número de pie marcaba la silueta de una circunferencia que mecía dos cuerpos, una pista de baile que escuchaba la orquesta de una piel y obedecía al aire mientras se dilataban las pupilas para guardar un rostro en la memoria. En las estrictas calles principales que fuera de aquel cuarto encubierto por la mejilla gris de una cortina seguían con la fiesta, los hombros de los hombres descansaban por fin de las tareas y acomodaban tercos las costumbres en mujeres decentes de espaldas de mantilla y de ombligos sedados. Pero había otro tiempo en las casas de pobres, en las calles estrechas donde el hambre hizo amor de estómago y fresquera de sueños. Allí el amanecer era mendigo y las puertas platillos sin monedas y el invierno lector y la fiesta una tregua…Tras los biombos de lona de la sabiduría del esfuerzo, el consuelo del baile provocaba una extraña dulzura, una liviana carga de conciencia que dejaría caer sobre la almohada de los días siguientes el sabor agridulce de lo desconocido. Porque a amar se aprendía con las alforjas puestas, con las últimas tardes del tempero que apuraban la siembra de las manos, con los surcos cautivos de quien jamás podría salir de la miseria. Las cerezas marcaban el ritmo del verano; tempranas o tardías derramaban despacio su sabor en el plato de un tocadiscos y una generación que aún no preguntaba fue acortando las faldas al deseo y la soberbia a una dictadura; su rebelde sigilo me ofreció a mí un tempero a la medida de un libro, la siembra en un pupitre y el apocado rostro de un invierno lector se convirtió en la realidad de una pizarra. Mi baile ya tenía permiso para amar aunque aún desconociera el lenguaje secreto de una tregua…

Livingstone

Cuando el atardecer era de seda, la bodega vestía con un mantel de cuadros el cuerpo de una mesa de roble. El olor a escabeche me llevaba a salir de mi escondite, de un lago donde el agua se teñía en octubre del color granate del sueño, de un rincón donde tú y yo vendimiamos sin pausa nuestro otoño. Los sarmientos, en la calle, se envolvían en fuego; y periódicos viejos aseaban con mimo las parrillas donde las chuletas se convertían en manjar. El humo, delirante, difuminaba el valle y el salero en mis manos esperaba la orden de mi padre, aquella puesta en blanco que aderezaba la entrada de la noche. La voz mansa del río te traía despacio a mi memoria con tu atuendo viajero, explorador de mundos existentes que a mí me parecían tan lejanos, un Livingstone hurgando sin saberlo en el territorio de mis recuerdos. A tiempo paseaban los porrones en busca de otra cena, a tiempo el rojo intenso de un tomate era la propia vida, a tiempo la cebolla hacía escarcha y el tierno corazón de una lechuga era esperanza para el hambre. Para no levantar sospechas, yo me sentaba cerca de la fuente ovalada y transparente que contenía la carne, lejos del banco donde descubriste las cataratas de mi alma y mi boca, a cierta distancia de los ojos profundos de mi madre. Todavía el desorden de lo que no se entiende oprimía mi pecho en su costumbre de alargar los minutos y en el postre palidecían todos mis órganos y tu ausencia se alojaba en mi estómago; igual que las cenizas que guardaban el rojo incandescente del tacto de las vides, así te presentabas de repente, bajo mi frente herida, haciendo imprescindible aquella forma extraña de quererte y el lago y las chuletas; y el río y su remanso; y el banco encadenado a una sospecha…

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