que uno se puede marchar del cine,
o cerrar el libro y devolverlo
a la estantería, o dejar
de llorar. El borracho
de la Avenida 22 quiere recuperar
su voz. Nadie sabe cuánto
tiempo ha estado en silencio ni cómo
prestar atención cuando pregunta
a la pared agrietada de ladrillo: ¿ es
la an-ti-ci-pa-ción o el acto?
Quiero saber por qué me lleno
de tanto amor
sólo a veces. Las plantas
de la escalera de incendios salpican
el callejón de geometrías
con las que alguien más inteligente
haría correspondencias algebraicas.
Se ha puesto el sol. El chico
está muerto. Su amigo no ha empezado
a dejar de echarle de menos.
This morning’s news will note nothing
about your death, how a glass broke
from the ricochet in your chest. No soil
scent of what you will become will rub
off on my fingers. No report of nights
you slept on my floor, of the heat
those days we drank ourselves dumb,
of the billiard balls clacking and thumbing
soft along the bumpers. Of you nothing remains
but my selfish wishes, but me saying your name
forty-four times today. Yesterday I had forgotten
we were friends. And tomorrow—I know
who I am, who I’ve now become—and tomorrow,
of this I’m certain, or days after, I will forget again.
El noticiario de la mañana no dirá nada
de tu muerte, ni de cómo se quebró un cristal
al rebotar en tu pecho. No impregnará
mis dedos el olor a tierra
en que te vas a convertir. Ni habrá registro de las noches
en que dormiste en el suelo de mi casa, del calor
de los días en que bebíamos hasta ponernos ciegos,
de las bolas de billar chocando y rodando
suavemente por la mesa. De ti nada queda
salvo mi deseo egoísta, salvo mi voz diciendo tu nombre
cuarenta y cuatro veces hoy. Ayer había olvidado
que éramos amigos. Y mañana –sé
quién soy, en quién me he convertido ahora– y mañana,
lo sé, y en adelante, lo volveré a olvidar.
There is a light I love, I loved
in the house where I was born.
Inside the door the foyer filled
with slanted light shimmering
cascades of particulates pooled
there, then burst, billowed,
and flowed through as if
having somewhere to go,
to fall a thousand miles more
or get out of town as I would
later, though I didn’t know why
then bathing there in the churning
dust that tossed and stirred, stewed
by that light and heat into a form
like a body’s embrace unfolding
upon me, holding me, emboldened
child inside the vigor of that space,
pulling out some courage to step
into that seething and dance
in the hands of dust. My hands
wove through it, cupped and
touched it. We embraced. I learned
what part of light I can become
floating, twirling, how
to step above the floor,
then out, then further out.
Hay una luz que amo, que amaba
en la casa donde nací.
Tras la puerta se inundaba el zaguán
de luz oblicua que brillaba en
cascadas de partículas que allí
se remansaban, luego estallaban, se inflaban
y avanzaban flotando como si
tuvieran un sitio a donde ir,
donde caer a kilómetros de distancia
o salir de la ciudad como yo mismo
haría después, aunque no supe por qué
bañado allí entonces en el polvo
revuelto que formaba remolinos, bullendo
en esa luz y calor hasta formar
el abrazo de un cuerpo que se abriera
sobre mí y me rodeara, un niño
alentado por la fuerza de ese espacio,
armado de valor para entrar
en ese borboteo y ese baile
en manos del polvo. Mis manos
entretejidas en él, tomándolo
y tocándolo. Abrazados. Aprendí
en qué parte de la luz me convierto
al flotar y al girar, cómo
me elevo desde el suelo,
y salgo, y sigo más allá.
Cloud Study—A Grammar of Grackles
A half thousand punctuations
flap through this late October
morning. They quotation mark
the clouds, the clouds mimic them.
Negative space that does nothing
but deepen the space around them.
Like crows north of here, dawn
raises a curling wave of them,
a wave toward the sun’s shore, or the far edge
of this town, at least. They wash over
trees, over sparrows and broken kites quaking
awake this morning on the power lines.
No children walking to school yet.
No laughter. But theirs, like metal
slipping on metal in the mechanic’s
garage. Grackle, a color
darkened by desert light,
by cold. Rain turns black under them flying.
Mornings they don’t punctuate the ground
but edit from above. Their eyes
dark moving within dark. A shine
there pulling in what is lighter.
They will outlast us who live here
growing their burrs and knots
fragmenting the sky. They are
always in front of a brighter day.
Each tree they leave floats in their wake,
joined to the earth by shared roots.
Estudio de nubes: gramática de zanates
Medio millar de signos de puntuación
aletea esta mañana de finales
de octubre. Entrecomillan
a las nubes, las nubes los imitan.
Espacio negativo que no hace
sino agrandar el espacio entre ellas.
Como los cuervos al norte de aquí, el alba
eleva la onda enroscada que forman,
una onda hacia la orilla del sol, o el extremo
de esta ciudad, al menos. Anegan
los árboles, gorriones y cometas rotas despertando
con graznidos a esta mañana sobre el tendido eléctrico.
Todavía no van los niños al colegio.
No hay risas. Salvo las de ellos, cual metal
resbalando sobre metal en el taller
de coches. Zanate, el color
oscurecido por la luz del desierto,
por el frío. La lluvia ennegrece bajo su vuelo.
Por las mañanas no dejan marca en el suelo
sino que puntúan desde lo alto. Sus ojos
oscuros se mueven en la oscuridad. Un brillo
ahí extrae algo de luz.
Nos sobrevivirán a quienes aquí vivimos
con su zumbar y sus nudos
que fragmentan el cielo. Siempre están
ante un día más luminoso.
Cada árbol que dejan flota en su estela,
unido a la tierra por raíces compartidas.
One Reason For Your Silence
No matter how hard I listen, I can’t hear my wife’s
voice. She lost it outside of town—west of there,
where trains stack up their great barreling chests
and smoke, and the wind whips grass and dust
scatters and fades into some older incarnation.
Once a Polish man told me about his rooms in exile
in a far corner of this country, their proximity
to the noisiest people in the world. Each night
when he sat to his solitary dinner and his books,
the noise of the earth would gather outside
the opposite wall he shared, guiltily. Even the fork
clink scraping across his plate left him. And his
breathing. Once he put his fingers in his ears
as if he were a child swimming inside a summer
pool alone with gaping fish and the song of his hands
through water, the dense thrum of pressure clinging
to him. Even the memory of his stretching chest
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