Marco Lupis - Entrevistas Del Siglo Corto
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- Название:Entrevistas Del Siglo Corto
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- ISBN:978-8-87-304410-9
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Hoy sabemos cómo terminó la primera ronda, la decisiva: los cincuenta mil soldados que fueron enviados con sus vehÃculos blindados ganaron la marea de la revuelta. ¿Y Marcos? ¿Cuál fue el final del hombre que de alguna manera habÃa revivido la leyenda de Emiliano Zapata, el héroe de la revolución mexicana de 1910?
*****
7 pm, Hotel Flamboyant: nuestro contacto llega a tiempo. Se llama Antonio, es un periodista mexicano que en la Selva subió no una, sino diez, veinte veces. Por supuesto, ahora no es como hace un año, cuando Marcos estaba relativamente tranquilo con su familia en el pequeño pueblo de Guadalupe Tepeyac, cerca de la Selva, armado con un teléfono móvil, computadora, conexión a Internet, preparado para recibir los enviados de tv americana. Hoy nada ha cambiado para los indios, pero para Marcos y su gente todo ha cambiado: después de la última ofensiva del gobierno, los lÃderes zapatistas realmente tuvieron que esconderse en la montaña. No hay teléfonos allÃ, no hay electricidad. Ni caminos: nada.
El colectivo (como llaman a estos extraños microbuses de taxi) corre rápido entre las curvas cerradas de la noche. En el interior hay un olor a sudor y tela húmeda. Se tarda dos horas para llegar a Ocosingo, un pueblo a las puertas de la selva. En las animadas calles, las niñas con largo cabello negro y rasgos indios se rÃen. Y tantos soldados, en todas partes. Las habitaciones del único hotel no tienen ventanas, sólo una rejilla en la puerta. Parece estar en una cárcel. En las noticias de la radio: "Hoy el padre de Marcos ha declarado: mi hijo, el profesor universitario Rafael Sebastián Guillen Vicente, 38 años, nacido en Tampico, es el subcomandante Marcos".
A la mañana siguiente tenemos un nuevo guÃa. Se llama Porfirio. Ãl también es indio.
A bordo de su camión, se necesitan casi siete horas de baches y polvo para llegar a Lacandon, el último pueblo. Ahà termina el camino de tierra. Y comienza la Selva. No llueve, pero el barro aún llega a las rodillas. Se duerme en algunas barracas en la jungla, a lo largo del trayecto. Después de dos dÃas de marcha apretada y agotadora, en la inhóspita jungla, sofocada por la humedad, llegamos a la aldea. La comunidad se llama Giardin ; estamos en el área de Montes Azules . Casi doscientas personas viven allÃ. Todos viejos, niños y mujeres. Los hombres están en guerra. Nos recibieron bien. Pocas personas saben español. Todos hablan tzeltal, el dialecto maya. "¿Encontraremos a Marcos?" Preguntamos. "Puede darse", dice Porfirio.
A las tres de la mañana nos despertamos con cuidado: debemos irnos, no hay luna, sino muchas estrellas, a media hora de marcha para llegar a una cabaña. En el interior puedes sentir la presencia de tres hombres. Es todo negro, como sus pasamontañas. En el retrato provisto por el gobierno, Marcos es un profesor graduado en filosofÃa con una tesis sobre Althusser y una especialización al Sorbona de ParÃs. Ahora, para romper el silencio en la cabaña, llega una voz en francés: "Tenemos solo veinte minutos. Prefiero hablar en español, si no hay problemas. Soy el subcomandante Marcos. Es mejor no usar la grabadora porque si la grabación fue interceptada, serÃa un problema para todos, en primer lugar para usted. Aunque oficialmente estamos en un momento de tregua, en realidad me están buscando en todos los sentidos. Pregúntame lo que quieras".
¿Por qué se hace llamar subcomandante?
Dicen de mÃ: "Marcos es el jefe". No es verdad Los lÃderes son ellos, el pueblo zapatista, solo tengo funciones de responsabilidad militar. Me instruyeron para hablar porque sé español. Mis compañeros hablan a través de mÃ. Solo obedezco
Diez años de clandestinidad son muchos... ¿Cómo vives en la montaña?
Leo. De los doce libros que traje conmigo en la Selva, uno es el Canto General , de Pablo Neruda. Otro es el de Don Quijote ...
Y ¿entonces?
Y luego los dÃas, los años pasan en nuestra lucha. Ver la misma pobreza todos los dÃas, la misma injusticia... No puedes quedarte aquà sin el deseo de luchar, cambiar, aumentar. A menos que seas un cÃnico o un hijo de puta. Luego están las cosas que los periodistas generalmente no me preguntan. Y es que aquà en la Selva, a veces, debemos comer ratones y beber la orina de los compañeros para no morir de sed en largas transferencias... todo acá.
¿Qué falta? ¿Qué ha dejado?
Me falta el azúcar. Y un par de medias secas. Siempre mantener los pies mojados, dÃa y noche, en el frÃo, es algo que no deseo para nadie. Y luego el azúcar: es lo único que la Selva no te da, tienes que hacer que venga de lejos, para la fatiga fÃsica serÃa necesario. Para aquellos de nosotros que venimos de la ciudad, ciertos recuerdos son una especie de masoquismo. Repetimos: "¿Recuerdas los helados de Coyoacán? ¿Y los tacos de la División del Norte? Recuerdos. Aquà si se captura un faisán u otro animal hace falta esperar tres o cuatro horas para que esté listo, Y si la tropa está desesperada por el hambre y lo come crudo, al dÃa siguiente es diarrea para todos. Aquà la vida es diferente, todo se ve de otra forma... Ah, sÃ, me preguntó qué dejé en la ciudad. Un boleto para el metro, una montaña de libros, un cuaderno lleno de poesÃa... y algunos amigos. No muchos, algunos.
¿Cuándo mostrará su cara?
No lo sé. Creo que nuestro pasa-montañas también tiene un significado ideológico positivo, corresponde a la concepción de nuestra revolución, que no es individual, que no tiene cabeza. Todos somos Marcos con el pasa-montañas.
Pero para el gobierno, ella esconde su rostro porque tiene algo que esconder...
Esos no entendieron nada. Pero el verdadero problema no es ni siquiera el gobierno, sino las fuerzas reaccionarias de Chiapas, los agricultores y los terratenientes de la zona, con sus "guardias blancas" privadas. No creo que haya mucha diferencia entre la actitud racista tradicional de un hombre blanco de Sudáfrica contra un hombre negro y la de un terrateniente de Chiapas en comparación con un indio. Aquà la esperanza de vida para un indio es de 50-60 años para los hombres y 45-50 para las mujeres.
¿Y los niños?
La mortalidad infantil es muy alta. Ahora también le cuento la historia de Paticha. Una vez, hace algún tiempo, al pasar de un área de la Selva a otra, pasamos por una pequeña comunidad, muy pobre, donde un camarada zapatista siempre nos recibÃa con una niña de tres a cuatro años. Llamaron a Patricia, pero su nombre lo pronunció como "Paticha". Le pregunté qué querÃa hacer cuando fuera grande, y ella siempre me respondió: "la guerrilla". Una noche la encontramos con fiebre alta. No tenÃamos antibióticos y habrá tenido cuarenta o más fiebre. La ropa mojada se secó sobre ella como una estufa. Ella murió en mis brazos. Patricia no tenÃa un certificado de nacimiento. Y no tenÃa uno de muerte. Para México nunca existió, ni siquiera su muerte ha existido alguna vez. AquÃ, esta es la realidad de los Indios de Chiapas.
El Movimiento Zapatista ha socavado todo el sistema polÃtico mexicano, pero no ha ganado.
México necesita democracia y personas por encima de las partes que la garanticen. Si nuestra lucha fuera útil a alcanzar este objetivo, no habrá sido una lucha vana. Pero el ejército Zapatista no se convertirá nunca en un partido polÃtico. Desaparecerá. Y el dÃa en que esto suceda significará que tendremos democracia.
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