Lisa Jackson - La magia del deseo

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En otro tiempo, Savannah Beaumont había amado a Travis McCord con todo su corazón. Y una noche de verano, durante su adolescencia, había llegado a creer que él también la amaba. Pero al amanecer se había impuesto la verdad: Travis se había marchado y ella se había sentido como una tonta. Nueve años después, ella seguía diciéndose a sí misma que odiaba a Travis.
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?

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– Páseme con… con la persona encargada del rancho.

– Está hablando con ella. Yo me ocupo del negocio en ausencia de Wade y de mi padre.

– ¿Su padre?

– Sí, soy Savannah Beaumont -recostándose en su sillón, abandonadas las gafas de lectura, se preparó para lo peor. Seguro que se trataba de una mala noticia- Y ahora… ¿quiere decirme en qué puedo ayudarlo?

– Eh, bueno -vaciló-. Se trata de un asunto relacionado con Travis McCord.

– ¿Qué le pasa? -inquirió, tensa.

– Ha surgido un pequeño problema.

El pulso le latía aceleradamente. Gotas de sudor empezaron a perlarle la frente. Un problema. Era la segunda vez que escuchaba esa palabra en relación con Travis.

– ¿Qué tipo de problema?

Henderson eludió la pregunta.

– Bueno, precisamente por eso quería hablar con Wade.

Savannah frunció el ceño. Travis y Wade nunca se habían llevado bien. Y Henderson se había encontrado con Wade en Hollywood Park…

– Como le he dicho, el señor Benson se encuentra ausente y no volverá hasta la semana que viene, dos días antes de Navidad. Sin embargo, si a Travis le ocurre algo, me gustaría saber de qué se trata.

– Mire, señorita Beaumont…

– Savannah.

– Sí, bueno, Savannah entonces. No quiero preocuparla, pero Travis… Travis, bueno, no se encuentra bien.

– ¿Qué quiere decir? -el corazón por poco dejó de latirle-. ¿Es que ha sufrido un accidente?

– No. No…

«¡Gracias a Dios!», exclamó ella para sus adentros.

– … pero, bueno, para ser franco, Travis está deprimido. Ha perdido todo interés por el trabajo, no se pasa por el bufete, se niega a reunirse conmigo… Y los planes de presentarse a gobernador de aquí a un par de años… los ha tirado por la borda. Ya no está interesado. Ni en eso ni en nada -una vez que se hubo soltado, Henderson hablaba de corrido, sin titubeos-. Probablemente sabrá que no es el mismo desde la muerte de su esposa, pero yo confiaba en que se recuperaría. Cuando Melinda falleció, se sumergió en su trabajo, sobre todo con el caso Eldridge. Pero ahora que el caso está cerrado, parece que ha perdido también todo deseo de vivir. Yo diría que es un hombre… acabado.

Savannah intentaba pensar con claridad, pero sus preocupaciones estaban centradas en Travis, el hombre al que debería odiar, y sin embargo…

– No lo entiendo. Han pasado más de seis meses desde el fallecimiento de Melinda…

– Lo sé, lo sé -suspiró-. Al principio pareció superarlo, obsesionándose con el caso Eldridge. Pero una vez que ganó el caso y consiguió toda esa publicidad… Bueno, también se habló de sus aspiraciones a convertirse en gobernador, pero sospecho que todo eso ha quedado en nada. Ha llegado a un punto en que ya ni se molesta en aparecer por el bufete. Hasta ahora yo le he estado cubriendo las espaldas, pero no sé durante cuánto tiempo más podré hacerlo. Y con todos esos rumores que corren sobre sus aspiraciones a gobernador… No creo que nosotros podamos seguir escondiendo la situación.

– ¿Nosotros? -repitió ella.

– Wade y yo.

– ¿Qué tiene que ver Wade con todo esto?

– Wade y su padre quieren que Travis se presente a gobernador… ¿No lo sabía?

– Algo había oído -admitió, sarcástica.

– Bueno, pues ése era precisamente el motivo de mi llamada. Travis vino a verme la otra noche, me dijo que disolvía nuestra sociedad, que me vendería su parte del negocio y que se marchaba hoy mismo para San Francisco, a mediodía. Al principio creí que estaba bromeando, pero cuando durante los dos últimos días no ha aparecido por el bufete ni respondido a mis llamadas así que, bueno… ¡debo suponer hablaba en serio!

– ¿Le dijo por qué quería hacer todo eso?

– No, la verdad es que no. Sólo me comentó que iba a subir al rancho Beaumont. Que quería hablar con Wade y con Reginald. Me pidió que le dijera a Wade que fuera a recogerlo al aeropuerto.

Savannah miró el reloj de pared del despacho. Eran más de las once.

– ¿A qué hora llega?

– Creo que a la una y media. Sí. El vuelo número sesenta y siete de United. ¿Podrá encargarse usted de que alguien vaya a recogerlo?

– Por supuesto.

– ¿Y se pondrá en contacto con Wade?

– Se lo diré a su esposa, mi hermana Charmaine. Se supone que esta noche tenía que llamar. Charmaine le transmitirá el recado de que usted necesita hablar con él.

Oyó un suspiro al otro lado de la línea.

– Gracias, señorita Beaumont -dijo Henderson antes de colgar.

Savannah se quedó pensativa por un momento. Muchos de los trabajadores y mozos de cuadra se hallaban fuera, y con Reginald y Wade ausentes, prácticamente no había nadie en el rancho. No podía permitirse enviar a alguien al aeropuerto.

– Le sentaría bien venir andando -masculló. Parte de su antigua amargura hacia Travis parecía haber aflorado a la superficie-, pero supongo que tendré que ir a buscarlo yo.

Recogió su bolso, salió del despacho y atravesó el vestíbulo, donde descolgó su abrigo del perchero. Así que Travis había vuelto a casa. Pero ¿por qué y por cuánto tiempo? Y ¿hasta qué punto la versión de Willis Henderson sería cierta?

Abandonó el edificio de estilo colonial. Caía una lluvia fría y tuvo que subirse el cuello del abrigo. Casi corriendo, bajó por el sendero que llevaba al garaje y subió luego al apartamento situado justo encima, que su hermana había convertido en taller de cerámica.

Tuvo que sobreponerse al nudo que le cerraba el estómago cada vez que subía allí: le traía demasiados recuerdos. Llamó a la puerta antes de entrar. Charmaine estaba torneando una cerámica. Alzó la mirada de su obra y empezó a frenar el torno manual. La forma ondulante fue perdiendo velocidad para terminar convertida en una informe masa de barro gris.

– Perdona -se disculpó Savannah, señalando nerviosa el trabajo de Charmaine. Detestaba subir a aquel apartamento.

– No importa. No me estaba saliendo nada especial. Dios mío, ¡estás empapada!

– Sólo un poco -se enjugó las gotas de lluvia de la cara, intentando olvidar que aquel apartamento había pertenecido antaño a Travis.

– ¿«Un poco» empapada?

– Mira, salgo ahora mismo para el aeropuerto. ¿Puedes echarle un vistazo a mamá?

Charmaine esbozó una mueca mientras contemplaba su pieza inacabada.

– Supongo que sí -se limpió las manos con un trapo y se levantó del banco del torno-. De todas firmas tenía que salir para esperar el autobús de Josh. ¿Qué pasa? ¿Para qué tienes que ir al aeropuerto?

– Para recoger a Travis.

– ¿Qué? ¿Travis va a venir?

– Eso parece. Al menos es lo que su socio, Henderson, acaba de decirme hace unos minutos. El avión llega a San Francisco a la una y media, así que debo darme prisa. Si Wade llama, dile que telefonee a Henderson o, mejor todavía, dile que le devuelva la llamada esta noche, una vez que haya llegado Travis.

Charmaine miró a su hermana con expresión pensativa.

– ¿Por qué volverá Travis al rancho? ¿Por qué ahora?

– No lo sé. Pero creo que deberíamos contarle lo de mamá, avisarle. Se enfadará cuando descubra que durante todo este tiempo ha estado enferma y no le hemos dicho nada.

Su hermana no pudo menos que mostrarse de acuerdo con ella.

– Buena suerte. La vas a necesitar. ¿Crees que a lo mejor se ha enterado de lo de mamá y ha vuelto por eso?

Savannah tenía demasiada prisa para quedarse a charlar y hacer conjeturas. Y Travis siempre despertaba en ella una serie de sentimientos que no tenía ninguna gana de analizar. Aunque su hostilidad hacia él había menguado con el paso del tiempo, seguía de alguna forma latente, bullendo bajo la superficie. Por mucho que detestara admitirlo.

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