– Vaya, estáis en casa -dijo, pasándose las manos por el pelo.
– Sí, y tú también -replicó Will.
Un instante después, aparecía Eric al lado de Sorcha, sonriendo avergonzado. También él tenía el pelo revuelto, una clara señal de lo que habían estado haciendo en el sofá. Claire se volvió hacia Will y éste arrugó la nariz.
– Creía que te habrías ido -dijo Claire, concentrándose en su ex prometido.
– Me gusta estar aquí -respondió Eric, sonriendo a Sorcha-. He pensado que necesitaba unas vacaciones.
Claire se aclaró la garganta, estupefacta ante la escena que tenía ante ella.
– Pero… ¿no tienes que volver al trabajo?
– Siempre he estado demasiado obsesionado por el trabajo. Y me gustaría disculparme por ello. Claire. Sé lo difícil que tiene que haber sido para ti vivir conmigo. Pero creo que en esa época no supe ordenar mis prioridades.
– ¿En esa época? -preguntó Claire-. Eric, sólo ha pasado una semana desde entonces. Viniste aquí hace tres días decidido a hacerme volver y ahora, de pronto, eres tu el que no quiere marcharse.
– En la vida hay más cosas que el trabajo, ¿verdad, Will?
– Sí, yo siempre lo he pensado -contestó Will con desgana.
– Ya basta -exclamó Claire-. Eric, esto no es propio de ti. No puedes dejar ese trabajo. No sé lo que está pasando aquí, pero tienes que volver a Nueva York inmediatamente.
– Sorcha cree que debería quedarme.
– Es cierto -intervino Sorcha-. Le gusta estar aquí, y tiene muchas ideas sobre cómo aumentar el turismo en la isla.
Claire gimió, se llevó las manos a la cabeza y se volvió hacia Eric.
– ¿Has dejado que Sorcha te convenza? ¿Te ha dado algo de comer o de beber? Sorcha es una bruja. Eric. No sabe nada sobre el mundo de la publicidad, sobre lo importante que es tomar las decisiones adecuadas para sacar adelante una carrera. No lo estropees todo, Eric.
– Relájate -le aconsejó Eric.
– No, no voy a relajarme. Vas a volver a Nueva York mañana mismo. ¿Dónde tienes el billete? Voy a llamar ahora mismo a tu compañía aérea.
– Pero si me gusta estar aquí. La gente es muy simpática.
– ¡Te gusta estar aquí porque no eres capaz de pensar con claridad! Esto es una isla. Eric, aquí no tienes ni gimnasio, ni Starbucks, ni un lugar en el que comprarte zapatos italianos. No sobrevivirías aquí ni una semana.
– He cambiado.
– ¿Qué le has hecho? -le preguntó Claire a Sorcha.
– A mí no me mires.
– Has sido tú la que le has hechizado.
– Pero sólo porque Will me pidió que lo hiciera.
– ¡Eso no es cierto! -exclamó Will, y miró a Claire-. No es verdad, te lo juro. Le pedí que le mantuviera ocupado. Y hay una gran diferencia entre llevárselo a dar una vuelta por la isla y besuquearlo en mi sofá. ¡Yo sólo quería poder pasar más tiempo contigo!
Eric alzó la mano y se sentó.
– Un momento, ¿vosotros estáis…?
– Eso no es asunto tuyo -le espetó Claire-. Y ahora dime, ¿en qué habitación estás? -se volvió hacia Will-. ¿En qué habitación está?
– En la seis -respondió Will.
Claire se dirigió a recepción a grandes zancadas y tomó la llave de la habitación.
– Voy a subir a hacerte las maletas y después intentaré conseguir un vuelo en el que podamos irnos los dos.
Y sin más, dio media vuelta y se dirigió hacia las escaleras. Para cuando llegó a su habitación, tenía el pleno convencimiento de que había tomado la decisión correcta. Tenía que volver con Eric a Nueva York, aceptar un trabajo en su agencia y comenzar una nueva vida. Y en sólo unos meses, sus vacaciones en Irlanda y aventura con Will Donovan no serían nada más que un recuerdo agradable.
Localizó la habitación de Eric, abrió la puerta y fijó la mirada en las sábanas revueltas. El sujetador de Sorcha colgaba de uno de los postes de la cama. Pensó que debería estar enfadada, o celosa, o sentir algo. El hombre con el que había estado durmiendo hasta hacía una semana había estado en la cama con otra mujer. Pero no sentía nada, más allá de una ligera irritación.
Con un suave juramento, entró en la habitación, agarró una bolsa de viaje y comenzó a guardar cosas.
– ¿Qué estás haciendo?
Claire cerró los ojos al oír la voz de Will.
– Estoy haciéndole las maletas. Se va. Y yo no debería haberme ido contigo. Debería haberme asegurado de que regresara a Nueva York.
– Eso no es justo. No puedes culparte a ti misma.
– ¿A quién debería culpar entonces? ¿A ti?
– Es un hombre adulto. ¡Puede hacer lo que le apetezca!
– Se irá a Nueva York. En esta isla no duraría ni una semana.
– ¿Y tú te vas a ir con él?
– Me temo que es la única forma de conseguir que se suba en ese avión -replicó Claire. Metió una camisa doblada en la bolsa y se volvió hacia Will-. ¿En qué estabas pensando cuando le pediste a Sorcha que se ocupara de él?
– Ya te lo he dicho. Quería que le distrajera.
– Que le sedujera, querrás decir -musitó Claire, mirando con expresión asesina el sujetador de Sorcha.
– ¿Y qué? -replicó Will-. ¿Qué tiene eso de malo? Quería tenerte para mí solo durante unos días y pensé que Sorcha era la persona más adecuada para ocuparse de Eric. Sé que no puedo ofrecerle lo que quieres. Claire. Podría ofrecerte mucho más, pero no sé si eso te haría cambiar de opinión. Dios mío, antes tenía todo lo que cualquier mujer podía desear, pero no quería a ninguna de las mujeres que lo querían. Y ahora no tengo nada que tú puedas querer, pero te quiero a ti.
– Se suponía que lo nuestro no iba a durar. Los dos estuvimos de acuerdo en eso, ¿recuerdas?
– Sí, pero necesitaba prolongarlo todo lo que pudiera, y por eso llamé a Sorcha.
– Quizá haya sido mejor así. Si no hubiera tenido una buena razón para irme, es posible que me hubiera quedado. Pero no quiero ser la responsable de que Eric eche a perder su vida profesional por culpa de esa… bruja.
– ¿Y qué me dices sobre todas las razones que tienes para quedarte?
– Esas son las mismas razones por las que volveré. Esto no quiere decir que todo vaya a terminar entre nosotros. Podemos volver a vernos.
– Sí, claro -dijo Will, asintiendo.
Claire encontró el billete de Eric en el bolsillo interior de su chaqueta y se lo tendió a Will.
– Mi billete está en la repisa de la chimenea de mi habitación. Los dos viajamos con la misma compañía. ¿Puedes llamar para ver si podemos salir mañana a primera hora?
– ¿Vas a volver a Chicago o te vas con Eric a Nueva York?
Claire pensó durante largo rato su respuesta.
– A Nueva York. En realidad, el vuelo llega a Newark, así que bastará con que digas que vamos allí.
Will le quitó el billete, salió y cerró la puerta tras él sin decir palabra. Claire inclinó la cabeza y suspiró. Lo único que le quedaba por hacer era convencerse a sí misma de que había tomado la decisión correcta.
Will se sirvió un vaso de whisky, se inclinó hacia delante y posó los antebrazos en la mesa. Estaba llegando el día que tanto había temido y no podía hacer nada para evitarlo. Había hecho lo que Claire le había pedido y había llamado a la compañía aérea. Claire y Eric tomarían el avión en Shannon a las diez de la mañana del día siguiente. Tendrían que marcharse en el primer ferry, de modo que sólo le quedaban doce horas para estar con ella.
Claire se marcharía al día siguiente y él volvería a la vida de la que disfrutaba antes de que aquella mujer se hubiera presentado en su puerta. Recordó aquella noche, y también la innegable atracción que había experimentado en cuanto había puesto sus ojos en ella. No había hecho nada para resistirse a aquella atracción, y en ese momento estaba pagando el precio de no haberlo hecho.
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