– ¿Y qué crees que podemos hacer para que sea más divertido?
– Mmm, se me ocurren muchas ideas -se inclinó como si fuera a susurrarle algo al oído, pero lo que hizo fue mordisquearle la oreja-. Y te prometo que vamos a divertirnos.
El ferry llegó hasta el puerto de Fermoy, un pueblo situado en la península de Dingle. Para cuando salían del ferry en el coche, ya era casi de noche.
– Me temo que no vas a poder disfrutar del paisaje durante el camino, pero te prometo ensenarte mañana los rincones más bonitos de la península.
– La verdad es que tampoco le presté mucha atención al paisaje cuando llegué. Estaba agotada. ¿Adónde vamos, exactamente?
– No muy lejos.
– Estoy muerta de hambre. No he querido bajar a almorzar, así que no he comido nada en todo el día.
– Podremos cenar en cuanto lleguemos.
Will se conocía aquellas carreteras de memoria, sabía exactamente cómo llegar desde el ferry a Castlemaine y desde allí a una antigua casa de piedra situada junto al río Maine que todavía conservaba. Cuando llegaron a la zona del río, se alegró de ver que habían encendido las farolas.
– Es preciosa -exclamó Claire al verla.
– Me alegro de que te guste.
Aparcó el coche junto a la casa y se acercaron a la puerta principal. Will marcó su código personal en un teclado y, en cuanto la cerradura cedió, empujó la puerta. La casa llevaba tres meses cerrada, pero el encargado de atenderla había conseguido quitarle el frío encendiendo la chimenea del salón principal. A excepción del salón, el resto de las habitaciones del primer piso estaban vacías. Durante los años anteriores, Will había ido vendiendo los muebles a medida que había ido desprendiéndose de su antigua vida.
Claire miró a su alrededor con el ceño fruncido.
– ¿Vamos a quedamos aquí?
– Sí, ésta es mi casa. No es gran cosa, pero es acogedora y tenemos todo lo que necesitamos. En el segundo piso hay un dormitorio amueblado y la cocina está perfectamente equipada.
– ¿Esta casa es tuya? -Claire comenzó a recorrer lentamente las habitaciones, encendiendo luces a lo largo del camino.
Will se había comprado aquella casa cuando había ganado su primer millón. Y había gastado otro millón en restaurarla y amueblarla.
– ¿Vivías aquí? -le preguntó Claire.
– Y todavía vivo aquí de vez en cuando, cuando tengo que trabajar en Killarney. Antes estaba amueblada, pero he ido vendiendo los muebles poco a poco. El director comercial de mi empresa pensó que sería una buena inversión. Ahora alquilo la casa para fiestas, a veces para alguna boda. Los jardines son preciosos, dan directamente al río.
Claire alzó la mirada hacia la ararla de cristal del salón.
– Es muy raro, no te pega mucho. Will se echó a reír.
– Yo pensaba que era esto lo que quería -dijo-. Era como si necesitara demostrarle a todo el mundo el éxito que había tenido, demostrar que tenía dinero suficiente como para permitirme estos lujos. Pero cuando me mudé a esta casa, me pareció enorme, vacía. Era como una metáfora de mi vida.
– Pero habías triunfado.
– Creo que no se debería alcanzar tan pronto el éxito. Sólo tenía veinticinco años y nada me parecía real. Se supone que el dinero y las cosas que el dinero puede comprar deben hacerle a uno feliz. Pero yo estaba decepcionado, y no podía comprender por qué.
– ¿Ganaste todo ese dinero con un programa de ordenador? -Claire sonrió-. Annie Mulroony me lo contó. Decía que no era un cotilleo porque había aparecido en los periódicos.
– Un programa de ordenador, sí. Era un programa de reconocimiento facial capaz de convertir una fotografía en un rostro en tres dimensiones.
Claire continuó su recorrido por la cocina. Will abrió el refrigerador y comenzó a sacar cajas. Tal como había encargado, les habían llevado la cena de uno de los restaurantes favoritos de Will y habían metido en la nevera una de las botellas de champán de la bodega.
Will sacó la botella, buscó un par de copas en un armario y se acercó a la mesa de la cocina.
– La cena es de encargo -le dijo-, pero tenemos muy buen champán -descorchó la botella, llenó una copa para Claire y se la tendió.
– ¿Estamos completamente solos? -le preguntó ella.
– Completamente.
Claire se quitó la chaqueta, la dejó caer al suelo y se quitó también los zapatos. Will sintió la cálida corriente del deseo fluyendo por sus venas. Le gustaba estar con Claire en aquella casa, en su casa.
Él también se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de la silla.
– ¿Brindamos?
Claire asintió y Will alzó su copa y recitó un brindis irlandés.
– Por que se cumplan tus deseos -acercó su copa a la de Claire y bebió un sorbo de champán-. Si no te gusta el champán, puedo prepararle un martini.
Claire gimió.
– No volveré a tomarlo en mi vida. Aunque no fue tanto la bebida como el juego al que estábamos jugando. Siempre me tocaba beber a mí.
– ¿A qué estuvisteis jugando?
– A «yo nunca…». Es curioso, porque no debería haber perdido. Pero no dejaban de decir cosas que yo nunca había hecho, así que tenía que beber.
– En realidad no se juega así. Una persona dice algo que no ha hecho nunca, y si tú lo has hecho, entonces tienes que beber. Así es como se juega. Como cuando dijiste que nunca habías hecho el amor fuera de casa. Si yo lo hubiera hecho, habría tenido que beber.
– ¿Y lo habías hecho alguna vez?
– No. Si dejamos de lado la época de la adolescencia, la de ayer por la noche fue la primera vez.
– Curioso. Sería una buena forma de llegar a conocernos. Creo que deberíamos jugar.
– ¿Quieres que juguemos ahora? No es bueno beber champán con el estómago vacío.
– Es igual. Empecemos -dijo Claire-. Yo nunca me he tirado en paracaídas.
– Yo tampoco, así que no tengo que beber. Yo nunca he subido a una montaña.
Claire frunció el ceno y bebió un sorbo.
– Eric me arrastró una vez hasta una montarla de Colorado. Me pareció insoportable. Yo nunca he estado en Francia.
Aquella vez fue Will el que bebió.
– Yo nunca… he conocido a una mujer tan guapa como tú.
Claire se echó a reír.
– Muy gracioso. Si no bebo, pareceré una creída, y si bebo, parecerá que no me creo guapa.
– Eres muy guapa.
– Pero conozco muchas mujeres que son mucho más guapas que yo. Creo que voy a tener que beber -bebió un largo sorbo y sonrió.
– Yo no -dijo Will, bebiendo también-. No conozco a ninguna mujer más guapa que tú.
Claire le sonrió y Will sintió que algo se transformaba en su interior. A veces tenía la sensación de que era imposible desearla más.
– Eso no era parte del juego, pero me gusta que me lo hayas dicho -Claire se interrumpió un instante para pensar su siguiente frase-. Yo nunca he hecho el amor en la cocina. He estado a punto, pero no he llegado a hacerlo.
– ¿Te refieres a ayer por la mañana? -Will arqueó una ceja y bebió un sorbo-. ¿Y qué tal yo nunca he lamido champán de los senos de una mujer?
Claire se llevó la mano a los labios con expresión de sorpresa.
– Yo tampoco -se agarró la camiseta por el dobladillo y se la subió lentamente-. ¿Por qué no le ponemos remedio ahora?
Cuando se subió a la mesa. Will no pudo evitar una carcajada. Claire se tumbó frente a él y arqueó la espalda. Will se inclinó sobre ella y le desabrochó el sujetador.
Entonces, Claire tomó una copa de champán y la derramó sobre sus senos y su vientre. Gimiendo suavemente. Will se inclino y comenzó a lamerla hasta que el champán desapareció.
– Para no haberlo hecho nunca -susurró Claire-, lo has hecho muy bien.
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