Jennifer Greene - Mi Bella Durmiente

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Maggie Fletcher podía recordarlo todo excepto lo ocurrido en las últimas veinticuatro horas. Menos mal que, por suerte para ella, el sheriff local Andy Gautier estaba en el caso. En la ciudad se decía que era capaz de llegar al fondo de cualquier asunto… o de cualquier persona.
Andy se había jurado a sí mismo que ayudaría a su bella durmiente a recuperar el día que había perdido. Pero le estaba costando mucho concentrarse en el trabajo…

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Pero a eso se le podía poner solución.

– Hablemos de tu trabajo -dijo con firmeza.

– Te parece un tema de conversación más seguro que las esposas y las fantasías de cada cual?

– Desde luego. En serio, me gustaría saber cómo es tu trabajo, qué te empujó a querer ser sheriff, qué clase de cosas haces en un día normal.

– Bueno… en cuanto a lo de qué me empujó… mi abuelo era francés. Se llamaba Raoul Gautier. Vino al oeste a luchar contra los indios, pero el plan se le fue al garete cuando se enamoró de una cheyenne que se llamaba Ciervo Veloz. Mucha gente no fue capaz de aceptar su matrimonio, lo cual lo indignó lo bastante como para hacerle cambiar de filosofía y decidió que merecía más la pena luchar por la paz que por la guerra, y ese rasgo de carácter ha llegado a ser una característica de todos los hombres de la familia. Mi abuelo llevaba placa, y mi padre también.

Maggie se acomodó con las piernas cruzadas sobre el sofá.

– Así que lo tuyo es tradición familiar. Es una idea sugerente… me refiero a lo de ser policía para luchar por la paz.

– No todo el mundo está de acuerdo. Mi ex mujer desde luego no lo estaba. Creo que ella se imaginaba que estar casada con un agente de la ley debía ser algo excitante, pero se encontró con que detestaba la vida en el campo. Pero para mí, un lugar como este es perfecto. Se puede ser mucho más flexible con la ley. Siendo tan pequeño como es, tienes la oportunidad de prevenir los problemas en lugar de tener que perseguirlos cuando ya es demasiado tarde para hacer otra cosa que limpiar los desperfectos a través de los tribunales.

Maggie aparcó el comentario sobre su ex mujer, ya que tenía la sensación de que no quería hablar sobre ese tema.

– No estoy segura de comprender qué quieres decir con eso de ser más flexible. ¿Es que la ley no es la ley? Lo que está bien, está bien, ¿no?

– Por supuesto. Pero los problemas de la gente no siempre encajan en esa dicotomía.

– ¿Por ejemplo?

– Bueno… -apuró su vaso y lo dejó sobre la mesa-. Mary Lee y Ed Bailey discuten cada dos meses. Ella le pega cuando se emborracha, y Ed nunca consigue comprender por qué sigue soportando una relación abusiva como esa. Lo que debería hacer es ir a uno de esos grupos de mujeres maltratadas, pero no me lo imagino haciéndolo, la verdad.

Su expresión hizo sonreír a Maggie.

– Tal y como tú lo cuentas parece gracioso, pero supongo que deber ser algo muy delicado.

– Es una de las características de este trabajo. Myrtle Tucker es otro caso. Tiene ciento tres años, pero no hay manera de convencerla de que no puede seguir viviendo sola. A la última trabajadora social que fue a verla para intentar persuadirla de que se mudase a una residencia, la recibió con una escopeta cargada. No tendría mucho sentido pro cesarla por ello, ¿no crees? Lo que he hecho es organizar a los vecinos para que por turnos se pasen a verla, y yo me acerco a su casa un par de veces a la semana.

– Cuéntame más.

Andy se rascó la barbilla.

– Bueno, hay un tipo…, mejor que no te dé su nombre. Su mujer le regaló un, mm… juguete de tipo sexual para su cumpleaños, acostó a los niños, apagó las luces y todo iba bien hasta… hasta que el juguete se atascó. La mujer intentó por todos los medios convencerlo de que acudieran al hospital, pero no hubo manera, así que decidieron llamarme a mí.

– Estás de broma, ¿no?

– Ni mucho menos. Ojalá -contestó, frotándose la nuca-. De todas formas, no todas las historias son así. Lo que intento decirte es que esta ciudad no es un nido de criminales; digamos que simplemente se necesita la presencia de un agente de la ley. Sólo somos necesarios un par de ayudantes a tiempo parcial, Mavis y John, y yo mismo. En caso de necesidad, si aparecen drogas o robos en serie, la policía estatal o los federales vienen a ayudarnos. Hay doscientos cincuenta niños en edad escolar, y no todos son santos, claro. La gente se muere, los niños deciden nacer en casas imposibles, hay accidentes, los vecinos se pelean, los chicos se meten en problemas… ¿A quién vas a llamar si no es a un policía?

Maggie guardó silencio y Andy se incorporó.

– No querría aburrirte, pero es que me entusiasmo hablando de mi trabajo.

– No, al contrario. Podría estarte escuchando toda la noche, pero admito que me estás asustando.

– ¿Asustando? -repitió, arqueando las cejas.

– Sí. Sé que no está de moda, pero yo siempre he creído en los valores tradicionales como la integridad y la honestidad.

El sonrió despacio.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que te asusta de eso?

– Bueno, pues que no puedo decirte que te admiro sin más porque podría subírsete a la cabeza, pero me gusta la forma en que hablas de tu trabajo. Y la forma en que lo sientes.

Andy se levantó.

– Ya. ¿Quiere eso decir que cuando me acompañes a la puerta no me vas a dar un bofetón si intento algo?

– Lo que quiere decir es que será mejor que no abuses de tu buena suerte, porque esta noche vas a dormir en tu casa.

– Esta noche -repitió, y mientras recogía su chaqueta, la miró a los ojos con la promesa de que otra noche podría tener un final completamente distinto.

– Puede que debieras alegrarte de que te eche. ¿Quién sabe qué clase de mujer soy en realidad, Andy? No me conoces.

Él le tendió la mano y caminaron así hasta la puerta.

– He sobrevivido a la compra del coche, ¿recuerdas? Dadas las circunstancias, creía que ibas a darme seis o siete puntos que valieran para seis o siete citas.

– Te los has ganado -le aseguró, sonriendo.

– Y yo no diría que eres una desconocida. Esta noche he descubierto algunos oscuros secretos sobre ti. Tratando con Harvey, no has podido ocultar tu carácter salvaje, y después, al llegar a casa, has encendido hasta la última luz de la planta baja. Creo que tenías miedo de que me abalanzase sobre ti en cuanto cerrases la puerta.

– No es cierto -replicó.

– Sí que lo es.

No había rincón en aquella habitación en el que ocultarse al poder de aquellos ojos magnéticos.

– Lo que me hace desconfiar son los sentimientos que crecen demasiado deprisa, Andy. Y tampoco soy una mujer que se acueste fácilmente con un hombre. Podrías haber malinterpretado el hecho de que te invitase a tomar una copa tan tarde.

– En ese sentido, podemos dejar las cosas claras sin dificultad: yo tampoco me acuesto con la primera mujer que pasa por mi lado. No es divertido. Desnudarse es fácil, pero llegar a la intimidad es algo completamente distinto. La ascensión es demasiado divertida como para malgastarla por las prisas, pero he de advertirte, Maggie, que no tengo ni una sola intención honorable en lo que a ti respecta, así que, quedas avisada.

Quedaba avisada. Aún no habían llegado a la cocina cuando él dejó la chaqueta, se dio la vuelta, y se abalanzó… despacio, tan despacio que tuvo tiempo de ver el cambio de su expresión a la brillante luz de la casa. Tan despacio que tuvo tiempo de escabullirse si hubiera querido.

Pero Maggie nunca había retrocedido ante algo que temiese, y en aquella ocasión tampoco lo hizo. Había estado tan segura de que pasar tiempo con él, especialmente una tarde dedicada a la horrible tarea de comprar un coche, habría apagado aquella locura.

Pero el problema parecía haberse acrecentado en lugar de disminuido. Apenas se rozaron sus labios sintió una tormenta en su interior, una ventisca que lanzó su sangre por las venas y puso al rojo vivo sus nervios.

Las brillantes luces deberían haber saboteado cualquier posibilidad de romanticismo, pero había cerrado los ojos y, de algún modo, solos quedaron él y aquella sensación mágica y demencial. Era como si nunca antes la hubiesen besado. Como si los nombres de los hombres que había habido en su vida estuviesen escritos en una pizarra y él los hubiera borrado de un solo gesto.

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