Jennifer Greene - Mi Bella Durmiente

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Maggie Fletcher podía recordarlo todo excepto lo ocurrido en las últimas veinticuatro horas. Menos mal que, por suerte para ella, el sheriff local Andy Gautier estaba en el caso. En la ciudad se decía que era capaz de llegar al fondo de cualquier asunto… o de cualquier persona.
Andy se había jurado a sí mismo que ayudaría a su bella durmiente a recuperar el día que había perdido. Pero le estaba costando mucho concentrarse en el trabajo…

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Consiguió convencerla para que tomase la autopista e hiciera unos quince kilómetros, e incluso consiguió que entrase en un aparcamiento vacío con el suelo helado. Pero nada más. La verdad es que estaba de acuerdo con que aquel coche era una buena elección para ella, pero es que no podía creer que hubiese una sola mujer capaz de tomar una decisión con la velocidad de un corneta, y mucho menos, mantenerla.

Harvey los estaba esperando fuera cuando volvieron, con una sonrisa de trescientos vatios que iluminaba la noche.

– Te ha encantado, ¿verdad? Lo sabía. Y te ayudaré con la financiación si lo necesitas, preciosa. No tienes por qué preocuparte. Has elegido el mejor coche que podías desear…

– Harvey -lo interrumpió con suavidad-, no vamos a llevarnos bien si sigues llamándome preciosa. Maggie. Puedes llamarme Maggie.

Varios grados bajo cero y un viento ártico que podía helarlo todo, y la frente de Harvey se perló de sudor.

– Por supuesto, Maggie…

– Y no necesito financiación. Te pagaré en efectivo.

Harvey se quedó boquiabierto. Demonios, incluso Andy abrió la boca.

– Bueno, no exactamente en efectivo -se corrigió-. Quiero decir con un cheque. ¿Te parece bien? -preguntó, mirándolos a ambos-. Es decir… sé que no voy a poder llevármelo a casa ahora mismo. Tendrás que llamar mañana al banco y confirmar que el cheque tiene fondos y todo eso, pero…

– Maggie… -Andy le pasó un brazo por los hombros para alejarla un poco de Harvey. No estaba seguro de qué iba a decir por temor a herir su orgullo-. Maggie, tengo la sensación de que no te has comprado demasiados coches. ¿Me equivoco?

– No. Es que… mis padres murieron, Andy. No juntos, pero casi al mismo tiempo. Mi madre enfermó con una neumonía que consiguieron curar y mi padre iba de camino al hospital cuando alguien se estrelló contra su coche. Mi hermana y yo éramos muy jóvenes… ella acababa de terminar la universidad, y yo estaba en el primer año de carrera…

– Lo siento.

– No te lo he contado para que te sintieras mal. Sólo pretendía explicarte lo de los coches. Joanna ya tenía coche, así que yo me quedé con el de mis padres, y cuando por fin dejó de funcionar… bueno, el coche del accidente es el único coche que me he comprado yo. Y esa experiencia fue tan enervante como esta.

Andy estaba empezando a tener una imagen completamente distinta de la que se había formado antes. No había tenido a su padre o a alguien a su lado que pudiese enseñarle la estrategia básica a la hora de comprar un coche.

– Bueno, para empezar, es muy raro que la gente pague los coches al contado.

– Lo sé. Tuve que discutir con el vendedor la otra vez…, cuando le dije que pagaba al contado, cambió de opinión, e incluso me dijo que no me lo vendía. Me lo hizo pasar tan mal que estuve a punto de marcharme. Si no hubiera necesitado el coche, lo habría hecho.

– Comprendo. Pero la cuestión es que Harvey bajará sustancialmente el precio si le damos la oportunidad de afilar el lápiz. Y por otro lado, puede que no quieras agotar tu cuenta bancaria con un gasto de esta magnitud.

– Sí, puede que tengas razón, pero es que a mí no se me da nada bien regatear, Andy. Y odio deber dinero. Tengo un buen sueldo, y dinero ahorrado. Si me pusiera enferma, no tengo a nadie que responda por mí, así que la idea de tener deudas colgando sobre mi cabeza me hace salir granos.

– Y no queremos ponerte en situación de que te salgan granos, ¿verdad? -bromeó.

Pero antes de que aquella situación se solventase, lo más probable era que fuese él quien los tuviera.

Capítulo 4

– Verdaderamente te has ganado una copa. Ya te advertí yo que ir a comprar un coche conmigo iba a ser una dura prueba, pero me da la impresión de que no te lo creíste. ¿Qué te apetece? ¿Un whisky? ¿Brandy?

Maggie abrió la puerta, encendió las luces, se quitó las botas y la cazadora y se dirigió a la cocina.

– Un whisky, pero corto. Y he disfrutado mucho comprando el coche contigo, Maggie. No ha sido ningún suplicio.

– ¡Vamos, Andy! No es que te haya visto mesarte los cabellos, pero me da la impresión de que se te ha pasado por la cabeza. Sé que has pensado que estaba loca por querer pagar el coche así, en efectivo.

Buscó en el fondo de un armario la botella, le sirvió una copa a él y otra para ella.

– Creo que el coche que has elegido te va a ir muy bien. Y no, no estaba de acuerdo con la forma en que lo querías pagar, pero bueno… es una historia como la del dentífrico. ¿Has conocido a alguna pareja que no se peleara por cuestión de dinero?

Llevó ambos vasos al salón y encendió unas cuantas lámparas más. Montones de lámparas. Todas las lámparas, de modo que Andy no se hiciera la idea de que invitarlo a tomar una copa escondía otras intenciones. Ni él ni sus propios pensamientos debían recorrer ese camino.

– Ahora que lo pienso… no.

– Yo tampoco. Creo que debe ser una de esas reglas no escritas de una relación -Andy dejó la chaqueta sobre el respaldo de una silla y se acomodó en el sofá-. Da igual que la pareja esté casada o no, que tenga noventa años o dieciocho, que sea rica, pobre, feliz o infeliz, así que íbamos a terminar discutiendo sobre ese tema tarde o temprano. Lo que pasa es que nos hemos metido en el charco un poco antes que la mayoría. Y, Maggie…

– ¿Qué?

La habitación tenía tanta luz que parecía de día. No había una sola bombilla que no estuviera luciendo. Maggie se había acomodado en el sofá frente a él y tomó un sorbo de su vaso con la esperanza de que los nervios se le calmasen un poco. Y no es que fuese la primera vez que tenía un hombre cerca. Lo que pasaba es que Andy era…, diferente. Había estirado sus largas piernas y parecía una pantera grande y perezosa, vestido con aquel jersey negro, con su pelo y sus ojos negros como el carbón.

– No sé si debería decirte esto, pero discutir contigo sobre el dinero…, ha sido una experiencia reveladora. No sé si sigues teniendo ese problema de amnesia, pero bueno… he visto cómo pretendías engatusar al vendedor de coches, así que no debes preocuparte por haber robado un banco aquel día. De verdad.

– Oye, que podría haberlo hecho.

– Ya. Y la luna podría volverse rosa también, pero voy a darte un consejo, nunca juegues al póker. No serías capaz de echarte un farol aunque la vida te fuera en ello.

– Está bien admito que no se me da bien regatear, pero aun así quedan siete pecados en la lista, ¿no?, así que no te convenzas de que soy una buena persona, Andy. Podría haber hecho algo por lo que tuvieras que arrestarme.

Andy la miró por encima del borde de su vaso.

– Si te empeñas, tengo unas esposas que podrías probarte. No es que normalmente algo así forme parte de mis fantasías, pero estoy dispuesto a probar lo que se te pase por la cabeza…

– ¡Gautier, compórtate! -lo reprendió, y con un periódico le dio en una pierna, pero él se echó a reír.

No fue imaginarse a sí misma esposada por Andy en una habitación a oscuras sobre sábanas de seda lo que la hizo enrojecer. O al menos, no sólo eso. Ya lo había hecho en dos ocasiones antes: sacar el tema de su lapso de memoria y después salirse por la tangente con una broma o un comentario tranquilizador.

Aún no había conseguido recordar aquellas veinticuatro horas, y todas las noches desde el accidente se despertaba con el corazón en la garganta y una terrible sensación de culpa. Se iba a volver loca si no conseguía recordar. Y aunque Andy no podía saberlo, sus palabras la hacían sentirse mejor, lo cual, por otro lado, era también una locura teniendo en cuenta lo poco que hacía que se conocían.

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