Jennifer Greene - Mi Bella Durmiente

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Maggie Fletcher podía recordarlo todo excepto lo ocurrido en las últimas veinticuatro horas. Menos mal que, por suerte para ella, el sheriff local Andy Gautier estaba en el caso. En la ciudad se decía que era capaz de llegar al fondo de cualquier asunto… o de cualquier persona.
Andy se había jurado a sí mismo que ayudaría a su bella durmiente a recuperar el día que había perdido. Pero le estaba costando mucho concentrarse en el trabajo…

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– Puede que no con palabras, pero créeme: lo has hecho.

Capítulo 11

Maggie estaba siendo perseguida por una cazadora de cuero. Cómo o por qué la cazadora representaba una amenaza tal, no lo sabía, pero la empujaba a recorrer en aquel sueño callejones y callejas que olían a peligro y miedo. Intentaba tomar otras calles, correr, escapar desesperadamente de aquella cazadora. El rostro de su padre apareció en un enorme ventana, diciendo:

– Maggie, espero que seas fuerte.

¡Ya! tomar otra calle, fue el rostro de su madre el que se apareció en una ventana de un segundo piso.

– Ocúpate de tu hermana.

Pero la cazadora iba acercándose cada vez más; estaba apenas a un paso, y le daría alcance en un abrir y cerrar de ojos. Un bidón lleno de basura cayó rodando al suelo, y tuvo que saltar por encima de la basura. Con un terrible dolor en el costado e incapaz de gritar, tomó otro callejón y siguió corriendo… hasta que se dio cuenta de que era un callejón sin salida. Desesperadamente se dio la vuelta, y allí estaba la cazadora, extendidas las mangas como garras alcanzando su cuello…

Maggie abrió los ojos.

Aún sentía correr un exceso de adrenalina por las venas, pero la cazadora había desaparecido, así como los miembros de su familia y los callejones. Nada más que una claridad grisácea que anunciaba el amanecer despejaba las sombras de su dormitorio. El único factor no habitual era el hombre que dormía junto a ella.

Y el corazón comenzó a latirle de una manera completamente distinta.

Aquella pesadilla le había dado un susto de muerte, pero no era nada comparado con los miedos que había pasado durante aquella larga noche. El localizador de Andy y su cartera aún estaba en la mesilla, la cartera abierta completamente. Maggie no estaba segura de cuántos preservativos tendría inicialmente en ella, pero de lo que no le cabía ninguna duda era de que ya no le quedaba ninguno.

Gautier era un hombre peligroso, y desde el primer momento había presentido los problemas que podía crearle… pero nunca había llegado a pensar que iba a tener que vérselas con una avalancha. Sentía partes de su cuerpo que antes no habían existido para ella y tenía roces de su barba en lugares poco… ortodoxos.

Andy estaba tumbado boca abajo, durmiendo tan profundamente como si estuviera en coma, lo cual no era de extrañar. La ropa de la cama le cubría sólo desde la cintura para abajo, tenía el pelo alborotado, y las sombras que el día anterior oscurecían sus ojos habían disminuido, pero seguían estado ahí. En mitad de la noche, la había tapado con la ropa, la había acurrucado contra su pecho, y rozando su mejilla, había susurrado «te quiero».

– Oh, oh…

No se había dado cuenta de que se estaba despertando hasta que la miró a los ojos.

– ¿Por qué ese oh, oh?

– He visto esa sonrisa, y ni se te ocurra seguir pensándolo. Este inocente jovencito no puede más…, al menos hasta que se despierte.

– ¿Inocente?

– Bueno… me temo que después de lo que ha ocurrido esta noche, ya no. Sabía que ibas a ser una influencia corruptora en mi vida, pero no me había imaginado lo insaciable que puedes ser.

– ¿Te atreves a llamarme a mí insaciable?

Andy arqueé las cejas.

– Demonios…, no fue idea mía que hiciéramos el amor. Fuiste tú. ¿Te acuerdas de tu… insistencia?

– Recuerdo todos y cada uno de los detalles de lo que ha ocurrido esta noche -puntualizó.

– Igual que yo. Por cierto, que tenemos que volver a probar un par de cosas de las que hemos hecho esta noche. Dicen que la práctica hace maestros. Si no estuviera tan cansado…

– Gautier…

– ¿Sí, cariño?

– Has sido tú quien me ha colocado así, sobre tu pecho, y tus manos están acariciándome de una manera, digamos… indecente. Y acabo de descubrir una evidencia aplastante de que no estás tan cansado como dices. ¿Te despiertas siempre con esta misma energía?

– ¿Y tú te despiertas siempre tan preciosa?

Y antes de que pudiera contestar, tapó sus cabezas con el edredón y la besó. Despacio. A conciencia.

El condenado hombre se empeñaba en despertar los recuerdos del desastre que había causado la noche anterior, porque Maggie volvió a saborear todos los temores una vez más, que no había conocido el amor hasta conocerlo a él, que nada en su vida volvería a ser lo mismo sin Andy, que se había apoderado de una parte de su corazón que sólo podía pertenecerle a él.

Y para colmo, todas aquellas sensaciones estaban empeorando porque ella le estaba besando con la misma pasión que él. Al final tenían que respirar, claro, y cuando Andy aparté el edredón, el sol se asomaba por el confín del cielo, inundándolo todo de un resplandor rosado. Maggie tenía el pulso revolucionado como si fuese un avión a punto de despegar, pero él no parecía tener ese problema, porque se acomodó a su lado para estudiar su rostro como si lo hechizara.

– ¿Sabes? Has suscitado una pregunta interesante -murmuró.

– ¿Ah, sí? ¿Qué pregunta?

Se le había olvidado la conversación. Incluso se le había olvidado su propio nombre.

– La pregunta sobre si siempre me despierto tan lleno de energía… y si tú siempre te despiertas tan guapa. Se me ha ocurrido que podríamos encontrar las respuestas a tantas preguntas… si mis botas estuvieran aparcadas bajo tu cama con más regularidad.

Andy lo dijo sin darle la menor importancia, y Maggie, al oírlo, supo que tenía que despertarse, y rápido.

– No he pensado que alguien que no fueras tú aparcase sus botas bajo mi cama, Gautier, pero tengo la sensación de que estabas hablando de algo un poco más complicado que eso. Si por casualidad lo que estabas sugiriendo era que viviéramos juntos…

– Maggie -lo interrumpió, exagerando una expresión de sorpresa-, ¿de verdad me crees capaz de meterme en aguas tan profundas antes de que nos hayamos tomado un café?

Pues sí, lo pensaba, pero antes de que pudiera continuar, siguió hablando él.

– Aún hace demasiado frío para levantarse, y es demasiado pronto, y mientras estamos aquí acurrucados, me parece un buen momento para soñar despiertos y hacer algunas preguntas de esas… ya sabes, como por ejemplo si alguna vez has pensado tener hijos.

– ¿Quieres decir esos seres que se pasan toda la noche llorando, que llevan pañales y que destruyen cualquier posibilidad de que sus padres puedan tener una vida sexual?

– Sí -contestó, sonriendo.

– Bueno, sí. La verdad es que lo he pensado porque me encantan. Además, tengo experiencia en mimar a mis sobrinos, así que estoy segura de poder echar a perder un par de ellos. Dentro de un tiempo. ¿Y tú? ¿Qué te parece lo de tener hijos?

– ¿Te refieres a esas cositas que no saben andar ni hablar, a los que cuesta un ojo de la cara mantener y que provocan en sus padres úlceras de estómago de tanto preocuparse por ellos?

– Exacto.

– Bueno, pues sí. A mí también me gustaría tener un par de ellos. Dentro de un tiempo. ¿Te has dado cuenta de qué fáciles están siendo las preguntas por ahora?

– ¿Estás intentando prepararme para las que van a venir?

– No, por Dios. De ningún modo -hizo una pausa-. Estaba pensando en… en casas. La tuya es genial, pero un poco pequeña. Y mi casa también está bien, pero no hay una habitación adecuada para la clase de despacho que tú necesitas.

– Andy, ¿de verdad esperas que sea capaz de mantener esta conversación teniendo tú la mano… donde la tienes?

– ¿Quieres que la quite?

– Yo no he dicho eso.

– Entonces, volvamos a las casas. Es que se me ha ocurrido que la solución perfecta sería construir una nueva. Tú podrías diseñarla, y los dos podríamos mojarnos las manos en la construcción. Eso sí yo me ocuparía del tejado, porque si vuelvo a verte en un tejado me da un infarto. Me imagino montañas, árboles, intimidad. Puede que incluso un granero. Habitaciones de más, por si acaso. Y montones de armarios, porque tú eres un desastre.

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