Jennifer Greene - Mi Bella Durmiente

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Maggie Fletcher podía recordarlo todo excepto lo ocurrido en las últimas veinticuatro horas. Menos mal que, por suerte para ella, el sheriff local Andy Gautier estaba en el caso. En la ciudad se decía que era capaz de llegar al fondo de cualquier asunto… o de cualquier persona.
Andy se había jurado a sí mismo que ayudaría a su bella durmiente a recuperar el día que había perdido. Pero le estaba costando mucho concentrarse en el trabajo…

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– ¿Qué?

– Pues que hagas un trato contigo misma -explicó-. Estás preocupada porque sea algo de lo ocurrido en esas veinticuatro horas lo que esté causando las pesadillas. Bien. Vuelve, habla con quien estuviste, con todos los posibles testigos, e intenta recomponer lo que ocurrió aquel día. Puede que eso desencadene tus recuerdos y puede que no. Pero si tras intentarlo no consigues nada, tendrás que prometerte a ti misma que lo olvidarás, que dejarás de darle vueltas y que aceptarás que has hecho todo lo posible.

De vuelta a casa, fue pensando en el consejo del doctor Llewellyn y a medio camino de White Ranch, marcó el número de su hermana en el teléfono móvil.

– Sé que debes estar preparando la cena, pero no voy a poder llegar antes de las cinco y necesito hablar contigo. ¿Te importa si me paso unos minutos?

– Claro que no me importa, boba. No recuerdo la última vez que me pediste algo, porque siempre es al revés. ¿Qué ocurre, Maggie?

No quiso hablar de ello por teléfono y llegó a casa de su hermana en cuestión de minutos. Su hermana tenía ya la puerta abierta incluso antes de que parase el coche, y una copa de vino la esperaba sobre la mesa de la cocina. Joanna se ocupó de su abrigo e hizo de mamá gallina con ella; la transformación había sido sorprendente.

– Es la primera vez que me pides ayuda, hermana, y eso es algo que lleva mucho tiempo molestándome. Quiero decir que eres siempre tú la que me ayuda, y yo la indefensa.

– Joanna! ¡Tú no estás indefensa! Lo que ocurre es que has pasado por un momento extremadamente difícil y…

– Sí. Y me he regodeado en mi propia miseria. Pero tú siempre has acudido a rescatarme, Mags, incluso cuando éramos pequeñas, y a pesar de que la mayor era yo. No soy tan fuerte como tú y nunca lo seré, pero… es que es tan fácil dejar que sean los demás quienes se ocupen de una. Igual de fácil que convencerse de que quizás eres tan inútil como los demás te hacen creer. ¿Quieres un poco más de vino?

Maggie apenas había tomado un sorbo de su copa. Había acudido a casa de su hermana para hablar de su problema, pero aquello le importaba mucho más. Andy le había sugerido con mucho tacto que con su actitud podía estar fomentando la indefensión de su hermana, pero era fácil descartar esa posibilidad como algo que sólo les ocurre a los demás, no a ella. Nunca a ella.

– Siempre he querido que supieras que podías contar conmigo. Siempre. Que estaría a tu lado pasara lo que pasase, pero Joanna, nunca he pretendido que te sintieras indefensa y…

– Ya lo sé. Lo que pasa es que tienes un corazón tan grande que no te cabe en el pecho, pero también sé que tenías miedo de que me viniera abajo, ¿a que sí? -Joanna echó un vistazo a la cazuela que tenía en el horno, se lavó las manos y se volvió hacia su hermana secándoselas en un paño-. ¿Sabes una cosa?

– ¿Qué?

– Pues que podría haber ocurrido. Hace meses que no tomo una sola decisión sin consultarte. Tú me has cambiado los fusibles, me has arreglado los grifos, has hablado con los chicos cuando tenían problemas. Incluso has tapado los agujeros de mi cuenta bancaria. Hasta la mañana en que me emborraché, fuiste tan comprensiva…, cuando yo me estaba comportando como una completa imbécil. Si te fijas, te he servido una copa de vino a ti, pero para mí no. La cuestión es, ¿por qué nunca me has mandado a hacer puñetas, Maggie?

– Pues porque te quiero.

– Ya sé que me quieres. Pero la razón verdadera es que temías que me viniera abajo-dijo pacientemente-. Y cuanto más me ha tratado todo el mundo como si fuese una frágil figura de porcelana, más me he llegado yo a creer que podía romperme con facilidad. No estoy segura de poder recuperarme, Mags, pero necesito intentarlo.

– Está bien. ¿Qué quieres que haga yo?

– Pues que la próxima vez que te pida ayuda, me digas «búscate tu sola la vida, monada».

– ¿Tengo que llamarte monada?

– Pues no, pero es una de esas palabras sexistas que siempre he detestado, así que supongo que no me vendría mal para espolearme. Y esta es la última palabra que decimos sobre mí, en serio. Tú has venido aquí con un problema, y quiero oírlo.

Pero Maggie fue incapaz de hablar durante unos segundos. Era un jarro de agua fría estar intentando ayudar a una hermana y terminar haciéndole daño. Andy había intentado decírselo, pero ella se había cerrado en banda y no había querido escuchar.

– Maggie, ¿es por Andy? Ya me he dado cuenta de que estás enamorada de él. Nunca has tenido un brillo en la mirada como el que tienes ahora. Y sé que piensas que no soy lo que se dice una chica dura, pero si te ha hecho daño, te juro que me va a oír…

– No, no. No es nada de eso.

Maggie tomó la copa de vino y la yació de un trago. Llevaba semanas preocupándose por esos dichosos recuerdos perdidos, semanas temiendo haber hecho algo terrible, y precisamente el día que acudía a su hermana a preguntarle qué había ocurrido el día de Acción de Gracias, de pronto lo sabía todo.

Ver a Joanna moverse por la cocina limpiando la encimera, secándose las manos en un paño le había traído a la memoria que aquellas eran las mismas cosas que había hecho en las horas posteriores a la cena de Acción de Gracias. Las dos habían estado en la cocina ocupándose de los platos sucios y los restos. Los chicos habían salido huyendo con la excusa de que tenían planes, Roger se iba a casa de los vecinos a jugar al ordenador con un amigo, y Colin iba a salir, pero nadie sabía adónde.

Maggie no podía comprender por qué el recuerdo había vuelto de golpe y completo, pero de pronto todo estaba allí. Una vez terminaron de fregar, Joanna entró en el baño, y ella aprovechó la ocasión para hablar con Colin. Había discutido con su madre porque no le había querido decir adónde pensaba ir, y ella pretendía leerle la cartilla. Si hubiera esperado dos minutos más, se le habría escapado, porque ya estaba fuera… y allí es donde lo encontró, en el porche trasero, poniéndose una cazadora de cuero.

Una preciosa y cara cazadora de cuero. Maggie sabía perfectamente bien que su hermana no tenía dinero para comprar algo así, y Colin aún menos, pero de todas formas la culpabilidad y la expresión desafiante de su sobrino le reveló la verdad, la había robado.

– Maggie -insistió Joanna, impaciente-, no me importa cuál sea el problema. Puedes contármelo con toda tranquilidad. Dame la oportunidad de estar a tu lado, ¿vale? Sea lo que sea. No importa.

Pero Maggie miró a su hermana y pensó que sí que iba a importar, porque lo que había hecho su sobrino estaba mal, pero lo que había hecho ella, salvar a Colin, proteger a su hermana e intentar arreglarlo todo, era mucho peor.

El bien y el mal siempre habían sido tan claros y distintos como el blanco y el negro para ella, O se tenía ética, o se carecía de ella. Si en un momento dado, se está decidido a hacer algo que está mal, algo que va completamente en contra de tu ética, nunca se debe hacer delante de un niño.

Pero ella lo había hecho.

No sólo había recordado lo ocurrido el día de Acción de Gracias con claridad meridiana, sino que también había recordado cuál era su parte de culpa.

Capítulo 12

Andy detuvo el coche delante de la casa de Maggie alrededor de las siete, e inmediatamente sintió una tremenda desilusión. No había huella alguna sobre la nieve reciente de la entrada, ni luz en sus ventanas, y el coche aún no estaba.

No es que tuviera razón específica para contar con que ya estuviera de vuelta de Boulder a aquella hora, y comprendía que le era imposible precisar la hora de su vuelta, pero es que esperaba que estuviera en casa porque tenía un anillo quemándole en el bolsillo. Un anillo que había comprado aquella misma mañana. Su plan inicial era dárselo la noche de Nochebuena, pero es que quería estar con ella. Habían pasado sólo cuarenta y ocho horas separados, pero parecía una eternidad.

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