Jennifer Greene - Mi Bella Durmiente

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Maggie Fletcher podía recordarlo todo excepto lo ocurrido en las últimas veinticuatro horas. Menos mal que, por suerte para ella, el sheriff local Andy Gautier estaba en el caso. En la ciudad se decía que era capaz de llegar al fondo de cualquier asunto… o de cualquier persona.
Andy se había jurado a sí mismo que ayudaría a su bella durmiente a recuperar el día que había perdido. Pero le estaba costando mucho concentrarse en el trabajo…

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Andy se levantó después de pelearse con el enchufe de las luces e intentó arreglar las guirnaldas en lo que a él le debió parecer una forma artística, lo cual sólo consiguió dejarlas peor de lo que estaban, y por alguna razón desconocida, eso volvió a llenarle los ojos de lágrimas a Maggie.

– Es que tenía que traerte un árbol, Mags -dijo él de pronto, con la voz tan suave como mantequilla derretida-. No era justo que me hubieras estado ayudando a poner uno en mi casa y que tú no tuvieras. Y tú y yo somos la mitad de una misma naranja en ese sentido, ya lo sabes. No podemos quedarnos de brazos cruzados cuando algo está mal.

Quería darle las gracias por el árbol y deshacerse de él lo antes posible, pero no había manera de articular palabra. Y Andy, haciendo lo contrario a lo que había dicho que iba a hacer, se quitó la cazadora y la lanzó al sofá.

– No quieres hablar conmigo, y lo comprendo. Yo tampoco te hablaría a ti si estuviera en tu lugar. Te he dejado colgada.

Aquel error tenía que ser corregido.

– He sido yo quien te ha decepcionado.

– De eso nada -no la había tocado, pero estaba muy cerca de ella-. Sólo desearía tener una excusa para haber actuado de una forma tan tonta. Lo mejor que puedo decir en mi defensa es que empezaste hablándome de un robo y que yo me dejé llevar por mi instinto y respondí como un agente de la ley.

– Es que eres agente de la ley.

– No contigo, Maggie. Contigo mi placa no vale. Soy sólo tu amante… o lo era. Pero nada más marcharme, empecé a sentirme fatal. Empecé a pensar en lo mal que te habían hecho sentir esas pesadillas, la ansiedad, toda la presión. Estaban mortificándote, y yo no dejaba de tomarte el pelo para que no las considerases en serio.

La estaba obligando a hablar.

– Andy, tú no has hecho nada malo. Simplemente no sabías, al igual que tampoco lo sabía yo, que la cosa había sido tan seria.

– Sí, intentaste salvar a tu familia. Yo diría que eso es algo que cualquier persona que haya amado alguna vez habría hecho, pero tú lo consideras un crimen capital -Andy miró por la ventana. Los copos de nieve brillaban como cristales a la luz de la luna-. Cuando me marché, me di cuenta de qué es lo que necesitabas: necesitabas a alguien que te ayudase a superarlo. A ver más allá. Alguien que te empujase a perdonarte a ti misma, ya que pareces demasiado testaruda como para hacerlo sin que te empujen.

Lo de llamarla testaruda volvió a ponerle un nudo en la garganta.

– Gautier, lo que hice no es una tontería. No según tus valores, y tampoco lo es según los míos.

– Puede que no hicieras lo que debías, pero por ahora no he conocido a nadie que no haya metido la pata alguna vez. Y tengo una teoría…

– ¿Una teoría?

Andy asintió.

– La teoría de que si vas a cometer más actos inmorales y salvajes como ese en el futuro, lo mejor sería que estuvieras casada con un agente de la ley. No estoy diciendo que deba ser conmigo, claro…

– ¿No?

Había dejado de mirar la nieve y la estaba mirando a ella. Sólo a ella.

– No. Sé que he echado a perder esa oportunidad. Si uno traiciona la confianza que alguien ha depositado en él, no puede esperar que le den una segunda oportunidad. Pero tengo una teoría sobre el hombre adecuado para ti. Tú valoras muchísimo tu autonomía, tu seguridad, y cualquier hombre que pretenda limitarte no será bueno. Tiene que ser alguien capaz de respetar tu independencia, capaz de respetar que hay cosas que tienes que hacer a tu manera, que necesitas un poco de peligro de vez en cuando. Y luego está lo de esa fachada de firmeza y fuerza que le ofreces al mundo. Es verdad que eres una mujer llena de coraje y valor, pero en esas raras ocasiones en las que la vida te gana la partida… necesitas que esa persona esté a tu lado. Que sea un hombre que te haga sentir a salvo, incluso cuando hayas perdido tu fuerza. Alguien en quien confíes ciegamente, porque sepas que tanto en los buenos como en los malos momentos, va a estar ahí.

Maggie nunca lloraba, y menos en una crisis. En esas ocasiones había que ser fuerte y mantener el tipo, porque nadie más quería hacer ese trabajo. Pero Andy sabía perfectamente que no estaba describiendo a un extraño, y la estaba mirando como si fuera el sol y la luna, y más preciosa que ambos.

Se secó la mejilla brevemente con el dorso de la mano y levantó la barbilla.

– ¿Y tienes… alguien pensado?

– No, a nadie. Pero creo que un par de niños encajarían a la perfección en ese escenario, Y un lugar diseñado teniendo en cuenta vuestras necesidades. Y los sueños son otra cosa. Ese hombre y tú no tenéis por qué tener los mismos sueños, pero pensando en el futuro, es algo que importa. Si no se pueden compartir los sueños, no se tiene nada.

– ¿Algo más?

Era una pregunta para ganar tiempo, porque no iba a poder soportar aquello mucho más.

– Eh… sí, sí. El sexo tiene que ser bueno. Teniendo en cuenta tu deseo y tu pasión, tendrá que ser un tipo que aprenda deprisa. No sé si un chaval de campo podría ser adecuado para el puesto… a no ser que estés dispuesta a concederle algunos puntos por entusiasmo y resistencia. Y luego está el ingrediente crítico que también debe poseer…

– ¿Qué?

Quizás él debió pensar que estaba exasperada consigo misma, porque Andy aprovechó la excusa para acercarse aún más y sacar un pañuelo del bolsillo para limpiarle los ojos y ofrecérselo después.

– Suénate -ordenó.

– Ni lo sueñes. No pienso sonarme delante de ti.

– Créeme, Mags, esto es parecido a lo de la pasta de dientes. Tienes que hacerlo sin pensar para luego no volver a sentir vergüenza.

Se sonó como si fuese la chimenea de un barco. La verdad es que confiaba en él. En las cosas de la pasta de dientes. En todo. Podía ser ella misma con él, sin tener que ocultar nada, sin fingir. Esa era una de las razones por las que lo quería tanto, por las que su corazón se había partido en dos al pensar que había cometido un error que iba a costarles lo que tenían juntos.

– Y… ¿cuál es el ingrediente crítico que debe tener ese hombre?

– Amor -contestó con gravedad-. No es que piense que el amor sea más importante que el resto, porque no lo es. Tiene que estar también todo lo demás: confianza, respeto, honor, sueños y buen sexo. Pero si al amor hubiese que darle puntos, yo seguiría dándole un nueve sobre diez -tragó saliva y su voz se volvió algo ronca-. Y yo te quiero más que a la vida misma, Maggie.

Ella se lanzó a sus brazos pensando que aquel condenado hombre debía haberla obligado a sonarse la nariz deliberadamente porque esperaba que hiciese precisamente aquello, abrazarla, besarla hasta dejarla sin sentido.

– Y yo te quiero a ti -declaró-. Andy… creía que te había perdido.

– Creo que nos hemos encontrado el uno al otro, en más de un sentido. Hay un anillo al pie de ese árbol…

– Que a mí me encantaría ver. Me encantaría llevarlo en el dedo… pero tiene que esperar un minuto más.

Y volvió a besarlo con el corazón rebosante de felicidad.

Llevaba mucho tiempo aferrada a su independencia, y creía que nunca iba a encontrar a alguien que pudiese conocerla, fallos incluidos, y aun así quererla. Pero Andy no sólo la quería, sino que había llegado a comprender que él padecía la misma vulnerabilidad y era igual de malo perdonando sus propios errores.

Pero ella estaría a su lado. Puede que él no estuviese completamente convencido de ello, pero tenía toda una vida por delante para hacer que su agente de la ley se sintiera infinitamente amado. Con el rabillo del ojo, vio las luces del árbol de Navidad… su árbol. Su magia. Y se arrodillaron junto a él, susurrando promesas para el futuro, sabiendo ambos que su amor tenía las raíces en la realidad… la mejor magia posible.

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