Jennifer Greene - Mi Bella Durmiente

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Maggie Fletcher podía recordarlo todo excepto lo ocurrido en las últimas veinticuatro horas. Menos mal que, por suerte para ella, el sheriff local Andy Gautier estaba en el caso. En la ciudad se decía que era capaz de llegar al fondo de cualquier asunto… o de cualquier persona.
Andy se había jurado a sí mismo que ayudaría a su bella durmiente a recuperar el día que había perdido. Pero le estaba costando mucho concentrarse en el trabajo…

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Ahora sí que había conseguido distraerla, y en más de un sentido.

– ¿Crees que discutiríamos porque yo soy desordenada y tú no?

– No lo creo, pero supongo que discutiríamos por el dinero, porque les pasa a todas las parejas. Pero ya pasamos por una prueba cuando compraste el coche, y también por la de la pasta de dientes. En mi opinión, ya hemos pasado algunas de las peores.

Había dejado de bromear. Tenía la mejilla apoyada sobre la almohada, lo suficientemente cerca para que pudiera ver la honestidad de sus ojos y la sinceridad de su expresión.

– Vivimos en una ciudad pequeña, Andy, y no creo que fuera bueno para un hombre de la ley vivir sin más con una mujer.

– Precisamente porque se trata de una ciudad pequeña, la gente acepta con más facilidad las cosas, y no es que haya malgastado una sola noche en preocuparme por lo que los demás puedan pensar. Pero sólo para tu información, yo tenía pensado algo más vinculante que sólo vivir juntos. Pero no hoy.

– ¿No?

– No -su voz volvió a ser perezosa y baja-. Imposible. No puedo hablar de cosas tan honorables sin que me hayas dado mi dosis de corrupción. ¿Tienes mucho que hacer el martes por la mañana? Es que hay un pedazo de tierra en Wolf Creek. No es que haya hablado nada, pero hay algunos lugares preciosos y la tierra no es cara. No tendré libre más que un par de horas, pero…

Ella seguía aún mareada por su mención de algo más serio, y tardó un instante en caer en la cuenta de la invitación.

– Ay, Andy, no voy a poder.

– No pasa nada.

Vio que por sus ojos pasaba una leve sombra y se apresuró a acariciarle la mejilla.

– Normalmente, mi horario de trabajo es tan flexible que puedo tomarme sin dificultad un par de horas libres, pero es que tengo que ir a Boulder el lunes por la tarde y no volveré hasta el martes por la noche. Y no puedo cambiar la cita porque sólo voy a Mytron una vez cada dos o tres semanas, y hay otras personas que organizan su tiempo contando con que voy a ir. De otro modo, no lo dudaría, Andy. Si pudieras tener ese par de horas cualquier otro día de la semana, sería perfecto.

– ¿Estás segura?

– Completamente.

– No estarás asustándote, ¿verdad? ¿Voy demasiado deprisa?

– Vas demasiado deprisa desde el día mismo que nos conocimos, Gautier. Pero que a veces seas tan testarudo no me ha impedido enamorarme de ti.

– ¿No?

– No.

La sonrisa que le dedicó podría haber derretido un iceberg. Estaba pensando pedirle que le hiciera un café, pero aquella condenada sonrisa la obligó a besarlo, Y aquel beso los condujo a otro, y a otro.

Andy se mostraba vulnerable sólo en contadas ocasiones, y cuando ella le había dicho que no a ir juntos a ver esos terrenos, se lo había tomado como un rechazo, y su deseo de tranquilizarlo se había disparado como una flecha, y a través de las caricias y de la pasión, intentó demostrarle lo que había llegado a significar para ella.

A veces un hombre, por grande, duro y fuerte que fuese, necesitaba que alguien lo rescatase, y a veces una mujer también. Andy la había rescatado de la pesadilla emocional de la noche anterior, y ahora le tocaba el turno a ella. Y en el fondo de su corazón pensó que, si seguían construyendo el pilar de su confianza de aquel modo, podrían superar cualquier problema que les surgiera en el camino.

El lunes a las doce, Maggie se había vestido con un traje de chaqueta y zapatos de tacón, tenía el maletín en la mano y se estaba colgando del hombro la bolsa de viaje cuando sonó el teléfono. Era Joanna, y parecía frenética. Los chicos estaban en el colegio, pero se había quedado sin electricidad en una parte de la casa.

Maggie iba ya tarde, pero evidentemente su hermana era más importante que cualquier trabajo, y seguro que el problema no era más que un fusible fundido. Aparte de llenarse la ropa de polvo en el sótano de Joanna, cambiar el fusible fue pan comido. Calmar a su hermana le costó algo más.

Llegó tarde a Boulder, y su primera reunión en Mytron duró hasta más de las nueve de aquel mismo día, así que cuando llegó al hotel, se metió en la cama y se quedó dormida al instante. Al día siguiente, tendría que levantarse a las cinco, y el ritmo de trabajo iba a ser igualmente frenético. La última reunión terminó a las doce, y normalmente habría vuelto directamente a casa, pero aquel día fue a ver al doctor Llewellyn, que tenía la consulta en el centro de Boulder. Todo estaba abarrotado de gente haciendo las compras de Navidad, así que el sitio libre que encontró para aparcar quedaba a tres manzanas de la consulta. Tenía cita a las dos, y casi llegó tarde, así que para cuando estuvo ya vestida con una de aquellas mortificantes batas de papel esperando en la sala de reconocimientos, tuvo la sensación de que eran los dos primeros segundos que tenía libres desde que había dejado a Andy.

Pero Andy no había abandonado su pensamiento, y él era la única razón de que hubiese concertado aquella cita con el médico. Tenía tantas ganas de que le hicieran un reconocimiento como de que Hacienda auditase sus cuentas, pero había intentado por todos los medios deshacerse de esos ataques de ansiedad y no lo había conseguido. Incluso había estado a punto de echar a perder su relación con Andy porque uno de esos estúpidos ataques la había dominado, y ya estaba bien.

El doctor Llewellyn entró. Era un hombre de cabello blanco y mirada severa, afortunadamente, la clase de médico que a ella le gustaba. No quería que la mimasen y la calmasen, sino que fueran directamente al grano, y aunque odiaba los reconocimientos, no pudo quejarse de que el médico dejase una sola uña por reconocer.

El doctor se sentó en un taburete gris cuando hubo concluido.

– Estás como un reloj. Yo no me preocuparía por posibles efectos secundarios de esa conmoción. Estás bien.

– Eso ya lo sé -dijo con algo de impaciencia-. Lo que me preocupa es que tengo la sensación de que me estoy volviendo loca.

El médico arqueó las cejas.

– Sólo he pasado una hora contigo, así que no puedo darte una garantía por escrito, pero yo diría que pareces bastante cuerda, Maggie.

– Ya le he contado que tuve un accidente la noche de Acción de Gracias -le explicó-. Cuando me desperté en el hospital, no era capaz de recordar lo ocurrido en las veinticuatro horas anteriores, pero el médico de urgencias me dijo que una pequeña pérdida de memoria o sensación de desorientación era normal.

– Cierto.

– Afortunadamente yo no había sido responsable del accidente. El conductor del otro coche había bebido, y hay testigos. De eso no cabe duda.

– Bien.

– Pero… -alzó las manos en gesto de impotencia-, es que desde entonces tengo pesadillas y ataques de ansiedad, como si hubiera hecho algo por lo que debiera sentirme culpable. Pero es que no hay nada que yo recuerde, y ese periodo de veinticuatro horas es el único de mi vida en el que no puedo estar segura de qué he hecho.

El doctor Llewellyn estudió su rostro.

– ¿Has pensado que puede ser precisamente el estar intentando recordar con tanta insistencia lo que te esté causando la ansiedad?

– Sí, pero es que, verá… yo soy una persona que tiene más en común con la espina que con la rosa, digamos. No recuerdo una sola ocasión en la que haya huido frente a un problema. Quizás otro tipo de persona necesitase bloquear un recuerdo traumático, pero yo soy…

– Como una espina, ya.

– No se ría.

– No me estoy riendo, Maggie. Soy consciente de que para ti es difícil hablar de esto, y también sé que estás preocupada. Pero no hay pastilla que yo pueda darte para que recuperes la memoria. Lo que sí puedo es hacerte una sugerencia…

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