Jennifer Greene - Toda una dama

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El hogar está donde está el corazón, y Liz Brady había vuelto finalmente a Favensport, Wisconsin, a sus raíces… y a Clay Stewart, a quien amaba desde hacía años. En esta ocasión estaba totalmente decidida a demostrarle que no era la niña inocente a la que él solía proteger.
Pero Clay ya había notado que liz había madurado. Ahora era una dama, y las damas deben estar en pedestales. No se relacionan con tipos de dudosa reputación, sobre todo con los que dirigen un motel, con no muy buena fama, en las afueras del pueblo. Pero Clay no había contado con la determinación de Liz… ni con el poder de su amor por ella…

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– Lo sé.

– Pero él se preocupa por cosas. Como el bar. ¿Por qué tanto jaleo? Él no quiere que me acerque por allí porque mi abuelita tenía un problema. No me acerco. ¿Para qué iba a acercarme? Pero si no tuviéramos el bar, no tendríamos a George. George necesita un hijo y, aunque soy hijo de papá, a veces me presto yo mismo a George. ¡Demonios! ¿Qué otra cosa puedo hacer? Está muy solo. ¿Te has decidido?

El monólogo de Spencer se veía interrumpido por constantes y ruidosos bostezos.

– ¿Sobre qué, colega?

Liz le acarició el pelo. Le quería aunque le estuviera clavando el codo en las costillas.

– Sobre nosotros. Si no vas a casarte conmigo, ¿vas a casarte con mi papá? Dijiste que me darías una respuesta la siguiente vez que nos viéramos.

– ¿De verdad?

– Sí.

– Bueno… -tenía los párpados prácticamente cerrados-.¿Te parece bien por hoy si te digo que os quiero a los dos?

– Eso no vale. Eso ya lo sabía. Y no voy a dormirme.

– ¿No?

El crío fue un peso muerto en sus brazos durante la media hora siguiente, pero Liz sentía demasiada ternura para moverse. Levantó la vista únicamente al oír abrirse la puerta. La tensión nublaba los ojos de Clay. Nadie necesitaba una crisis en su negocio después de un largo día y una noche sin dormir.

– ¿Se ha acabado la conmoción? -susurró ella comprensivamente.

Él miró el techo para expresar exasperación con la vida en general. Luego cruzó la habitación para recoger a su hijo. Por un momento su mirada se cruzó con la de Liz y los dos recordaron la noche anterior. Rápidamente, una máscara cubrió la expresión de Clay, Liz recordó que él estaba cansado. Cuando él se dirigió al cuarto de Spencer para meter al pequeño en la cama, ella se levantó. De repente se sentía inquieta. Se desperezó para relajar los músculos rígidos y pensó en el trabajo y en su impaciencia por contárselo a Clay. Pensó en todo lo que habían compartido la noche anterior, y en las noches futuras. Y decidió irónicamente que no era el momento adecuado. Clay volvió del cuarto de Spencer y se dejó caer en el sofá coma un hombre demasiado cansado hasta para respirar.

– Supongo que ya conoces la historia.

– Sí.

– ¡Demonios! -él estiró las piernas y recostó la cabeza-. Lo crean o no los habitantes de este pueblo, yo pensaba que tenía un local decente. Un local donde pueden venir las familias a comer y a alojarse. Incluso el bar… No nos gustan los vagabundos, los ligones ni los buscapleitos. Pero, cuando pasa algo como esto, comprendo que no es el mejor sitio para criar un niño.

– Spencer dijo que tendrías esa reacción.

– Ese chico es demasiado listo.

– Yo creo que tiene la cabeza en su sitio y lo que ha pasado esta noche podía pasar en cualquier parte -dijo Liz en tono conciliador-. Vamos, Clay Se pueden encontrar asaltantes en los mejores vecindarios y en los peores, en un barrio selecto de Milwaukee y en una granja apartada.

Se colocó detrás de él y le acarició la cabeza como habría hecho con un niño. Sus dedos masajearon los tensos músculos de la nuca.

– Sé que quieres proteger a Spencer, pero no hay modo de proteger totalmente a un niño de la vida a menos que planees criarle en una isla desierta. Lo importante es que aprenda a reaccionar, pensar y valorar lo que aprenda.

– ¿Sí? Bueno, pues no creo estar haciendo un trabajo excelente. No, Liz.

Se inclinó hacia delante. Liz se encontró de pronto con los dedos en el aire y una punzada de dolor latió en ella. Sabía que estaba cansado, pero le dolió.

– Haré una jarra de café -dijo rápidamente.

– No.

– ¿Te parece mejor una cerveza?

– Lo que quiero es un poco de tranquilidad. Ha sido un día infernal. El café no va a servir de nada ni tampoco tus sermones.

Él levantó la vista y maldijo en voz baja al ver la expresión de los ojos de Liz.

– No quería decir eso. Espera un momento.

Ella estaba recogiendo su abrigo con los ojos bajos y el corazón destrozado.

– Tengo que irme. Sólo pensaba quedarme hasta que volvieras junto a Spencer.

– No, no es cierto.

– Estoy tan cansada como tú -añadió ella rápidamente-. Me pongo de malhumor cuando duermo poco. Tengo muy poco tacto.

Él no se movió hasta que ella estuvo a mitad de camino de la puerta y entonces se limitó a bloquear la salida. Le acarició la mejilla e intentó alzarle la barbilla con una mano áspera.

– Mírame, preciosa. Tú tendrás poco tacto el día en que el infierno se convierta en un iceberg.

Ella tenía la vista nublada por las lágrimas. Era una tontería. ¿Cuántas horas llevaba él de pie? Pero después de la noche anterior se había sentido muy segura de que sería bien recibida. Se había sentido muy segura de que él la desearía allí cuando estuviera cansado y disgustado. Él la miraba muy serio.

– Me ha gustado el sermón y me ha gustado que estuvieras aquí cuando he entrado. Y me gusta que Spencer crea que el sol sale y se pone por ti, y tú eres la única mujer que he necesitado en toda mi vida, encanto.

– ¡Oh, Clay!

Él meneó la cabeza.

– Pero si crees que vaya volver a aprovecharme de ti… No. No, Liz.

– Aprovecharte…

– No me mires así. Eso fue lo que pasó anoche y los dos lo sabemos. Tú estabas… del talante adecuado. Quizás yo lo he estado siempre que tú estabas cerca y quizás siempre va a ser así. Del talante adecuado para hacer el amor, para averiguar exactamente cómo podía ser entre nosotros.

A ella le costó terriblemente encontrar las palabras adecuadas.

– Y lo averiguaste.

– Lo averigüé. Eres inocente y vulnerable. Eres más suave que las rosas amarillas. Y eres muy, muy generosa. Pero no eres para mí. Porque también averigüé al despertarme que me sentía como si te hubiera utilizado, como si me hubiera aprovechado de alguien precioso para mí, alguien que confiaba en mí. Todo lo que ha pasado hoy… He pensado en mi vida… -meneó la cabeza-. Vete a casa, Liz.

– Clay…

¿Por qué el día se había transformado en una pesadilla vacía?

– Cuando salga de aquí, iré a buscar a Cameron para que venga a cuidar de Spencer y luego iré al bar. Ya conoces a Char, la cantante. Es la clase de mujer que me va. Somos el uno para el otro. Está interesada en mí y… Bueno…

Ella no necesitaba oír más.

Capítulo Diez

Liz envolvió otro vaso en papel de periódico y luego lo dejó caer en la caja de cartón sin preocuparle su futuro. Además, nunca le habían gustado aquellos vasos. Cerca de la alacena había un teléfono blanco. Llevaba diez días en Milwaukee. Tiempo suficiente para arreglar sus asuntos económicos, para empezar a buscar un inquilino que subarrendara su apartamento y para ver a los viejos amigos y empezar a preparar todas sus cosas para un traslado definitivo. Tiempo suficiente para que sonara el maldito teléfono. No había sonado. No era que ella esperara que Clay llamara. Sin duda estaba ocupado con el motel y el restaurante, con Spencer, con la reconstrucción de la barrera que ella había cometido el error de mellar. ¡Hombres!

Metió el montón de platos en otra caja. Había vendido el sofá amarillo y los sillones prácticamente antes de poner el anuncio en el periódico. Los cuadros y los libros estaban empaquetados y listos para su traslado a Ravensport. Iba a tardar unos días más en completar los detalles de la mudanza y no necesitaba más que una cama y unos pocos platos mientras tanto. Cruzó el casi vacío cuarto de estar hasta el dormitorio. La nieve goteaba de los alféizares huyendo del frío viento de noviembre. Cuando se mudó a aquel apartamento después del divorcio, era poco más que un animal herido. Sólo deseaba lamer sus heridas y ocultarse de la vida. Era lo que había hecho exactamente durante un año. La culpa era una compañera que se autoalimentaba. Había tenido que volver a Ravensport para perdonarse a sí misma, para librarse de la confusión y dejar de castigarse. A cambio, había aprendido a utilizar los errores que había cometido para madurar y cambiar. Había tenido que volver a casa para conocer la sinceridad… y para enamorarse de un hombre al que no le gustaba aquella palabra. Por ejemplo, Liz había visto a la cantante de Clay más de una vez. La dama era una belleza voluptuosa con una sensual sonrisa. Evidentemente estaba encaprichada de Clay, pero tenía una mentalidad limitada. Clay nunca había tolerado bien el aburrimiento. Así que había herido a Liz para echarla de su vida. Muy bien. Ya estaba fuera. Salió del dormitorio, miró furiosamente el teléfono y reanudó la tarea de empaquetar sus cosas. Latas esta vez. Sopas. Tres latas de tomate, tres de champiñón. ¿Cómo había acabado con ocho latas de cebollas francesas? Aquella estupidez de que se había aprovechado de ella. Él era un hombre que nunca se había perdonado por los grandes errores cometidos. No conocía la sinceridad emocional y no creía en sí mismo. Liz acabó de llenar la caja, se desperezó y caminó hasta el teléfono. Ocho teclas pulsadas y luego sonó. Una vez, dos. Tres veces, cuatro. Ella creía en la sinceridad, realmente creía en ella. Pero una mentirijilla no haría daño. Para ser totalmente sincera, las mentiras son necesarias a veces. Bueno, las mentiras no eran necesarias, pero el amor sí y eso era lo que quería decir la sinceridad: admitir qué cosas eran las importantes, aceptar los riesgos, luchar si era necesario. Una vez más. Sólo una vez más. «Una intentona más, Clay Stewart, porque estoy muy sola y tu comportamiento pasado me hace creer que me amas». Cinco timbrazos y luego seis… Sus pulmones soltaron el aire cuando cogieron el teléfono.

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