Jennifer Greene - Toda una dama

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Toda una dama: краткое содержание, описание и аннотация

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El hogar está donde está el corazón, y Liz Brady había vuelto finalmente a Favensport, Wisconsin, a sus raíces… y a Clay Stewart, a quien amaba desde hacía años. En esta ocasión estaba totalmente decidida a demostrarle que no era la niña inocente a la que él solía proteger.
Pero Clay ya había notado que liz había madurado. Ahora era una dama, y las damas deben estar en pedestales. No se relacionan con tipos de dudosa reputación, sobre todo con los que dirigen un motel, con no muy buena fama, en las afueras del pueblo. Pero Clay no había contado con la determinación de Liz… ni con el poder de su amor por ella…

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– Ponte el abrigo, Elizabeth Brady.

Ella negó con la cabeza. Sus pies se negaban a avanzar. Ella no iba a retroceder. Clay se levantó y empezó a tirar de la colcha de la cama.

– Pues no vas a quedarte ahí hasta que te mueras de frío.

Su voz era muy razonable. Razonable, paciente y firme, lo que consiguió liberar finalmente los pies de Liz y sus nervios. Cuando él se volvió con la gruesa colcha en las manos, ella se sacó la camisola por la cabeza.

– ¡Maldita sea, Liz!

Dejó caer la colcha cuando ella empezó a quitarse las braguitas, pero los dedos le temblaban tanto que tuvo que dejarlo. ¿Qué había esperado de él? ¿Que se derritiera de deseo al ver a una mujer desnuda? Era evidente que Clay había visto muchas mujeres desnudas. La carne no era más que carne y ella estaba más flaca que la mayoría. Tal vez hubiera sido de ayuda si ella sintiera fluir el deseo por sus venas, pero sólo sentía una rabia creciente.

¿Que no era lo suficientemente bueno para ella? «Encontrarás al hombre adecuado, Liz». ¿Y qué era él? ¿Un caballo? Para empezar, ella no sabía cómo había llegado a estar en aquel pedestal. Se le había dado muy bien cometer errores. Y la mayoría relacionados con Clay. Aunque los más recientes hubieran sido con David. Se había equivocado de profesión, nunca había tenido el valor de admitir lo que quería y necesitaba, y siempre había estado demasiado asustada para arriesgarse. Ahora iba a arriesgarse y en toda su vida había estado más asustada. Empezó a comprender que Clay también lo estaba. Decidió asustarle muchísimo más antes de que la noche hubiera terminado y se acercó lo bastante para acariciarle la mejilla. Él tenía en la mejilla un músculo que se puso tenso inmediatamente.

– No, encanto. Hablo en serio, Liz…

Ella lo sabía. Cuando se puso de puntillas y le pasó los brazos por el cuello, la temperatura del cuerpo de Clay cambió. Ella le rozó los labios con los suyos muy suavemente, como haría un hombre experto con una virgen. La imagen de Clay como virgen la complació, le dio valor. En cierto modo lo era. Ella dudaba de que alguna mujer hubiera entrado en ciertos territorios íntimos de Clay. El sexo era otra cosa. Estaba convencida de que él era maravilloso. Un héroe, un hombre especial, un hombre testarudo, cabezota, excesivamente protector que se merecía mucho amor. Ella olvidó sus temores y su paciencia. La punta de su lengua trazó el contorno de la boca masculina. Él no se movió. La lengua siguió la rígida línea de los labios cerrados y sus dedos subieron hasta el cabello de Clay. El satén negro se arrugó contra el muslo de él. El ritmo de su corazón se desbocó.

– Abre la boca, Clay -susurró ella-. Te juro que no te va a doler.

– ¿Doler? Qué palabra tan rara, Liz, para utilizarla en este momento. Pero he notado que uno de nosotros no se comporta de un modo racional, inteligente y sensato. Ahora…

– Ahora, abre la boca.

Él tenía problemas para respirar.

– Jugaremos a esto hasta que te canses. Hasta que comprendas… que no puedes hacer nada, Liz. No voy a hacerte el amor.

– Ya lo sé.

No se lo habría permitido aunque él lo hubiera intentado.

Ella iba a hacerle el amor a él, no al contrario. Con toda aquella charla, él había separado los labios. Deslizó la lengua dentro. La pasó a lo largo de los lisos y blancos dientes. Y la lengua de él… En ocasiones la lengua de Clay era capaz de decir palabras ásperas y bruscas que sin duda lamentaba después de dichas.

Sus hombros tenían la costumbre de ponerse rígidos cuando estaba a punto de estallar de ira. Los dedos de Liz acariciaron aquellos hombros. Sus oídos tenían la mala costumbre de oír únicamente lo que querían oír. Cuando Liz se ponía de puntillas, sus labios alcanzaban las orejas de Clay. Lamió una de ellas. Con frecuencia Clay ocultaba sus emociones con aquellos ojos, dejando ver a la gente sólo lo que quería que vieran, no lo que sentía realmente. Sus labios rozaron suavemente los párpados cerrados. A las vírgenes indefensas había que tratarlas con mucha suavidad. Las vírgenes temen inevitablemente el dolor que sentirán cuando les arrebaten sus defensas una por una. Ella amaba a aquel hombre por cada error que había cometido, por cada error que iba a cometer. Clay estaba temblando. Lasciva, descarada, inmoral. Las palabras cruzaron su mente y comprendió lo que estaba haciendo, pero no se sentía así. Siempre había amado a aquel hombre. Pero no era aquello lo que importaba. Porque en aquella ocasión, por primera vez, quizás estaba ofreciendo todo lo que ella era, sincera y dolorosamente, y al infierno con los riesgos. Nunca antes se había sentido tan mujer, tan fuerte, tan segura.

– ¡Maldita sea, encanto…!

Una cosa era sentirse fuerte y segura y otra estar de puntillas eternamente. Posó las plantas en el suelo al tiempo que se cogía de la bata de Clay. Apoyó la mejilla en su pecho y la frotó contra la piel. Su cuerpo estaba más caliente que un horno. Los labios de Liz buscaron el calor, revolotearon sobre los planos pezones y el musculoso pecho. Comprobó que parte del cuerpo de él seguía siendo como una roca, pero sólo una parte. La parte que debía serlo. Los dedos de Liz descendieron por el estómago y descubrieron mechones de pelo rizado. Hasta los gigantes tienen su punto límite. El de Clay llegó con un ronco suspiro. Se apoderó de la boca de Liz como si fuera la primera vez que probaba una boca femenina. Entonces el colchón hizo algo mágico. Subió al encuentro de la espalda de Liz y de pronto Clay estaba encima de ella.

Sus manos le acariciaron la cara.

– Me temo que vayas a lamentar esto.

– No hay la menor posibilidad de que yo llegue a lamentar esto.

Él meneó la cabeza y volvió a besarla mientras las palmas de sus manos se deslizaban por la piel de Liz, por su cuello, pechos y vientre. Las braguitas estuvieron en el suelo inmediatamente. El corazón de Liz nunca había latido tan deprisa. Sabía con anterioridad que él era un hombre generoso, pero nunca lo había comprendido tan bien. La luz amarillenta mitigaba la absorta concentración de los ojos de él, la ternura de sus manos, que deseaban conocer, complacer, disfrutar.

Clay encontró lo que esperaba: vulnerabilidad, fragilidad. ¡Y su piel! ¡Y su olor! ¡Y sus piernas rodeándole! ¡Y los ruiditos que hacía! La lengua de Liz podía dejar sin sentido a un hombre. Sus manos podían hacer que un hombre olvidara su pasado, el presente, todo. Su reacción podía hacer que un hombre se creyera capaz de cualquier cosa, de ser cualquier cosa, de tener cualquier cosa. Deseaba ahogarse en ella. Su lengua acarició los pezones femeninos. Su palma acarició el muslo femenino lentamente hasta que el vello del suave nido le rozó la mano. Cuando abrió la mano, ella se arqueó hacia él, flexible y complaciente.

– Clay, no voy a romperme.

Su voz no era más que un hilito.

Deslizó las manos por las caderas de Clay, presionándole contra ella, susurrándole su deseo. No era de porcelana china. No era algo inapreciable. Solamente era una mujer. Aunque hubiera tardado tanto en comprender que aquello era lo único que quería ser.

Él la cubrió y ella le atrajo a su interior. El ritmo se inició con una ferocidad primaria que carecería de sentido para quien no lo hubiera experimentado. Quizás aquella música sólo les perteneciera a ellos. Quizás la música fuera tan íntima que sólo ellos dos pudieran compartida. Sólo ellos dos; así de fácil, así de sencillo.

Capitulo Nueve

– ¿De dónde sacaste esa extravagante lencería?

– ¿Te gustó el satén negro?

– No.

Liz soltó una risita con la cabeza en el hombro de Clay.

– ¡Oh, sí! Te gustó.

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