Jennifer Greene - Toda una dama

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El hogar está donde está el corazón, y Liz Brady había vuelto finalmente a Favensport, Wisconsin, a sus raíces… y a Clay Stewart, a quien amaba desde hacía años. En esta ocasión estaba totalmente decidida a demostrarle que no era la niña inocente a la que él solía proteger.
Pero Clay ya había notado que liz había madurado. Ahora era una dama, y las damas deben estar en pedestales. No se relacionan con tipos de dudosa reputación, sobre todo con los que dirigen un motel, con no muy buena fama, en las afueras del pueblo. Pero Clay no había contado con la determinación de Liz… ni con el poder de su amor por ella…

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– Eres una mujer peligrosa.

– Gracias

– No es un cumplido necesariamente -sus dedos no dejaban de acariciar el pelo femenino-. En la fiesta, todos los hombres te devoraban con la vista.

– En la fiesta, las mujeres no dejaban de tocarte.

– ¿Por eso apareciste en mi puerta a las dos de la madrugada desnuda?

– Por supuesto que no. Vine a darte las gracias personalmente. Eres la única persona de todo el pueblo que no empezó una conversación con un «¿Qué te has hecho en el pelo?» desde que me lo corté.

– ¿Siempre das las gracias de un modo tan particular?

– Siempre.

– Tu pelo me gusta mucho. Sobre todo ahora.

– ¿Ves lo amable que eres? -ella se incorporó y le besó-. Dentro de cuatro años habrá crecido.

– Boba.

Él seguía sintiendo su beso en la boca. La mirada de Clay vagó sin poderlo evitar por los labios rojos y los ojos soñolientos. La primera vez había tenido excusas por haber perdido el control. Liz era capaz de tentar a un santo. La segunda vez no había tenido excusas. Se había olvidado de tener cuidado y sólo había pensado en poseerla con un deseo feroz y una pasión sin inhibiciones que había hecho trizas su sensatez.,¿Qué iba a hacer con ella?

– Mentí -murmuró ella.

– ¿Sobre qué?

– No vine aquí porque te gustara mi pelo -le informó.

– ¿No?

Él colocó la colcha alrededor de la barbilla de ella. Ya había intentado levantarse dos veces y él sabía que quería irse antes de que Spencer se despertara. Nunca antes se le había presentado aquel problema. Nunca había llevado una mujer a dormir allí. Sí, ella tenía que irse. Pero todavía no. Bastante le fastidiaba que fuera necesario que se marchara. Liz no era el tipo de mujer a la que se le podía hacer el amor y echar luego. Pero la cuestión era que nunca debería haberle hecho el amor.

– Vine aquí -le dijo Liz-, porque quería dormir con un hombre malo. Un hombre con pasado, la clase de hombre que una dama debe evitar. ¿No era eso lo que estabas intentando decirme en el coche, Clay?

Él la observó inquieto mientras ella se liberaba de las mantas y se le subía encima como si él fuera su colchón personal. Clay no estaba preparado para hablar en serio ni para pensar, no a las cinco de la mañana y después de la noche pasada. El peso de sus cálidos pechos y su vientre no favorecía su capacidad de concentración.

– Yo también tengo un pasado -comentó ella en tono superficial-. He intentado seducirte tres veces, Clay ¿Qué opinas ahora de mi moralidad?

– Nada. Excepto que a veces confundes las cosas.

– Más que eso. Yo también he cometido errores. Cortes de pelo. Matrimonios equivocados. Elecciones profesionales erróneas. He hecho daño a la gente, Clay, de un modo imperdonable. ¿De verdad crees que tú eres el único?

– Encanto, estás chiflada.

Su voz era tierna. La besó en la frente y la mejilla.

– Tú no eres capaz de hacer algo imperdonable, Liz.

– Te equivocas.

– Tengo razón.

– Te concedo que eres un cabeza dura. ¿Puedo decirte algo?

– No.

Ella sonrió.

– En contra de lo que pareces creer, yo no soy una monada confusa. Estaba muy confusa después de la separación, pero eso fue hace más de un año. Me siento culpable y pesarosa por esa relación, Clay, pero en ningún momento busqué a un hombre para que hiciera más soportables esos sentimientos. Y tampoco soy una divorciada hambrienta de sexo. Si tomamos como ejemplo mi vida sexual con mi ex marido podía haber estado sin hacerlo durante diez o veinte años más.

Él estaba intentando interrumpirla para hablar, pero ella se lo ponía difícil frotándole un dedo en los labios.

– Está muy claro. Vine aquí porque te amo. Por ninguna otra razón.

A las tres de aquella tarde, Liz estaba en el exterior del edificio de la Cámara de Comercio. El cielo azul blanquecino hacía juego con un día tremendamente frío. Los dedos de los pies se le habían helado en el corto trayecto desde el coche. Por dentro seguía caliente. El recuerdo de su unión amorosa con Clay seguía ardiente en ella. Durante todo el día había tenido la impresión de que por sus venas corría una nueva fuerza en vez de sangre. Había corrido el riesgo de entregarse a Clay, había actuado siguiendo sus emociones, su instinto femenino. En otra época había llegado a creer que nunca podría hacerlo. Amar a Clay no borraba los errores que había cometido. Pero amarle le había enseñado que entregarse no significaba sacrificarse. La sinceridad tenía mucho que ver con creer en sí misma, en que era una mujer que valía la pena.

Tendría que enseñarle muchas cosas a Clay, pero no en ese momento concreto. Reunió todo su coraje, empujó las puertas de cristal y entró. La oficina de la Cámara de Comercio no había cambiado desde su última visita, desde la fallida entrevista que recordaba demasiado bien. La moderna oficina estaba decorada en corales y grises. La mujer de pelo blanco recogido en moño seguía llevando gafas y una sonrisa más eficiente que acogedora.

– ¿Puedo ayudarla?

– Sí. Soy Liz Brady y quisiera saber si el señor Graham está libre.

– ¿Tiene usted una cita?

– Me temo que no.

Las mecanógrafas tecleaban a fondo. Sonaba un teléfono como la última vez. La última vez, el señor Graham no había tardado ni diez minutos en comprender que ella no tenía la titulación de relaciones públicas requerida. Ella había tardado menos de diez minutos en cruzar la puerta rápidamente, avergonzada por no disponer de las credenciales precisas y terriblemente consciente de que lo que ella tenía que ofrecer tampoco era bastante bueno.

– Bien, voy a ver -dijo la mujer canosa y pulsó un botón del teléfono-. Señor Graham… -un momento después dijo-: Puede entrar, señorita Brady. Debo decirle que está muy ocupado esta tarde, pero si no va a tardar más de quince minutos…

– No lo haré -prometió Liz.

Llamó suavemente a la cerrada puerta gris y entró. Cuando la puerta se cerró tras ella, los ruidos de la oficina se amortiguaron.

El señor Graham estaba sentado tras un escritorio de pulida madera de nogal.

Estaba en la cincuentena, arrugas de expresión marcaban su boca y su pelo era una pelusilla castaña con una calva clerical en la coronilla. A su corpulenta figura le sobraban unos diez kilos. La primera vez no había sido grosero, sino firme simplemente.

– Siento molestarle por segunda vez, señor Graham. Para ser sincera, no estaba segura de que quisiera verme otra vez -confesó Liz cuando él se levantó y extendió una mano sobre la mesa.

– Tonterías, señorita Brady: Espero que no sienta resentimientos por aquella entrevista. Dígame qué puedo hacer por usted.

– ¿Ha cubierto ya ese puesto?

– Todavía no, pero creo que ya le dije a usted que no teníamos prisa. No es que Ravensport no necesite un buen estímulo, pero podemos dedicar varios meses a encontrar a la persona adecuada. Siéntese, siéntese.

– Gracias.

Ella se quitó el abrigo, pero no pudo relajarse lo suficiente para sentarse en el borde del sillón. Sabía que su nerviosismo se notaba.

– Quería hablarle de ese trabajo, señor Graham.

– ¡Oh! Bueno…

Él parecía incómodo. Ella podía ver que estaba pensando en algún método de librarse de ella.

– Sí, ya sé que usted me rechazó y para mí es muy incómodo volver aquí, señor Graham… -tomó aliento-. Creo que lo hice muy mal el otro día y comprendo que no desee escucharme, pero se lo agradecería. Le prometo que no le entretendré ni siquiera diez minutos.

– La escucharé. Pero…

– No tengo la titulación requerida. También es cierto que he estado diez años fuera del pueblo y si está buscando a alguien rápido y atrevido… -ella sonrió-. Confieso que nunca serviré para algo así. La verdadera naturaleza de una buena bibliotecaria es todo lo que puedo ofrecerle, señor Graham. Estamos hablando de no conformarse nunca con la superficie de las cosas. Estamos hablando de comprometerse a investigar todos los rincones, todas las opciones, todos los hechos, y de personas perfeccionistas con las que puede ser terrible trabajar. Quizás estos datos no le parezcan los adecuados…

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