Tenía que estar de acuerdo. Era lo único que iba a conseguir
– Muy bien.
– Estupendo.
Después de cerrar la maleta, Tammy miró la carta dirigida a ella. Pero en lugar de abrirla la guardó en la mochila.
– Puede quedarse en la suite -dijo Marc-. Está pagada hasta final de mes.
– No voy a quedarme en esta suite. Y tengo dinero para pagar una habitación, no se preocupe -replicó ella-. No me gusta depender de nadie, Alteza. Nos veremos a las siete.
A medida que se acercaba la hora, Tammy se sentía más confusa que nunca.
¿Confusa? Eso era decir poco. Se sentía furiosa, dolida, triste…
Pero debajo de todo eso estaba Henry. Lo más importante era él, se dijo. Había pedido una habitación sencilla, no tan aparatosa como la suite, y estaba sentada en el suelo, intentando hacerle sonreír
Él la miraba con sus ojos enormes como miraba la ventana, algo que se aprecia con cierto interés pero sin la menor emoción.
Tammy pidió un puré de manzana al servicio de habitaciones y, cuando iba a dárselo, el niño abrió la boca como un pajarito. Evidentemente, estaba acostumbrado a que le dieran de comer… pero no estaba acostumbrado a jugar. Tammy hacía el avión con la cucharilla y él la miraba como si lo estuviera traicionando.
– Tienes que buscar el avión con la boca… Brrrr-rruuuuuuuuummmmm, ¿ves así?
Hacía círculos con la cucharilla, riendo, y Henry la miraba como si fuera la criatura más misteriosa que había visto nunca.
– Vamos a hacerlo otra vez.
Y en el quinto círculo…
Los ojos de Henry se iluminaron y una sonrisa iluminó su rostro.
Tammy estuvo a punto de ponerse a llorar otra vez.
Iba a funcionar, se dijo. No sabía muy bien cómo porque su mundo estaba patas arriba, pero tenía que funcionar. De una cosa estaba segura: donde fuera ella, iría Henry.
Cuando por fin se quedó dormido lo metió en el moisés. No tenía juguetes, no había un solo juguete entre todas sus cosas. Era increíble.
Y cuando lo vio, dormidito, no podía apartar los ojos de él.
Pero eran las seis y media. Con desgana, se duchó y se puso unos vaqueros limpios y una camiseta, lo único que llevaba en la mochila, y se sentó a esperar a Marc.
Y a leer la carta.
Era de Lara. Escrita cuatro meses antes y guardada en una maleta.
Y era importante.
Tammy estaba leyendo la carta por enésima vez cuando un golpecito en la puerta anunció la llegada de Marc.
Por un momento pensó en no abrir, pero entonces… Él la había llevado al hotel, él había pagado la niñera. Si no fuera por Marc, no se habría enterado de la existencia de su sobrino. La carta podría haberse quedado allí, sin abrir, para siempre.
Y el destino de Henry… no quería ni pensarlo.
Tammy abrió la puerta y al ver al hombre que había al otro lado se quedó de piedra.
Su Alteza Real, el príncipe regente de Broitenburg con uniforme era una cosa, pero Marc con unos pantalones y una sencilla camisa era… como para tragar saliva.
Iba un poco despeinado y sus ojos grises estaban llenos de humor.
A Tammy le dieron ganas de dar un paso atrás. O quizá de dar un paso adelante, pero no iba a hacerlo.
– ¿Henry está dormido?
– Sí. Pase.
– Gracias. He traído algo para él -dijo Marc, mostrándole un oso de peluche.
– ¿Cómo sabía que eso es precisamente lo que necesita?
– No soy insensible, señorita Dexter. Aunque usted lo crea.
– Muchas gracias -murmuró Tammy, tomando el osito. Era precioso, de una lana muy suave, perfecto para un niño tan pequeño. Tenía una sonrisa simpatiquísima y, por primera vez en mucho tiempo, le entraron ganas de sonreír.
– ¿Dónde lo ha encontrado?
– En la vigésimo cuarta tienda de juguetes -contestó Marc-. O a lo mejor no fueron tantas, pero no me lo ha parecido. ¿Sabe que hay cientos de modelos de ositos de peluche?
– Claro que sí -sonrió Tammy, dejando el osito en el moisés del niño-. Es precioso, gracias. Marc miró alrededor.
– Esta habitación es muy pequeña. Yo dije en recepción que le dieran una suite…
– Y yo les dije que quería una habitación sencilla. Me gusta más. -Pero si pago yo…
– No. Ya le dije que prefiero pagar mis cosas. Él la miró como si nunca hubiera conocido a nadie así. Y Tammy levantó la barbilla con gesto desafiante.
Marc sonrió. El príncipe Marc de Broitenburg parecía divertido. Los campesinos se rebelaban y al príncipe le divertía el asunto.
– Podríamos llamar a la niñera del hotel y bajar al restaurante.
– No pienso dejar a Henry -contestó Tammy con firmeza.
Marc dejó de sonreír. Estaba muy bien que los campesinos se rebelaran, pero siempre que no interfiriesen con los planes de la realeza, claro. -El restaurante sería más cómodo. -No.
– Señorita Dexter…
– No va a llevárselo -lo interrumpió ella-. Me da igual quién sea usted y me da igual los ositos que le haya comprado. Henry se queda conmigo. -Es imperativo que vuelva a su país.
– Es imperativo que se quede conmigo. Tiene diez meses y nadie lo ha querido.
– Yo puedo darle los mejores cuidados -insistió Marc.
– No lo entiende, ¿verdad? No se puede comprar amor para un niño. Yo no tengo su dinero, pero…
Pero él no la estaba escuchando.
– Mire, si es una cuestión de dinero…
– No lo es.
– Soy muy rico, señorita Dexter. Y puedo garantizarle que Henry estará bien cuidado, que tendrá los mejores pediatras, los mejores psicólogos. Además, puedo darle esto -dijo Marc, sacando un papel del bolsillo.
Era un cheque. Tammy lo miró, perpleja. ¿Cuántos ceros tenía? No había visto nunca una cantidad semejante.
Pero eso la puso furiosa. Pensó en la carta que acababa de leer y sintió una rabia inmensa. Dinero. Eso era todo. Henry no era más que el resultado de un deseo de riquezas y posición.
– Podría retirarse con lo que le estoy ofreciendo. Podría vivir en hoteles como éste. No tendría que volver a trabajar.
Estaba sonriendo. Tenía la poca vergüenza de sonreír.
Esperaba que aceptase, claro.
Tammy tomó el cheque, lo rompió en pedacitos y los dejó caer sobre la moqueta.
Pero él, aparentemente, seguía sin entender porque la miraba como si estuviera loca. Y entonces Tammy, sin poder evitarlo, levantó la mano y le dio una bofetada.
Nunca había pegado a nadie. Y en menos de tres horas le había tirado un paquete de leche y le había dado un bofetón a aquel hombre…
Pero daba igual.
– Salga de aquí. No quiero volver a verlo en mi vida. Ni a usted ni a su familia ni su dinero…
– ¿Qué? -murmuró él, tocándose la cara con expresión incrédula.
Los campesinos se habían rebelado, desde luego… ¡y con qué violencia!
– Ustedes mataron a Lara. Ustedes son los responsables… -Tammy volvió a levantar la mano, pero Marc la sujetó.
Una pareja que pasaba en aquel momento por el pasillo se detuvo, sorprendida.
– ¿Qué pasa aquí?
Mascullando algo entre dientes, Marc cerró la puerta.
– ¿Ve lo que ha hecho?
– ¿Destrozar su reputación? Seguramente no soy la primera mujer que le da una bofetada -replicó Tammy.
– Lo crea o no, es la primera vez que me pasa… ¿Qué estaba diciendo de mi familia?
– He leído la carta de mi hermana. Escrita hace cuatro meses.
– ¿Y?
– Lara estaba asustada. Su marido tomaba drogas, siempre estaba borracho… -Lo sé.
– ¿Usted lo sabía? -exclamó Tammy.
– Jean Paul era un arrogante y un idiota. Desde pequeño le dejaron hacer todo lo que quería y no era más que un niño mimado. Se convirtió en alcohólico a los dieciocho años y no cambió al conocer a su hermana. Ella sabía dónde se estaba metiendo.
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