Marion Lennox - Amor en palacio

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Tammy se sorprendió al descubrir que se había convertido en la tutora de su sobrino huérfano, Henry, que algún día sería príncipe de un país europeo Marc, el príncipe regente, quería que fuera educado en la realeza,y no estaba a acostumbrado a recibir negativas. Pero Tammy una combativa australiana, no tenía tiempo para los títulos, y estaba decidida a darle a su sobrino todo el amor que necesitaba,,, incluso si tenía que mudarse a palacio.
Pero mientras Tammy y Marc se enfrentaban por el futuro del bebe, la pasión que nació entre ellos se hizo imposible de resistir.
¡ESTABA OBLIGADA A VIVIR CON UN PRINCIPE!

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La acción dejó a todos sorprendidos. Incluso a ella.

– Lo siento. No debería haber hecho eso.

– Era mi mejor uniforme -murmuró Marc. A Tammy le pareció que se le escapaba una sonrisa, pero no podía ser. ¿O sí? También a ella le dieron ganas de reír.

– Supongo que tendrá cientos de uniformes en su casa.

– Sí, pero están en Broitenburg.

– Pues entonces tendrá que volver a Broitenburg así.

– Tengo más trajes.

– ¿Brocado, capas de terciopelo, coronas y cosas así?

– No siempre voy vestido de uniforme.

– Una pena -dijo Tammy, señalando la bolsa-. ¿Tiene una maleta para llevarme todo esto? -le preguntó a la niñera.

– No lo sé -contestó la joven-. Si se lleva al niño, ¿eso significa que ya no tengo trabajo?

– Su tía tiene autoridad para cuidar de él -intervino Marc-. Pero le pagaré todo el mes, no se preocupe.

– Muy bien. De todas formas, estaba harta del trabajo.

– No me diga -murmuró Tammy, irritada.

– Hay maletas en el armario… por cierto, no será usted la tía Tammy, ¿verdad?

Ella miró a la joven, sorprendida.

– Sí, soy yo.

– Hay una carta dirigida a usted. Está en una de las maletas.

– ¿Una carta? ¿De quién?

– No lo sé -contestó Kylie-. Va dirigida a Tammy Dexter y debajo pone: «Tía Tammy», entre comillas, como si fuera una broma.

– Ve por ella -dijo Marc.

Quizá en esa carta encontraría una respuesta, pensó. O, al menos, podía ganar tiempo. Aunque debía reconocer que la rabia de Tammy era comprensible. Que hubieran tratado así a un niño era imperdonable.

Marc y ella se quedaron solos cuando la niñera desapareció. El niño miraba de uno a otro, pero no mostraba ninguna emoción.

– No puede llevárselo -dijo Marc.

– Sí puedo. Ha dicho que Henry es ciudadano australiano y yo soy su tutora legal. Usted no es su tío siquiera.

– No, pero…

– Pero nada.

– Su madre me ha dado permiso

– Pero no tiene dinero para criar…

– ¿Quién dice que no lo tengo? -replicó Tammy, echando un paquete de leche materna en la bolsa.

A su lado, Kylie miraba la escena con expresión de sorpresa.

– Está claro que no tiene usted medios. Sólo hay que verla para… -empezó a decir Marc.

Un error. Un terrible error. Tammy tomó un paquete de leche materna y se lo tiró a la cara. El paquete lo golpeó en el pecho, se rompió y lo cubrió de polvo blanco.

La acción dejó a todos sorprendidos. Incluso a ella.

– Lo siento. No debería haber hecho eso.

– Era mi mejor uniforme -murmuró Marc. A Tammy le pareció que se le escapaba una sonrisa, pero no podía ser. ¿O sí? También a ella le dieron ganas de reír.

– Supongo que tendrá cientos de uniformes en su casa.

– Sí, pero están en Broitenburg.

– Pues entonces tendrá que volver a Broitenburg así.

– Tengo más trajes.

– ¿Brocado, capas de terciopelo, coronas y cosas así?

– No siempre voy vestido de uniforme.

– Una pena -dijo Tammy, señalando la bolsa-. ¿Tiene una maleta para llevarme todo esto? -le preguntó a la niñera.

– No lo sé -contestó la joven-. Si se lleva al niño, ¿eso significa que ya no tengo trabajo?

– Su tía tiene autoridad para cuidar de él -intervino Marc-. Pero le pagaré todo el mes, no se preocupe.

– Muy bien. De todas formas, estaba harta del trabajo.

– No me diga -murmuró Tammy, irritada.

– Ve por ella -dijo Marc.

Quizá en esa carta encontraría una respuesta, pensó. O, al menos, podía ganar tiempo. Aunque debía reconocer que la rabia de Tammy era comprensible. Que hubieran tratado así a un niño era imperdonable.

Marc y ella se quedaron solos cuando la niñera desapareció. El niño miraba de uno a otro, pero no mostraba ninguna emoción.

– No puede llevárselo -dijo Marc.

– Sí puedo. Ha dicho que Henry es ciudadano australiano y yo soy su tutora legal. Usted no es su tío siquiera.

– No, pero…

– Pero nada.

– Su madre me ha dado permiso.

– Mi madre prometería cualquier cosa con tal de conseguir dinero. Si Lara dejó dicho en su testamento que yo era la tutora de Henry, no hay más que hablar.

Marc respiró profundamente, intentando conservar la calma. -Mire, señorita… -Tammy -lo corrigió ella. -Tammy. ¿Podemos hablar con tranquilidad? -Eso es lo que estoy haciendo. -Pero ya ha tomado una decisión. -¿Cuidar de mi sobrino? Es verdad. Pero no tengo alternativa. Después de ver cómo lo han tratado… -Le prometo que…

– ¿Lo cuidarán un montón de niñeras muy capaces? De eso nada.

– Kylie no es un buen ejemplo. -Desde luego que no -suspiró Tammy, tomando una novela que había sobre el sofá-. La esclava del vampiro. Qué bonito cuento para Henry.

– Estaba desesperado. Tenía que contratar a alguien de inmediato y no podía desplazarme a Sidney. -Y ha tardado semanas en venir. Genial. Pero no se preocupe, ahora está con su tía que va a cuidar de él.

– No lo entiende. Tengo que llevarme a ese niño.

Lo necesito. -¿Por qué?

– Es el heredero del trono de Broitenburg. Tammy lo pensó un momento. -Puede ser el heredero aquí, en Australia. Ahora mismo no va a sentarse en ningún trono, ¿no? Lo hará cuando sea mayor, cuando pueda decidir. Pero usted… todos ustedes se han mostrado incapaces de cuidar de él.

– ¿Y usted sí es capaz?

– Claro que sí. Incluso tengo experiencia.

– No la creo.

– Pues muy bien. Tampoco yo lo creo a usted. Hacemos una pareja perfecta.

– Pero tiene que escucharme. Quédese esta noche, por favor. Yo pagaré la habitación.

Tammy respiró profundamente.

– ¿En este hotel? ¿Con sábanas limpias y todo? No sé si podré soportarlo -replicó, irónica.

– No se ponga sarcástica.

– Y usted no se ponga condescendiente -contestó ella.

– Tiene que dormir en algún sitio, ¿no? -preguntó Marc, que estaba a punto de perder la paciencia.

– Supongo.

Además, tenía que saber más cosas de aquel niño. Tenía que saber qué había pasado, por qué estaba solo en Australia… tenía que saber si estaba vacunado, si tenía alguna alergia…

– Quédese esta noche -insistió Marc-. Kylie cuidará del niño mientras nosotros hablamos.

– Si vuelve a llamarle «el niño» me iré de inmediato. Se llama Henry. Y Kylie no va a cuidar de mi sobrino, yo cuidaré de él.

– Pero tenemos que hablar.

– Hablaremos con Henry a mi lado.

– No puedo…

– ¿No puede incorporar a un niño en sus importantes actividades? Pues peor para usted.

En ese momento apareció Kylie con la maleta. Tammy se sentó en el suelo y empezó a colocar las cosas sin soltar a Henry, como si estuviera acostumbrada.

¿Tendría hijos?, se preguntó Marc. El detective le dijo que era soltera, pero…

No sabía nada de ella. Pero el niño se apoyaba en su pecho como si, por fin, hubiera encontrado a su familia.

Marc sintió algo raro, una emoción desconocida. Aquella mujer y él pertenecían a mundos opuestos, pero los valores que eran importantes para las mujeres que él conocía, no parecían serlo para Tammy.

Tenía que convencerla para que le diese el niño. Tenía que hacerlo. Pero ella se negaba.

La imposibilidad de la situación empezaba a desesperarlo de tal forma que cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, ella lo estaba mirando. -O sea, que está metido en un buen lío, ¿no? Por primera vez había algo de simpatía en su voz. -Estoy metido en un buen lío -suspiró Marc. Tammy lo miró un momento en silencio y luego pareció tomar una decisión.

– Déme un par de horas a solas con Henry y me quedaré en el hotel esta noche. Y cuando se duerma podremos cenar juntos. ¿De acuerdo?

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