– ¿Entiendes cuál es la responsabilidad de lo que estás haciendo? -le preguntó Kateb a Victoria.
– Sí. Tengo un plan. He llamado al palacio de Bahania y he hablado con uno de los príncipes. Le darán trabajo en los establos. He oído que se le dan bien los caballos. Allí se ocuparán de él. Podrá empezar de cero.
– ¿Por qué lo haces? -le preguntó Kateb-. Ni siquiera conoces al chico.
– Porque me da pena. Perdió a su padre cuando era pequeño y se quedó solo. Vas a tener que cambiar eso.
– Sí, tendré que hacer algo.
– Bien. No creo que Fuad sea malo. Creo que está enfadado. No es lo mismo. Quiero darle una oportunidad.
– ¿Es ése el único motivo?
– No. También sé que tú no quieres que muera. Lo hago por ti.
A su alrededor, los presentes empezaron a murmurar. Kateb los ignoró y miró sólo a la mujer que tenía delante. La mujer a la que amaba.
– Te concedo la vida de Fuad. ¿Qué me das tú a cambio?
Los guardias se llevaron al muchacho.
– ¿Qué deseas? -le preguntó Victoria.
– Esto es lo que quiero -continuó Kateb-. Quiero el resto de días de tu vida. Quiero tu corazón, tu alma y tu cuerpo. Quiero tus hijos, tu futuro, tu sabiduría, tu risa. Te quiero toda, Victoria McCallan.
– Eso es mucho -dijo ella entre dientes-. ¿Por qué debería dártelo?
– ¿Quieres que te lo diga en público?
– Si no puedes decírmelo delante de tu gente, es que no tiene valor.
El se levantó y fue hacia ella. Tomó su rostro con ambas manos y la miró a los ojos.
– Te amo. Te he amado desde el momento en que te vi, pero he luchado contra ello. Te ofrezco todo lo que tengo y todo lo que soy. Eres mi mundo. Quédate conmigo, cásate conmigo. Ámame.
– De acuerdo.
– ¿Eso es todo lo que tienes que decir?
– Sí.
– ¿Me quieres?
– Ya te lo he dicho cuarenta veces.
– Quiero volver a oírlo.
– Eres muy exigente -se rió ella-. Te quiero, Kateb.
Todo el mundo los aclamó.
– ¿Te casarás conmigo?
– Sí.
– Bien -la besó-. Eso significa que vas a ser una princesa. Podrás comprarte los zapatos que quieras.
– Van a ser muchos -se rió ella.
– El palacio es grande.
Noche de Navidad
Victoria estaba tumbada sobre los cojines que había delante del árbol de Navidad, al lado de la chimenea. Kateb se tendió a su lado y la rodeó con el brazo.
– ¿Has tenido un buen día? -le preguntó Victoria.
– Nunca había pasado una Navidad igual.
Ella se levantó y fue hacia el árbol. En la parte trasera, metido entre dos ramas, había un último regalo. Tomó la pequeña caja y se la llevó a Kateb.
– Para ti -le dijo, sentándose junto a él.
El se incorporó con el ceño fruncido.
– Yo no tengo nada más para darte.
– Ya me has regalado bastantes cosas: cinco pares de zapatos, diamantes, ropa. Sólo me ha faltado el poni.
– ¿Quieres un poni?
– No, quiero darte esto.
Victoria no había estado segura hasta un par de días antes. Y había necesitado la ayuda de Yusra para conseguir el regalo.
Observó cómo el hombre al que amaba abría la caja y sacaba unos minúsculos patucos y, luego, bajaba la vista a su estómago.
– ¿Estás segura?
– He conseguido un test de embarazo y todo. Aunque no me ha sido fácil -se mordió el labio inferior-. ¿Estás contento? Quiero que estés contento.
El la tomó entre sus brazos y la besó.
– Gracias -susurró-. Gracias.
Sus ojos oscuros brillaron de orgullo y placer. Sus brazos eran para ella, como siempre, un refugio. Kateb le había dado el mundo… y su corazón. No podía pedirle más.
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