Hermann Hesse - Viaje a Oriente

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Viaje a Oriente: краткое содержание, описание и аннотация

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Como en todos los viajes iniciáticos, en El viaje a Oriente lo que cuenta no es la meta esquiva e imprecisa, sino el recorrido en sí mismo, el proceso que lleva a sus protagonistas hacia el descubrimiento de una nueva realidad, que pasa por la muerte simbólica y el renacimiento espiritual. Esta novela es, junto con Siddharta, la más importante contribución de Herman Hesse al tema del desarrollo interior del hombre y la búsqueda del sentido de la existencia. Se trata de una novela breve claramente alegórica, en el que un singular viaje colectivo hacia Oriente, una especie de mística Cruzada emprendida por una misteriosa hermandad, sirve de base para un vigoroso y poético alegato a favor de otro tipo de relaciones, más auténticas y profundas, con uno mismo y con el mundo. Es un viaje fantástico que, como los viajes de la imaginación y de los sueños, se salta las barreras del espacio y del tiempo, pues su objetivo no es otro que el de englobar la experiencia humana en un todo armonioso y significativo.

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Aunque me equivocara al suponer en los demás la existencia de los mismos sentimientos que a mí me dominaban, aunque más adelante me engañase respecto a mis propias ideas y a mis vivencias y en muchas cosas que sucedieron en realidad, bastante más tarde y que yo subjetivamente situé en aquella fecha, a pesar de todo, existe el hecho asombroso del equipaje de Leo. Prescindiendo de mis impresiones personales, ocurrió algo extraño, fantástico que vino a aumentar considerablemente nuestros temores. Fue lo siguiente: En el curso de nuestra estancia en el desfiladero de Morbio, mientras proseguíamos la infatigable búsqueda del desaparecido, notó primero uno, luego otro, y bien pronto todos, la desaparición de algo importante, de alguna cosa imprescindible en su equipaje. No fue posible encontrar dichos objetos por ninguna parte, y cada cosa que se echaba a faltar se sabía con certeza que tenía que encontrarse en el equipaje de Leo. Pero el equipaje de Leo, como el de todos, se reducía a una simple mochila de excursionista. Sin embargo, no había duda posible, todas aquellas cosas importantes que cada uno de nosotros llevaba consigo en el viaje, se hallaban ahora en la misteriosa mochila que desapareció con su dueño. Aunque se trate de la conocida debilidad humana, que valora excesivamente y considera imprescindible un objeto en el momento preciso de su pérdida aunque en realidad alguno de aquellos objetos que notamos a faltar en el desfiladero de Morbio y cuya desaparición tanto nos había consternado se encontrase de nuevo y su falta no resultara realmente de tanta importancia, nosotros no lo sentíamos así y, con una inquietud justificada, vivíamos pendientes de la desaparición de una serie de objetos que reputábamos de suma importancia. y sucedió que, poco a poco, fuimos encontrando de nuevo, entre nuestras provisiones, aquellos objetos que injustamente habíamos dado por perdidos y sobre cuyo valor nos habíamos equivocado. Si hemos de exponer aquí lo esencial y dejar constancia de lo absurdo de nuestra situación, baste con decir que, en el transcurso del viaje y para bochorno nuestro, muchos de los instrumentos, joyas, mapas y documentos que encontramos a faltar, se nos revelaron después como totalmente inútiles. Parecía como si cada uno de nosotros hubiera forzado a su imaginación a considerar las pérdidas como irreparables, tomando la desaparición de un objeto cualquiera de su pertenencia como lo más importante del mundo, deploran-forzado a su imaginación a considerar las pérdida de su pasaporte, otro de sus mapas, un tercero de la carta de crédito para el califa, otros de esto o de aquello. Al final, cuando volvió a recuperarse todo pieza por pieza- y se reconoció la escasa importancia y valor de los objetos perdidos, pudimos confirmar, con toda seguridad y de un modo definitivo, la pérdida de un documento de un valor incalculable, un documento básico e imprescindible para nuestro Círculo. Pero, en esta cuestión divergían las opiniones. ¿Se hallaba realmente el tal documento en el equipaje de Leo? ¿Lo llevábamos realmente con nosotros? Aunque existiera unanimidad absoluta sobre el gran valor del documento y la gran importancia de su pérdida, muy pocos se atrevieron, entre ellos yo, a afirmar que lo lleváramos con nosotros desde el principio del viaje. Unos opinaban que en la mochila de Leo iba algo parecido, pero que en modo alguno se trataba del documento original, y sí sólo de una copia; los demás estaban dispuestos a jurar que jamás se había tenido intención de llevar el documento original o la copia con nosotros, afirmando que tal cosa hubiera significado una burla al sentido de nuestro viaje. Esto originó calurosas discusiones que trajeron aparejadas una gran cantidad de opiniones contradictorias sobre el lugar donde realmente se encontraba el original, no sabiendo si realmente habíamos poseído la copia o si la habíamos perdido. El documento, se afirmaba, había sido depositado en el Gobierno de Kyhauser. «No — replicaban algunos—, está enterrado junto con la urna que contiene las cenizas de nuestro Maestro.» «¡Tonterías! — replicaban otros —. Este documento fundamental del Círculo fue manuscrito por el Maestro con la escritura especial para esta clase de documentos que sólo él conocía y, por su expresa voluntad, fue quemado conjuntamente con su cadáver.» La cuestión relativa a dónde pudiera hallarse el documento no tenía la menor importancia, ya que después de la muerte del Maestro ningún ojo humano hubiera podido descifrarlo. De todas formas, era muy conveniente saber dónde se encontraban las cuatro — otros decían seis— traducciones del original, que en tiempos del Maestro y bajo su dirección habían sido hechas. Se afirmaba que existía una en chino, otra en griego, una tercera en hebreo y una cuarta en latín, depositadas todas en las cuatro capitales antiguas. Se expusieron aún muchas opiniones y muchos puntos de vista; algunos mantuvieron tercamente sus afirmaciones, otros se dejaron convencer por la argumentación que les ofrecía la parte contraria, para cambiar a poco de punto de vista. En fin, a partir de entonces ya no existió ninguna seguridad y unidad en nuestra comunidad, a pesar de que la gran Idea nos mantenía aún unidos a todos.

Me acuerdo perfectamente de aquellas primeras disputas. ¡Era algo tan nuevo e increíble en nuestro Círculo, hasta entonces tan indestructiblemente unido! Desde luego, las desavenencias no influyeron en el mutuo respeto y cortesía: al principio al menos, no se produjeron peleas, reproches personales o insultos; para el mundo exterior éramos una comunidad entrañablemente unida. Oigo todavía las voces, veo aún el lugar donde estábamos acampados y en donde tuvieron lugar las disputas. Las primeras hojas doradas del otoño se desprendían de los árboles para caer en la tierra suavemente. Evoco aquellos rostros desacostumbradamente graves y veo todavía una hoja abarquillada que se posa sobre mi rodilla. Estaba allí y escuchaba las discusiones, sintiéndome cada vez más triste y oprimido. Entre aquellas discrepancias, yo mantenía con gran entereza la fe en mi creencia, la triste certidumbre de que, en efecto, el documento original se encontraba en la mochila de Leo y de que había desaparecido y perdido irremisiblemente junto con el criado. Por desconcertante que parezca, mi credulidad sobre este punto era inconmovible y ello me prestaba una cierta firmeza. Por aquel entonces creí poder trocar esta creencia por otra más esperanzadora. Sólo más tarde, cuando perdí definitivamente esta certidumbre y asimilaba cualquier punto de vista ajeno, comprendí lo que en el fondo significaba este último refugio de mi fe.

Pero ahora advierto que estos hechos no se pueden explicar como yo lo hago. Sin embargo, ¿cómo relatar la historia de este viaje único, la historia de una comunidad de almas, la historia de una vida tan sublime y tan repleta de elevados sentimientos? Como uno de los últimos supervivientes de la cruzada, quisiera salvar algo del recuerdo de aquella gran empresa; tengo la impresión de ser uno de aquellos humildes siervos que acompañaban a sus señores — por ejemplo, a Carlomagno— y que conservaban en su memoria una brillante serie de hazañas y de maravillas acaecidas a su señor, pero cuyas imágenes y recuerdos desaparecían con ellos, si no lograban retener parte de los mismos por medio de un cuadro o de la palabra, si no conseguían transmitirlos a la posteridad valiéndose de la canción o del relato oral. Pero, ¿cómo, de qué forma, por medio de qué arte me será posible a mí explicar la historia de nuestro viaje a Oriente? No lo sé. Ya este primer intento, este comienzo emprendido con las mejores intenciones del mundo, me conduce hacia lo incomprensible e inexpresable. Sólo trataba de reseñar lo que había retenido en mi memoria de los distintos acontecimientos e incidentes de nuestro viaje. Al principio, el intento lo reputé fácil. Pero ahora, cuando aún no me ha sido posible explicar gran cosa, me encuentro perdido en este fútil episodio de la desaparición de Leo, con la sensación de que tengo entre mis manos, en lugar de un fino tejido, una complicada madeja de infinitos hilos, para desenredar la cual se precisaría la labor de cien manos durante cien años, sin contar con que cada uno de estos hilos, cuando se le toca y se intenta tirar de él, es tan terriblemente frágil que al menor esfuerzo se rompe entre nuestros dedos.

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