Aunque la memoria de este historiador se mostraba un tanto turbia y, no obstante su evidente buena fe, presentaba todo de un modo bastante distinto de como ocurrió en realidad, ¿dónde residía el valor de mis propias anotaciones? Si diez historiadores hubieran comentado los días de Morbio Inferiore, cada uno hubiese contradicho a los nueve restantes. No, no era necesario proseguir mis esfuerzos como historiador. Tampoco era necesario leer aquellos relatos; todos bien podían pudrirse en sus archivos.
¡Temblé a la idea de todo lo que podía aún saber en aquella hora. Cómo cambiaba, se transformaba y se descomponía todo al ser mirado desde puntos de vista diferentes, de qué manera más despectiva e inasequible se ocultaba la faz de la verdad detrás de aquellos informes.
¿Qué era lo que todavía era verdad? ¿En qué podíamos creer aún? Y, ¿qué sucedería cuando consultara el archivo sobre mi propia persona, sobre mi historia?
Debía de mantenerme contra todo. De súbito, no pude resistir más aquella incertidumbre y aquella espera. Me dirigí al departamento Chatiorum res gestae, busqué mi ficha y mi número y hallé el compartimiento correspondiente a mi nombre. Era un pequeño cajón, pero cuando lo abrí no encontré ningún papel escrito dentro de él. No contenía nada más que una figurita una estatuilla de madera o de cera, de colores pálidos; una especie de ídolo bárbaro o de una divinidad pagana; una figura completamente incomprensible para mí. Era una fisura formada por dos, unidas por las espaldas. Durante un rato la contemplé desilusionado y asombrado. En aquel instante descubrí una vela metida en un candelabro de metal. La encendí; la figurilla quedó entonces completamente iluminada.
Lentamente se me reveló su significado. Empecé a sospechar y a reconocer lo que trataba de representar. Aquella figurilla era yo mismo, pero aquel retrato mío aparecía indeciblemente pálido y débil, tenía los rasgos borrosos y ofrecía un continente débil en una actitud moribunda, una actitud sin la menor firmeza. Parecía una pequeña estatuilla a la que hubieran dado el nombre de «Fugacidad», «Putrefacción» o algo parecido. Por el contrario, la otra figurilla, la que estaba unida con la mía, era de colores y formas vigorosas, y al contemplarla más detenidamente reconocí que se trataba del criado Leo, el Superior de los Superiores. En aquel momento descubrí otra vela en el cajón, la cual encendí también. Ahora no sólo podía ver claramente las dos figuras, que pretendían representar a Leo y a mí, sino que podía contemplar el interior de ambas, pues sus superficies eran transparentes, del mismo modo como podemos mirar a través del cristal de una botella o de una copa. Y en el interior de las dos figurillas vi agitarse algo lentamente, muy lentamente, tal como se mueve una serpiente adormecida. Era un movimiento muy lento y suave, algo como un fluir ininterrumpido o como el fundirse de un metal. Del interior de la figurilla que intentaba representarme fluía o se fundía algo hacia la efigie de Leo, y comprendí que el conjunto se disolvería cada vez más en la figurilla de Leo: le nutría, le fortalecía. Con el tiempo, toda la sustancia de mi cuerpo fluiría hacia el de Leo, y sólo sobreviviría uno de los dos: Leo. Él crecería, yo sucumbiría.
Mientras contemplaba y trataba de comprender todo aquello, recordé una conversación que sostuve con Leo durante los festivales en Bremgarten. Hablamos de que los personajes de la ficción son más vivos y reales que sus mismos creadores.
Las velas se apagaron, me sentí dominado por un cansancio enorme y grandes deseos de cerrar los ojos, y me alejé en busca de un lugar donde poder reposar y dormir.
FIN
Juego de palabras: Tan azul como la nieve — tan Pablo como Trébol.