Flint, que había entendido alguna palabra de la conversación en idioma elfo, le dio un codazo a Tanis.
—Ella y el caballero se llevarán perfectamente. A menos que antes los maten por alguna cuestión de honor —a Tanis no le dio tiempo a responder, Sturm se unió al grupo.
—Tanis —dijo Sturm acalorado—. ¡Los caballeros han encontrado la antigua biblioteca! Por eso están aquí. Encontraron unos documentos en Palanthas que decían que, hace cientos de años, todo lo que se sabía sobre los dragones estaba contenido en los libros de la biblioteca de Tarsis. El Consejo de los Caballeros los envió a averiguar si la biblioteca aún existía.
Sturm les hizo una señal a los caballeros para que se acercaran.
—Éste es Brian Donner, Caballero de la Espada. Aran Tallbow, Caballero de la Corona, y Derek Crownguard, Caballero de la Rosa —los caballeros se inclinaron para saludar.
—Y éste es Tanis Semielfo, nuestro jefe —dijo Sturm. El semielfo vio que Alhana se sobresaltaba y le dirigía una mirada dubitativa, mirando después a Sturm para comprobar si había oído correctamente.
Sturm presentó a Gilthanas y a Flint y finalmente se dirigió a Alhana.
—Princesa Alhana... —comenzó a decir, pero guardó silencio, avergonzado, al darse cuenta de que lo único que sabía de ella era su nombre.
—Alhana Starbreeze —completó Gilthanas—. Hija del Orador de las Estrellas. Princesa de los elfos de Silvanesti.
Los caballeros se inclinaron de nuevo.
—Aceptad mi más sincera gratitud por vuestro rescate —dijo Alhana serenamente. Recorrió el grupo con la mirada, deteniéndose un segundo más en Sturm que en los demás. Después se dirigió a Derek, a quien suponía ostentando el mando por pertenecer a la Orden de la Rosa—. ¿Habéis encontrado los libros que os envió a buscar el Consejo?
Mientras hablaba la elfa, Tanis examinó con interés a los caballeros, que ya no llevaban puestas sus capuchas. También él sabía lo suficiente de sus costumbres para deducir que el Consejo de los Caballeros —cuerpo gobernante de los Caballeros Solámnicos—, habría enviado a los mejores hombres. Observó especialmente a Derek, el mayor en edad y en rango. Pocos caballeros pertenecían a la Orden de la Rosa. Las pruebas eran difíciles y peligrosas, y sólo podían pertenecer a ella los de más puro linaje.
—Hemos hallado un libro, señora —respondió Derek— escrito en una lengua antigua que no comprendemos. No obstante hay dibujos de dragones, por lo que planeábamos copiarlo y regresar a Sancrist, donde confiábamos que fuese traducido por los eruditos. Pero aquí hemos encontrado a alguien que puede leerlo. El kender ...
—¡Tasslehoff! —exclamó Flint.
Tanis se quedó boquiabierto. —¿Tasslehoff? —repitió incrédulo—. Pero si casi no sabe leer el común. No conoce ninguna de las lenguas antiguas. El único entre nosotros que tal vez podría traducirlo es Raistlin.
Derek se encogió de hombros.
—El kender tiene unos anteojos a los que llama « de visión verdadera». Se los puso y fue capaz de leer el libro. Dice...
—¡Puedo imaginar lo que dice! —interrumpió Tanis —. Cuenta historias sobre autómatas, anillos mágicos, y plantas que viven del aire. ¿Dónde está Tas? Me parece que voy a tener una pequeña charla con Tasslehoff Burrfoot.
—«Anteojos de visión verdadera»... —masculló Flint—. ¡Y yo soy un enano gully!
Todos juntos se encaminaron hacia el lugar donde los caballeros habían descubierto la antigua biblioteca de Tarsis.
Los compañeros entraron en un edificio derruido. Trepando sobre escombros y cascajos, siguieron a Derek por un bajo pasadizo abovedado. Olía intensamente a moho y a rancio. Estaba muy oscuro y, tras la luminosidad del sol de la tarde, al principio nadie podía ver nada. Derek prendió una antorcha y les fue posible distinguir unas estrechas y sinuosas escaleras que descendían perdiéndose en la oscuridad.
—Construyeron la biblioteca bajo tierra —les explicó Derek—. Probablemente ésta es la razón por la que ha debido conservarse en tan buen estado tras el Cataclismo.
Los compañeros descendieron rápidamente las escaleras y poco después llegaron a una inmensa habitación. Tanis contuvo la respiración y Alhana abrió los ojos de par en par. La gigantesca sala estaba repleta desde el suelo hasta el techo de altos estantes de madera que cubrían las paredes hasta el fondo. Estaban abarrotados de libros de todas clases: ribeteados en cuero, encuadernados en madera o con hojas de árboles exóticos. Muchos de ellos ni siquiera estaban encuadernados, sino que eran simples hojas de pergamino unidas con cintas. Varios estantes se habían caído, por lo que el suelo estaba cubierto de montones de libros esparcidos que les llegaban hasta los tobillos.
—¡Debe haber miles de ejemplares! —exclamó Tanis impresionado—. ¿Cómo conseguisteis encontrar el que buscabais?
Derek sacudió la cabeza.
—No fue fácil. La búsqueda nos llevó varios días. Cuando finalmente lo descubrimos nos sentimos más desesperados que victoriosos, pues era evidente que no podíamos llevárnoslo. Al tocar sus páginas el papel se deshacía. Temimos tener que emplear muchas horas para copiarlo, pero el kender...
—Precisamente, el kender, ¿dónde está? —preguntó Tanis.
—¡Aquí! —trinó una aguda voz.
Al recorrer la oscura y amplia sala con la mirada, el semielfo vio una vela prendida sobre una mesa. Tasslehoff, sentado en una alta silla de madera, se inclinaba sobre un grueso libro. Cuando los compañeros se acercaron a él, pudieron ver que llevaba sobre la nariz unos pequeños anteojos.
—Está bien, Tas —dijo Tanis —, ¿de dónde los has sacado?
—¿Sacar, el qué? —preguntó el kender con inocencia. Al ver que los ojos de Tanis se estrechaban, se llevó las manos a los pequeños anteojos de montura metálica—. ¿Ah, esto? Los llevaba en el bolsillo... y, bueno, si quieres saberlo, los encontré en el reino de los enanos...
Flint lanzó un gruñido y se llevó la mano a la frente.
—¡Estaban sobre una mesa!—protestó Tas al ver que Tanis fruncía el entrecejo —. ¡De verdad! No había nadie por ahí y pensé que alguien los habría extraviado. Sólo los cogí para vigilarlos. Hice bien, pues cualquier ladrón hubiera podido robarlos, ¡y son valiosos! Mi intención era devolverlos, pero nos hallábamos tan ocupados en pelear contra los goblins y los draconianos, y en encontrar el Mazo, y... bueno, olvidé que los tenía. Cuando lo recordé, estábamos a millas de distancia del reino de los enanos, camino de Tarsis, y pensé que no querrías que regresara sólo para devolverlos, o sea que...
—¿Y qué cualidad poseen? —interrumpió Tanis, sabiendo que si no lo hacía Tas podía seguir hablando hasta el día siguiente.
—Son maravillosos —dijo rápidamente Tas, aliviado al ver que Tanis no le gritaba—.Un día los dejé sobre un mapa, bajé la mirada y, ¿qué supones que vi? ¡A través de las lentes podía leer la escritura del mapa! Bueno, esto puede parecer bastante normal farfulló al ver que Tanis comenzaba a fruncir el ceño de nuevo—, pero es que ese mapa estaba escrito en una lengua que yo nunca había sido capaz de leer. ¡O sea que lo probé en todos mis mapas y pude leerlos, Tanis! ¡Todos ellos! ¡lncluso los realmente antiguos!
—¿Y nunca nos lo mencionaste? —Sturm miró fijamente a Tas.
—Bueno, no encontré el momento de hacerlo —murmuró Tas en tono de disculpa—.Desde luego, si me hubieses preguntado directamente: «Tasslehoff, ¿tienes unos anteojos mágicos de visión verdadera?», os hubiera dicho la verdad a la primera. Pero nunca lo hiciste, Sturm Brightblade, o sea que no me mires de esa forma. La cuestión es que puedo leer este libro. Dejadme que os cuente lo que...
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