Jean Rabe - El Dragón Azul

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Los grandes dragones amenazan con esclavizar Krynn.
Han alterado la tierra por medios mágicos, esculpiendo sus dominios de acuerdo con sus viles inclinaciones, y ahora comienzan a reunir ejércitos de dragones, humanoides y criaturas, fruto de su propia creación. Incluso los antaño orgullosos Caballeros de Takhisis se han unido a sus filas y preparan el ataque contra los ciudadanos de Ansalon. Ésta es la hora más negra para Krynn. Sin embargo, un puñado de humanos no quiere rendirse. Incitados por el famoso hechicero Palin Majere y armados con una antigua Dragonlance, osan desafiar a los dragones en lo que quizá sea su último acto de valentía.

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Sin embargo, Ampolla veía una imagen diferente, una mujer llena de vida y esperanza, con ojos radiantes, sin arrugas ni hombros encorvados.

—Es verdad que la fe determina lo que uno ve —murmuró la kender.

La sacerdotisa se acercó al trío con un andar sosegado y elegante. Tenía un aire imponente, un halo de serena autoridad.

—Me alegro de verte con todo el corazón, Dhamon.

Estrechó la mano de Dhamon y saludó al marinero con una inclinación de cabeza y una sonrisa. Luego hizo un guiño a Ampolla.

Rig estaba encantado de estar ante ella, pero guardó silencio. Era uno de los Héroes de la Lanza, el tema central de incontables leyendas que había oído en las tabernas de los países que había visitado. De repente deseó que Shaon estuviera allí para compartir ese momento con él.

—Yo también me alegro de verte —dijo Dhamon—. Lamento ser tan grosero, pero tengo una escama roja en la pierna, o más bien incrustada en la pierna y...

—Un momento —interrumpió Ampolla. Se acercó a Goldmoon y echó la cabeza atrás para mirar sus resplandecientes ojos—. Dijiste que cuando viniera a la Escalera de Plata me darías el medallón a mí. Bueno, a nosotros. Palin, Feril y Jaspe han ido en busca del cetro, mientras Ulin, Gilthanas, Groller y Furia intentan apoderarse de la lanza de Huma. Espero que ya los hayan encontrado, de lo contrario estos últimos pasarán mucho, mucho frío. También hay un anillo y Palin dijo que se ocuparía de él, pero...

—Mi medallón —dijo Goldmoon. Soltó la mano de Dhamon y una vez más acarició los brillantes bordes de la joya.

Las manos de la kender, que ahora se movían casi con agilidad, se alzaron para coger el precioso medallón y la cadena formada por diminutas estrellas de plata. Pero un instante después Ampolla se quedó boquiabierta. Aunque Goldmoon había puesto la joya en manos de la kender, de su cuello colgaba un duplicado exacto.

Hasta la sacerdotisa se sorprendió.

—¡Por mi fe en Mishakal! ¡El medallón es capaz de duplicarse! —susurró Goldmoon.

—Guau —fue todo lo que pudo decir Ampolla. La kender miró con atención los dos medallones y se rascó la cabeza—. Son idénticos. Ahora me pregunto si no podrías haber hecho cuatro réplicas, así Groller no habría tenido que ir a Ergoth del Sur, ni Palin y Feril al bosque.

—No creo que las cosas funcionen así.

—Ya; supongo que tienes razón. —Ampolla sonrió a la sacerdotisa mientras apretaba el medallón entre sus dedos llenos de cicatrices—. Lo cuidaré muy bien hasta que llegue Palin. Quizá podría usarlo hasta que él lo necesite. ¿Te parece bien?

Goldmoon asintió con un gesto, y Ampolla se colgó rápidamente la cadena al cuello con cuidado de que no se enredara con su copete. La kender tenía muchísimas preguntas en mente, pero decidió que no era el momento más oportuno para hacerlas. Se volvió hacia Dhamon y dijo:

—¿A qué esperas? ¿Por qué no le has contado lo de la escama en tu pierna?

Aparecieron a los pies de la Ciudadela de la Luz. Jaspe se abrazó el estómago y luchó contra las náuseas hasta que el encantamiento de Palin llegó a su fin. Feril, fascinada por la sensación que acababa de experimentar, aspiró la dulce fragancia del mar.

—Si hubiéramos tenido más tiempo, habríamos venido en barco —dijo el enano a Fiona—. Estos viajes mágicos son turbadores. Interesantes, pero turbadores. —Se sentó en el primer escalón y dejó escapar un profundo suspiro—. Dame unos minutos para que me recupere y luego te presentaré a Goldmoon.

—¿La señora de la Ciudadela? Será un honor conocerla. —La joven Dama de Solamnia sonrió al enano—. Y ese tal Rig que mencionaste, ¿también está ahí dentro?

—Sí, con Dhamon —respondió Feril.

—Rig está aquí —dijo el enano señalando hacia la costa, donde había una chalupa amarrada a un bloque de granito de forma cónica. Luego señaló a la bahía, donde estaba el Yunque de Flint —. Aquél es su barco. Lo compré yo con un trozo de jaspe que me regaló mi tío Flint. Es una larga historia, aunque estoy seguro de que Ampolla te la contará tarde o temprano. Y aquel que está sentado en la costa es su contramaestre, Groller Dagmar.

—Me gustaría devolverle esto —dijo la joven cargando la lanza sobre el hombro derecho. Dio una palmada a la larga espada que llevaba a la cintura—. Esta arma no es pesada ni difícil de manejar, pero Rig debe de ser muy fuerte si usa la lanza.

—Todavía no la ha usado —replicó Jaspe mientras se incorporaba y comenzaba a subir por la escalera. Feril lo adelantó, saltando los peldaños de dos en dos. Estaba ansiosa por volver a ver a Dhamon.

—Ah, el amor —murmuró el enano—. Si han ido a ver a Goldmoon, estarán en la última planta, así que será mejor que empecemos, pues es un largo viaje. ¿Vienes, Groller?

El semiogro, que estaba sentado en la costa junto a Sageth, no se inmutó. El enano inclinó la cabeza a un lado, puso los índices delante del pecho y los flexionó.

—¿Vienes? —repitió haciendo un gesto hacia la puerta.

Groller negó con la cabeza mientras acariciaba el cuello de Furia.

—No —respondió—. Me gus... ta estar aquí. Me que... daré aquí con el vie... jo. —El semiogro contempló el reflejo de las estrellas que danzaba sobre las olas—. Te espe... raremos a... quí, Jas... pe.

—Como quieras —dijo el enano.

—Así me ahorro la subida —añadió el viejo. Acarició su amada tablilla, que apenas podía leer a la luz de la luna—. A mis piernas no les gustan las escaleras. Además, la luna está baja, perfecta para lo que tenemos que hacer. Debemos destruir los objetos mágicos en tierra sólida, quizás en un sitio como aquél. —Su brazo delgado señaló una llanura al norte de la isla—. Allí no hay edificios ni personas. Tal vez Groller pueda ayudarme a escoger un lugar.

Jaspe cerró la mano derecha, puso el puño sobre la palma de la izquierda, y levantó esta última, como si ayudara a subir al puño. El enano señaló a Sageth y repitió la seña.

Groller echó un último vistazo al barco que se mecía sobre las olas y ayudó a Sageth a levantarse.

—Te ayu... daré —dijo.

—Tardaremos un rato —gritó el enano por encima del hombro—. Goldmoon y yo tenemos muchas cosas que contarnos. Pero iremos a buscaros en cuanto nos pongamos al día.

Dhamon llevaba unos pantalones holgados con los extremos metidos en las cañas de las botas. Sujetó la alabarda con la mano izquierda y se levantó la pernera del pantalón con la derecha, dejando al descubierto la escama.

Goldmoon se arrodilló frente a él y vio el reflejo de su cara en la escama. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¡Por mi fe en Mishakal! —susurró—. Qué magia perversa. Parece...

Tocó con precaución la escama y se estremeció, como si se hubiera pinchado con una aguja. Luego escuchó con horror el relato de Dhamon sobre el moribundo Caballero de Takhisis.

—Es un maleficio terriblemente poderoso —dijo la sacerdotisa alzando la vista para mirar a Dhamon—. Magia de dragones.

—El caballero dijo que moriría si me la arrancaba —explicó Dhamon.

—¿Crees que podrás hacer algo? —preguntó Ampolla con una expresión de inquietud en su cara angelical.

El marinero miró con curiosidad por encima de la cabeza de la kender. Había oído hablar a Feril y Dhamon de la escama, pero era la primera vez que la veía.

—No estoy segura —respondió Goldmoon mirando a Dhamon a los ojos—. Me gustaría intentarlo. No creo que debas seguir llevando esta..., esta cosa. Quizá sea arriesgado extirparla, pero ¿me autorizas a hacerlo?

—Por favor.

El antiguo Caballero de Takhisis la miró a los ojos y percibió una presencia en el fondo de su mente, una presencia que no había sentido en los últimos días. La cara de la hembra Roja flotaba ante sus ojos, superponiéndose a la imagen del rostro de la hechicera.

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