Jean Rabe - El Dragón Azul

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Los grandes dragones amenazan con esclavizar Krynn.
Han alterado la tierra por medios mágicos, esculpiendo sus dominios de acuerdo con sus viles inclinaciones, y ahora comienzan a reunir ejércitos de dragones, humanoides y criaturas, fruto de su propia creación. Incluso los antaño orgullosos Caballeros de Takhisis se han unido a sus filas y preparan el ataque contra los ciudadanos de Ansalon. Ésta es la hora más negra para Krynn. Sin embargo, un puñado de humanos no quiere rendirse. Incitados por el famoso hechicero Palin Majere y armados con una antigua Dragonlance, osan desafiar a los dragones en lo que quizá sea su último acto de valentía.

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Las estrellas parpadeaban sobre el Pico de Malys, y una solitaria luna pálida coronaba el horizonte. La Roja inclinó la cabeza hacia atrás y rugió. Las llamas se elevaron hacia el cielo en una erupción de calor abrasador que la ayudaba a desahogar su enorme cólera. Volvió a rugir, y esta vez el sonido fue tan intenso que hizo temblar la montaña. A modo de respuesta, los volcanes que rodeaban la meseta arrojaron columnas de humo sulfuroso.

Cuando un nuevo rugido comenzó a nacer en el vientre de Malys, los volcanes tronaron al unísono y volvieron a entrar en erupción. Torrentes de lava descendieron por sus cuestas y formaron un río alrededor de las garras de la Roja. El humo continuó ascendiendo hasta fundirse con las llamas del dragón y ocultar las estrellas y la luna.

Su débil vínculo con Dhamon Fierolobo había desaparecido por completo cuando el hombre se había acercado a la maldita isla de Schallsea. La Roja conocía a la sacerdotisa —uno de los miembros más poderosos de los Héroes de la Lanza— y sabía que era aquella mujer con atributos divinos quien interfería con su influencia.

—Me apoderaré del hombre y del arma —silbó—. No permitiré que me arrebaten un botín tan importante.

Malys había descubierto que había otros objetos mágicos excepcionales: una lanza que había pertenecido a un hombre llamado Huma, una corona que descansaba bajo las olas, con los dimernestis, un anillo que estaba en el dedo de un misterioso hechicero. Pero la Roja sospechaba que ninguno de esos objetos era tan poderoso como la alabarda.

Las llamas continuaron esparciéndose por el cielo y, mientras la lava le cubría las garras, Malystryx, la Roja, cerró los ojos e invocó toda su fuerza arcana.

En las afueras de Ankatavaka, Usha Majere miraba a Groller a los ojos. El semiogro le tendió una mano con la intención de consolarla. En la otra mano empuñaba con fuerza la lanza de Huma. El semiogro sonrió, pero no habló ni dio ninguna explicación a Usha. Las palabras eran innecesarias; ya había suficientes en el pergamino que Palin leía por segunda vez.

El lobo rojo estaba sentado a los pies de Groller y a pocos pasos de Fiona Quinti, la joven Dama de Solamnia procedente del castillo Atalaya del Este, que sujetaba la Dragonlance de Rig.

Ulin y Gilthanas no habían aparecido cuando Palin los había invocado con su magia. Ulin tampoco había explicado lo que planeaba cuando, una hora antes, había entrado en contacto con su padre, pidiéndole que pronunciara el encantamiento que los transportaría a su lado.

El encantamiento de Palin sólo había hecho aparecer a Groller, Furia y Fiona, además del pergamino en que Ulin intentaba explicar su ausencia y la de Gilthanas.

—He venido para ayudaros a comprender su decisión —dijo Fiona—. Me han dado permiso para quedarme una temporada con vosotros. Sé que no puedo reemplazar a Ulin y a Gilthanas, pero mi espada es vuestra.

—¿Sabes algo de ese Dragón Dorado llamado Alba? —preguntó Usha.

Fiona negó con la cabeza y miró a Palin.

Era evidente que el hechicero estaba muy afectado por las palabras del pergamino. Miró a su esposa con los ojos llenos de lágrimas.

—Ulin es un hombre hecho y derecho, con mujer e hijos. Pero ¿quién iba a pensar que los abandonaría durante vaya a saber cuánto tiempo para estudiar magia con un dragón? Él y Alba han ido a las islas de los Dragones para advertir a los Dragones del Bien del inminente regreso de Takhisis. Cree que es una misión muy importante.

Los hombros de Palin se encorvaron. No podía controlar la vida de su hijo; no quería hacerlo ni lo intentaría.

—Pero los gemelos son tan pequeños... Tiene una familia. ¿Cómo puede hacerles esto? Lo mismo que yo te hice tantas veces a ti.

Usha soltó la mano de Groller y se acercó a su esposo.

—Puede hacerlo porque es tu hijo y porque se debe a su magia. La magia también fue la razón de que me abandonaras tantas veces.

—Yo siempre regresé.

—Y Ulin también regresará.

Pero Usha se preguntó si de verdad lo haría. Conocía a su hijo mejor que Palin y sabía que la magia era la pasión de Ulin, una pasión más fuerte que la que había sentido su padre.

Palin hizo una bola con el pergamino y lo apretó en su puño. Usha abrazó a su marido.

—Viajaremos a la Torre de Wayreth —le dijo él al oído—. Este asunto de Takhisis...

—¿Y si es verdad? —preguntó Usha.

—Cogeremos el anillo de Dalamar y nos reuniremos con los demás en la Escalera de Plata. Los señores supremos ya son peligrosos de por sí; pero, si la Reina Oscura los ayuda, el peligro se multiplicará por diez.

Recordó brevemente la guerra de Caos, el dolor y la muerte que había acarreado, y sintió un nudo en la garganta. Takhisis y los señores supremos podían desatar una guerra que destruiría Krynn, o por los menos las razas de humanos y humanoides que lo poblaban.

—¿Enviarás a los demás junto a Goldmoon? —preguntó Usha, interrumpiendo sus pensamientos.

Palin asintió.

—Sí; ahora mismo. Sospecho que Goldmoon los aguarda. Y el Custodio y el Hechicero Oscuro me esperan a mí.

—Ya llegan —dijo Goldmoon al aire. Estaba junto a la ventana, contemplando las estrellas—. Sí; Dhamon está con ellos. ¡Me alegró tanto saber que estaba vivo! Tenía el presentimiento de que él era el elegido, Riverwind, y ahora estoy segura. ¿Qué? Sí, claro, lo acompaña el marinero en quien confía Palin. Y Ampolla. Todavía hay esperanza para Ansalon.

Sus dedos acariciaron el medallón que llevaba al cuello.

—Claro que se los entregaré —dijo con la vista fija al frente—. Sí; significa mucho para mí, cariño. Pero ellos creen que ayudará a devolver a Krynn la magia de los dioses. ¿Recuerdas cuánto nos esforzamos para traer la magia curativa al mundo? Entonces éramos jóvenes y parecía una empresa imposible. Pero lo conseguimos, y parece que fue ayer. Tú estabas aquí y...

—Creo que está acompañada. —La voz de la kender procedía de la escalera de caracol—. Espero que no interrumpamos nada importante. Me pregunto quién habrá venido a visitarla a esta hora de la noche.

Ampolla había tomado la delantera porque estaba cansada de ser la última. Sus cortas piernas ascendían por la sinuosa escalera, que parecía rodear todas las habitaciones y estancias vacías de la cúpula cristalina. Subía por el centro para evitar que Rig y Dhamon, con sus piernas más largas y rápidas, la adelantaran por los costados y la dejaran atrás. Finalmente llegaron a la sala oval de la última planta, donde Goldmoon hablaba con alguien. Rig y Dhamon entraron detrás de la kender.

—Supongo que en realidad no está acompañada —decidió Ampolla al entrar en la inmaculada estancia—. Mis oídos deben de haberme engañado. —Las blancas y resplandecientes paredes curvas y el suelo de mármol reflejaban la luz de las estrellas, creando la impresión de que la habitación estaba iluminada por una docena de lámparas—. Supongo que me confundí al creer que hablaba con alguien.

Diáfanas cortinas colgaban en distintos puntos de la estancia con fines más decorativos que funcionales. Los muebles claros de abedul, aunque escasos para el tamaño de la habitación, parecían nuevos y refinados.

Goldmoon se apartó de la ventana y se volvió a mirar a Ampolla con una sonrisa en los labios.

Aunque tenía más de ochenta años, no los aparentaba y parecía mucho más joven que hacía unos meses, cuando Dhamon la había visto por primera vez. Su cabello rubio salpicado de hebras de plata caía en grandes rizos sobre sus hombros. Sus azules ojos eran muy claros, pero no opacos ni nubosos como él los recordaba. En una ocasión Jaspe le había dicho que su fe determinaba lo que veía cuando visitaba a la célebre sacerdotisa. Ahora la luz de la luna alumbró los rasgos de su cara, y Dhamon reparó en la flaccidez de su barbilla y de sus brazos.

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