Jean Rabe - El Dragón Azul

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Los grandes dragones amenazan con esclavizar Krynn.
Han alterado la tierra por medios mágicos, esculpiendo sus dominios de acuerdo con sus viles inclinaciones, y ahora comienzan a reunir ejércitos de dragones, humanoides y criaturas, fruto de su propia creación. Incluso los antaño orgullosos Caballeros de Takhisis se han unido a sus filas y preparan el ataque contra los ciudadanos de Ansalon. Ésta es la hora más negra para Krynn. Sin embargo, un puñado de humanos no quiere rendirse. Incitados por el famoso hechicero Palin Majere y armados con una antigua Dragonlance, osan desafiar a los dragones en lo que quizá sea su último acto de valentía.

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La escama palpitó con más fuerza que nunca. Dhamon sintió que su voluntad se escapaba y su cuerpo comenzaba a arder. Cogió con fuerza la empuñadura de la alabarda y apretó los dientes hasta sentir dolor en las mandíbulas.

—¿Te ocurre algo, Dhamon? —oyó que preguntaba el marinero.

Pero era como si Rig estuviera muy lejos, pues su voz sonaba amortiguada.

—¡No! —gimió Dhamon, resistiéndose a las imágenes del sueño.

Por un instante la cara de la Roja tembló como las llamas, pero luego se hizo más clara y definida, con las escamas brillantes y los ojos oscuros como charcos de magma buceando en los suyos, quemándolo, ocupando todo su campo de visión.

Eres mío, Dhamon Fierolobo, ronroneó Malys mientras se estiraba en su meseta.

La voz del dragón sonó tan clara y cercana como si la emitiera Goldmoon. Dhamon sacudió la cabeza en un intento por aclarar sus sentidos. Se preguntó si estaría dormido, si volvía a soñar.

Mi vasallo, silbó el Dragón Rojo. Mío para...

—No soy vasallo de nadie —respondió Dhamon.

Mi vasallo, repitió el dragón esta vez más alto, tanto que su voz retumbó en la cabeza de Dhamon. Un vasallo bajo mi control. ¡Usa tu arma!

—¡Dhamon! —Rig dio un paso al frente y apartó a Goldmoon y a la kender. En ese momento oyó pasos en la escalera—. Espero que sea Palin —dijo, presa de una súbita inquietud.

Con los ojos rojos y resplandecientes, Dhamon dejó caer la pernera de su pantalón sobre la escama. Sintió que sus manos empuñaban la alabarda, sintió que el dragón movía sus miembros. Él era una marioneta, y Malys tiraba de los hilos. Las llamas que salían de la boca de la Roja formaron una corona alrededor de su gigantesca cabeza.

¡El arma! ¡Úsala ya!

—¿Qué haces? —preguntó Rig al ver que Dhamon blandía la alabarda.

Trató de detenerlo, pero el antiguo caballero se zafó y fue directamente hacia Goldmoon, que retrocedía asustada.

—¡Para! —gritó Ampolla—. ¡Dhamon! ¡Déjala en paz!

—Mi fe me protegerá —susurró Goldmoon mientras retrocedía hacia la ventana—. Mishakal me salvará.

Dhamon levantó la alabarda y corrió hacia ella.

Feril entró en la habitación en el preciso momento en que Rig se lanzaba sobre Dhamon y lo arrojaba al suelo, obligándolo a soltar su arma. La kalanesti se quedó atónita, incapaz de entender lo que sucedía. Entonces vio que Ampolla cargaba su honda. ¿A quién apuntaba? ¿A Rig o a Dhamon? ¿Y cómo había empezado todo? Oyó los pasos del enano y de la joven solámnica en la escalera. ¿Qué estaba ocurriendo allí?

—¿Te has vuelto loco? —bramó el marinero.

Dhamon había recuperado la alabarda, pero Rig volvió a arrojarlo al suelo de una patada.

Dhamon sacudió la cabeza y una vez más recurrió a la voluntad que aún conservaba en un lugar pequeño y lejano de su mente para tratar de controlarse.

—¿Loco? —se oyó decir. La voz era suya, pero las palabras no—. ¡Al contrario! ¡Por fin he recuperado la cordura!

El antiguo Caballero de Takhisis dio un salto y golpeó con ambos puños el estómago del marinero. Fue un golpe brutal, alimentado por la fuerza de la Roja, e hizo que Rig se doblara y cayera de rodillas.

Haciendo gala de su destreza, Ampolla arrojó una andanada de piedrecillas a Dhamon. Pero los reflejos del antiguo caballero eran más rápidos que nunca y esquivó los proyectiles mientras se agachaba para recoger su arma.

—¡Dhamon! —Feril corrió hacia él—. ¿Qué te pasa?

Cuando sus dedos se cerraron sobre la empuñadura de la alabarda, Dhamon sintió un calor abrasador en las palmas de las manos. El arma le quemaba la piel.

Es un arma del Bien, silbó Malys. Y ahora tus actos distan mucho de ser bondadosos.

Dhamon se concentró para obligar a sus dedos a soltar la empuñadura y rezó para que Rig se levantara, para que Feril lo detuviera.

No lo hagas, dijo Malys. Tu piel sanará y podrás empuñar esa arma. Te enseñaré a controlar el dolor. Tú y la alabarda sois míos. ¡Úsala!¡Mata a la elfa!

—¡No! —gritó Dhamon al tiempo que sus brazos trazaban un arco y dirigían la alabarda hacia la kalanesti.

Una expresión de horror cruzó por la cara de Feril, que se arrojó al suelo para esquivar el golpe. Y, desde aquel pequeño y lejano lugar de su mente, Dhamon vio con horror cómo la empuñadura caía sobre la nuca de su amada. Feril perdió el conocimiento.

—¡Guardias! ¡Guardias! —gritó Ampolla mirando hacia la escalera—. ¡Detente, Dhamon, por favor!

Pero Dhamon no se detuvo. Se dirigía a Rig, que se levantaba con el alfanje en la mano.

—Nunca me has caído bien —dijo el marinero con los dientes apretados—. Sólo te soportaba para no molestar a Feril y a Palin. ¿Antiguo Caballero de Takhisis? ¡Nos engañaste a todos! —Saltó hacia la derecha para esquivar un golpe de la alabarda. La hoja atravesó la holgada manga del marinero y le laceró el brazo. Rig sintió una intensa punzada en el hombro que se irradió hacia el pecho y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para seguir sujetando el alfanje—. Será mejor que no la hayas matado —añadió mientras esquivaba un segundo golpe y echaba un vistazo a Feril.

Esta vez Dhamon se vio forzado a saltar a un lado para esquivar el alfanje de Rig. El marinero retrocedió, blandió su arma en la mano derecha y metió la izquierda en el escote en «V» de su camisa. Sacó dos dagas, apuntó y se las arrojó a Dhamon.

La primera daga pasó por encima del hombro de Dhamon y cayó cerca de Goldmoon, que parecía estar rezando o recitando un encantamiento. La segunda se alojó en el hombro izquierdo del antiguo caballero. Dhamon sintió el dolor, así como todavía sentía el intenso calor de la alabarda en las manos, pero Malys no le permitió más titubeos. Lo obligó a dar un salto al frente y a blandir el arma otra vez.

Esta vez la alabarda alcanzó a Rig en el estómago, del que manó un brillante hilo de sangre. El marinero se llevó la mano izquierda a la herida y retrocedió unos pasos.

—¡Por la barba de Reorx! —exclamó Jaspe—. ¿Qué pasa aquí?

—¡Es Dhamon! ¡Ve a buscar a los guardias! —gritó Ampolla mientras arrojaba otra lluvia de piedrecillas. Esta vez dio en el blanco y los proyectiles rebotaron contra el pecho de Dhamon—. ¡Tenemos que detenerlo!

Más dolor. Dhamon quería encogerse, escapar, curarse, echar a Malys de su mente. Deseaba que Feril estuviera bien y no quería hacer daño a nadie más.

El antiguo caballero se volvió hacia Goldmoon.

—¡La sacerdotisa! —exclamó Malys con la voz de Dhamon.

Goldmoon tenía la espalda apoyada contra la ventana y lo miraba con expresión desafiante.

—Lucha —dijo en voz apenas audible—. Lucha contra quienquiera que se haya apoderado de ti. He penetrado en tu espíritu y sé que eres fuerte y bueno. ¡Puedes luchar contra el que te domina!

No lo suficientemente fuerte, dijo Malys a Dhamon. La quiero muerta.

Dhamon dio un paso hacia Goldmoon y luego otro. Oyó que Rig volvía a moverse a su espalda; su oído, ahora extraordinariamente sensible, le permitió seguir las pisadas del marinero en el suelo de mármol. De súbito, el antiguo caballero empujó la alabarda hacia atrás y golpeó con el mango el estómago herido del marinero.

Con su aguzado sentido del oído oyó el gemido de Rig, el chasquido del alfanje en el suelo, el ruido del corpachón que se desplomaba. Luego oyó los pasos del enano y de alguien más, una persona que fue incapaz de identificar. Oyó el sonido de nuevos proyectiles de piedra y sintió su roce en la mejilla.

Le dolía todo el cuerpo, tanto que no entendía cómo seguía en pie. Pero Malys le infundía una fuerza sobrehumana.

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