Jean Rabe - Redención
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—¡Por todos los dioses de Krynn! —musitó, cuando por fin descubrió la embarcación, o más bien una parte de ella.
Una sección del navío flotaba en una ola delante de él, con aspecto destrozado, como si hubiera sido arrojado contra un arrecife. El barco había naufragado.
Se dirigió hacia el trozo de madera, justo cuando las aguas se alzaban como una montaña debajo de él y otra ola se elevaba por encima como un puño, y los abatía a él y a Fiona bajo las aguas. Tras luchar denodadamente para regresar a la superficie, agitó la mano libre de un lado a otro, hasta que consiguió agarrarse al borde de la sección de madera antes de que éste pudiera irse y, a continuación, tiró de Fiona y de sí mismo hacia él. La aupó encima, fuera del agua, con un tremendo esfuerzo y la tendió sobre la improvisada balsa. Luego, oteó el embravecido oleaje en busca del draconiano.
—¡Ragh!
Retumbó el trueno, y el viento ofreció una chillona réplica.
Agotado, Dhamon llamó unas cuantas veces más antes de izarse parcialmente sobre el conjunto de maderos, con las caderas y las piernas balanceándose aún en el agua. No deseaba volcar la frágil balsa subiéndose a ella, de modo que introdujo los dedos en una rendija entre dos tablones y se sujetó allí. Cuando volvió a centellear el relámpago vio que el draconiano había conseguido también encontrar la balsa, y se agarraba con fuerza en el lado opuesto.
—Tierra firme, Dhamon —refunfuñó Ragh con voz débil—. Te dije que deberíamos habernos enfrentado a los dracs en tierra.
El draconiano añadió algo más, pero su compañero no intentó comprender las palabras. Cerró los ojos y, no obstante el caos que lo rodeaba, cedió a la fatiga. El mundo se tornó gris, y él se sumió en una duermevela, sin que los doloridos dedos soltasen la madera. Recuperó toda la consciencia en el mismo instante en que una ola enorme empujaba la balsa hasta una playa de arena.
La tormenta había pasado, por fin, y las estrellas parpadeaban desde brechas abiertas en las nubes, cada vez más deshechas. El viento seguía soplando con fuerza, pero no era nada comparado con lo que había sido antes. A juzgar por el color del cielo, Dhamon comprendió que no faltaba demasiado para que amaneciera.
Ragh se arrastró a cuatro patas hasta adentrarse más en la playa. Cuando se sintió finalmente convencido de hallarse lejos del alcance de la marea, el draconiano se tumbó de costado, vomitó y, luego, se dejó caer de espaldas.
—Ahogarse no habría resultado tan doloroso como esto —declaró, apretando una zarpa contra el costado—. Tierra firme, Dhamon Fierolobo.
Dhamon consiguió ponerse en pie, luego, se inclinó y agarró a Fiona y la condujo hasta el draconiano. Depositó a la mujer en el suelo, y a continuación, le palpó la herida de la cabeza; probablemente estaría infectada, pero por el momento no tenía nada con lo que curarla. Le palpó las costillas y el estómago con precaución, hasta comprobar que no había más lesiones de importancia.
—Me pregunto dónde estamos —dijo Ragh.
—Desde luego no en el lugar al que nos dirigíamos —respondió Dhamon.
—Así que esto no es Ergoth del Sur.
—Ni tampoco los bosques de Qualinesti.
Se volvió para contemplar con fijeza el mar, y se preguntó si alguno de los marineros del barco habrían conseguido sobrevivir a la tormenta.
—No tienes ni idea de dónde estamos, ¿verdad? —inquirió el draconiano, apoyándose en los codos.
Dhamon se sacudió la arena de lo que quedaba de sus pantalones y estudió la playa. Una gruesa arena blanca cubierta de guijarros del tamaño de guisantes se extendía hacia el norte y el sur hasta donde alcanzaba la vista, mientras que al oeste se alzaba una elevada cresta rocosa. No vio árboles, ni señales de otras personas, ni siquiera un indicio de fauna, ni más restos del barco naufragado que la marea hubiera arrojado a la playa. Se alejó unos pasos de Ragh y Fiona y sacudió los brazos.
—¡Dhamon! —llamó el sivak—. ¿Adónde crees que vas?
El otro se encogió de hombros.
—Para empezar, voy a intentar averiguar dónde estamos, y también miraré si hay por aquí un arroyo, algo que nos proporcione agua potable. Volveré dentro de un rato. Vigílala, ¿quieres? Si despierta, no la dejes ir a ninguna parte.
El aire fresco ya había secado a Dhamon cuando éste alcanzó la cima de la elevación y descubrió un amplio sendero al otro lado. El camino discurría paralelo al cerro, yendo casi en línea recta hacia el norte, hasta que giraba, al oeste, en el límite de su campo visual. A juzgar por su anchura y las poco profundas rodadas, comprendió que aquélla había sido una ruta frecuentada por carros, aunque de eso hacía algún tiempo, ya que la senda estaba cubierta de maleza y brotes. Se arrodilló para examinar el suelo con más atención, a la vez que deseaba que fuera de día para poder ver mejor, y, tal vez, descubrir incluso alguna huella de pisadas.
Supuso que hacía bastantes años que un carromato no pasaba por allí. Se alzó y desperezó e intentó eliminar la tortícolis del cuello. Debería sentirse cansado aún, tras la terrible prueba pasada; debería querer descansar junto a Fiona y Ragh, tendría que dolerle todo el cuerpo tras la paliza recibida; pero en lugar de ello, se sentía curiosamente fuerte, como si acabara de alzarse tras toda una noche de descanso.
Oteó el horizonte, visible ahora bajo la tenue luz que precedía al amanecer. No se veían señales de nada excepto unos pocos árboles que llevaban mucho tiempo secos. El lejano graznido de un cuervo le proporcionó una cierta esperanza: había algún tipo de vida allí… dondequiera que allí fuera.
—No es Ergoth del Sur. No hay nieve, ni tampoco hace el suficiente frío. No es Qualinesti.
Dhamon había estado en este último país, y sabía que era fértil y estaba cubierto de vegetación en cualquier estación del año.
—Sin duda no estamos lejos de Ergoth del Sur —se dijo.
Echó a andar por el sendero en dirección norte, primero al paso, luego a paso ligero. Resultaba agradable estirar las piernas, y correr le despejaba la mente. Transcurrieron largos minutos, luego una hora o más, y el cielo se fue iluminando, pero él siguió sin ver señales de gente, y el sendero había quedado casi tapado por la maleza.
Cuando oyó a otro cuervo, dio la vuelta en dirección oeste, y divisó a dos aves que descendían planeando para aterrizar en algún punto detrás de una loma rocosa. Observó la presencia de otras lomas y se preguntó si no habrían sido construidas por hombres en lugar de ser obra de la naturaleza, pues parecían un poco demasiado uniformes.
Decidido a examinarla más de cerca, se encaminó a buen paso hacia la siguiente colina, para detenerse en seco antes de haber recorrido ni medio kilómetro.
El dolor se inició con una breve punzada abrasadora en la pierna derecha, que se convirtió rápidamente en vibrantes oleadas que irradiaban de la escama. La sensación ascendió veloz por el pecho y descendió por los brazos hasta que ni una sola parte de su cuerpo quedó libre del tormento. En cuestión de minutos, se sintió como si se estuviera cociendo. El intenso calor le hizo caer de rodillas, y abrió la boca para gritar, pero no salió de ella el menor sonido. Se desplomó de bruces, sin sentir las agudas rocas que se clavaban en su rostro y pecho.
Las punzantes oleadas de frío aparecieron a continuación. Los dientes empezaron a castañetearle, y se acurrucó sobre sí mismo mientras tiritaba de un modo incontrolable. Estremecido por el atroz dolor, temió perder el sentido en cualquier momento. Por lo general, agradecía el sueño en el que la escama de dragón lo obligaba a sumirse, pero no era así esta vez, no cuando se hallaba perdido en una tierra desconocida y demasiado lejos de Ragh y Fiona. Clavó las uñas en las palmas de las manos, y se concentró en permanecer despierto y capear las sacudidas de frío y calor que se sucedían alternativamente. Una y otra vez se recordó por qué necesitaba permanecer con vida.
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