En el último instante, cuando notaba ya que la consciencia se le iba desvaneciendo, se rebeló contra la tormenta y el mar. Movió los pies, frenético, pegó los brazos a los costados, y se impulsó hacia arriba. La escama no tardaría en matarlo, lo sabía, pero no podía morir hoy, ya que tenía camaradas que salvar y cosas importantes que aún debía llevar a cabo.
Su cabeza salió a la superficie, y tosió con fuerza, para vaciar los pulmones. El sabor del agua salada era penetrante y nauseabundo. Azotado por las olas que levantaba el fuerte viento, se esforzó por ver a través de la espuma y la lluvia, sin dejar en ningún momento de esforzarse por llenar los pulmones con el precioso aire. Las aguas eran casi tan negras como el cielo, pero el resplandor de los relámpagos le confería de vez en cuando un tono gris verdoso.
—¡Fiona! —chilló—. ¡Ragh!
Suplicó a los dioses desaparecidos que sus compañeros, merced a algún milagro, siguieran vivos, que no hubiera provocado la muerte de dos amigos más.
—¡Fiona!
La única respuesta que recibió fue el resonante retumbo del trueno y el lúgubre gemido del viento. Bramó una y otra vez, en los intervalos en que las olas no lo cubrían; pues libraba una auténtica batalla para mantener la cabeza y los hombros fuera del agua, para otear entre las aberturas en el oleaje, en un intento de ver algo… cualquier cosa.
—Fio…
La voz de Dhamon se apagó. Estaba seguro de haber oído algo, así que puso a prueba los sentidos, decidido a captar sonidos débiles entre el estrépito de las olas y el fragor del trueno. El ruido era potente, el mar helado y demoledor.
¡Ahí! Realmente oía algo. ¿Una voz? Dhamon se concentró y cerró los ojos. ¿Se trataba de un siseo? ¡Por las cabezas de la Reina de la Oscuridad! ¿Seguían buscándolo los dracs?
—¡Encontrad al hombre!
—¡Essscuchad! Lo oigo. ¡El hombre essstá gritando!
—¡Debemosss encontrar al hombre!
—¡Lo oigo!
—Dracs asquerosos —masculló él—. Criaturas despreciables e infames.
—¡El hombre! ¿Dónde essstá el hombre?
Por un breve instante, consideró la idea de provocar a sus adversarios, para atraerlos adrede y llevarse a uno o a dos de ellos consigo a una dulce muerte bajo las aguas; pero al final decidió que no deseaba dar a las fuerzas de la hembra de Dragón Negro aquella satisfacción.
Cuánto tiempo permaneció Dhamon balanceándose en las aguas y tomando aire cuando podía, mientras intentaba permanecer oculto a los dracs… nunca lo supo con certeza. Finalmente, dejó de oír siseos, y supuso que el enemigo se había dado por vencido y volado de vuelta a Shrentak.
Brazos y piernas le pesaban como plomos por el esfuerzo de mantenerse a flote, y cada vez le costaba más mantener los irritados ojos abiertos bajo el constante golpear del agua salada. Aun así, se negó a dejarse vencer, y se obligó a volver a nadar.
¡Más sonidos! ¿Fiona? ¿O acaso habían regresado los malditos dracs? ¿Había sobrevivido Ragh?
Contuvo la respiración para escuchar y de nuevo intentó descifrar el conjunto de sonidos de la tormenta para definir los que acababa de oír. No se trataba de palabras. Era una especie de golpeteo, pero no de alas. ¿El crujido de la madera? ¿Un barco? Sí, se oía un continuo rechinar, y órdenes dadas a voz en cuello; unos cuantos términos náuticos que recordaba haber oído usar a Rig. Los crujidos aumentaron en intensidad, ¡luego, finalizaron en un fuerte chasquido! Se oyó el chapoteo ahogado de algo que caía al agua, a continuación chillidos y más órdenes dadas a gritos.
—¿Eh? ¡Socorro! —chilló Dhamon.
¿Sería una nave? ¡Tenía que serlo! Eran gritos de hombres, de hombres aterrorizados, y no detectaba siseos de dracs. Los crujidos persistieron. ¡Maderos que se quejaban de la tormenta! ¿Qué tamaño tendría el barco? ¿Podían verlo, forcejeando en el agua, los hombres de la cubierta?
—¡Socorro! ¡Socorro! —aulló, y las palabras le sonaron amargas y desconocidas. Agitó un brazo con energía—. ¡Aquí! ¡Socorro! ¡Ayudadnos!
No obtuvo respuesta.
—¡Aquí! —Sus gritos perdieron fuerza cuando se quedó sin aliento—. ¡Aquí!
Siguió sin obtener respuesta.
El crujido del barco se tornó más apagado, luego se desvaneció por completo. Las frenéticas órdenes de los marineros se convirtieron en murmullos, que fueron apagándose hasta desaparecer. Transcurrieron largos minutos, y Dhamon dejó de gritar. Estaba seguro de que la embarcación se había alejado, y estaba igualmente seguro de que Fiona estaba muerta. La mujer era una luchadora formidable, pero el mar era un adversario brutal y desconocido.
Se puso en marcha en la dirección que creyó había tomado el barco, aunque sin estar seguro de si sus brazadas lo hacían avanzar. Tras varios minutos, algo lo rozó, e instintivamente alargó la mano para cogerlo, con la esperanza de que se tratara de algún resto de madera caído de la nave que pudiera ayudarlo a mantenerse a flote. En su lugar, los dedos se cerraron sobre carne cubierta de escamas.
—¿Ragh?
El draconiano tosió una respuesta y empujó algo hacia él.
—¡Fiona! —exclamó Dhamon—. ¡Por todos los dioses de…!
—Está viva —replicó Ragh, que tragó aire antes de hundirse, y volver a ascender—, pero apenas. Ya no puedo sujetarla por más tiempo.
—¿Cómo está?
Dhamon le palpó el rostro. La mujer respiraba de un modo irregular, y el resplandor de un relámpago mostró un profundo corte inflamado en la frente y lesiones graves producidas por el ácido de los dracs.
—Es fuerte para ser humana —indicó Ragh—; no es del tipo que se rinde fácilmente. Me agarré a ella durante todo el descenso, no la solté ni un instante; pero la caída la dejó inconsciente. —El sivak volvió a hundirse.
Dhamon sostuvo la parte posterior de la cabeza de Fiona entre las manos, a la vez que hacía todo lo posible para mantener la boca y nariz de la mujer fuera del agua. Pasó una mano alrededor de la solámnica y la apartó de Ragh.
Se dio cuenta de que el draconiano tenía más problemas que él para mantenerse a flote, ya que su cuerpo desgarbado no estaba hecho para nadar.
—Probablemente sea mejor para ella haber perdido el conocimiento. No sentirá nada. Vamos a morir aquí de todos modos, como te habrás dado cuenta —jadeó el sivak, saliendo de nuevo a la superficie—. Moriremos, y Nura Bint-Drax seguirá viva.
—Oí un barco —gritó Dhamon.
Ragh volvió a hundirse bajo las olas, y en esta ocasión tardó mucho más tiempo en volver a salir.
—Yo también lo oí. No pude verlo, sin embargo, y tampoco ellos pudieron vernos.
—¡No puede haber ido muy lejos! —insistió Dhamon.
Sujetó al otro con la mano libre y usó su enorme fuerza para nadar y mantenerlos a todos a flote. Parpadeó para aclarar la visión, en un esfuerzo por ver algo que no fueran las aguas negras como la noche.
—Ragh, si conseguimos llegar hasta el barco, juntos podríamos conseguir hacer algo para atraer su atención…
Una ola estrelló violentamente al draconiano contra él.
—¡Ningún barco podría sobrevivir a esto!
Otra ola chocó contra ellos, y la mano de Dhamon se aflojó. El draconiano volvió a hundirse.
—¡No vamos a darnos por vencidos! —instó Dhamon, y empezó a tirar de Fiona en dirección a lo que suponía era el norte; si era posible encontraría el barco.
—¡Ragh! ¡Síguenos!
Vio que el draconiano volvía a salir a la superficie y empezaba a nadar, luchando por alcanzarlo.
Transcurrieron minutos interminables. Dhamon aguzaba el oído en busca del crujir de mástiles y los gritos de los marineros, y rezaba para poder divisar algún rastro de la nave cuando el siguiente relámpago describió un arco en el cielo.
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