—Ya, pero tal vez ella no lo entienda así —dijo él con aire sombrío, tras lo cual hizo un gesto ominoso con la cabeza en dirección al mar azul grisáceo.
—¿Ella? ¿Quién es «ella»? —preguntó la joven mientras volvía a bajar al balandro.
El pescador echó una ojeada a su alrededor como si temiera que los estuvieran escuchando a escondidas y después se inclinó para musitar en un susurro atemorizado:
—¡Zeboim!
—La diosa del mar. —Mina había envuelto las tiras de salazón de carne en hule para conservarlas secas, y las guardó en una caja de madera, junto con una bolsa impermeable que contenía galletas. No llevaba mucha comida porque, de un modo u otro, el viaje sería corto. Sacó un mapa, envuelto también en hule, y lo guardó con mucho cuidado ya que, al fin y al cabo, era más valioso que la comida—. No temas la ira de Zeboim. Estoy en una misión sagrada y tengo intención de pedirle su bendición.
El pescador no parecía muy convencido.
—Mi sustento depende de su favor, oficial. Tomad vuestro dinero. Si realmente vais a intentar navegar por el mar de Sirrion hasta el Alcázar de las Tormentas, como decís, no os dará su bendición. Os hundirá tan de prisa que la cabeza os dará vueltas, y después vendrá por mí.
Mina sacudió la cabeza, sonriente.
—Si te preocupa tanto lo que Zeboim pueda pensar, lleva el dinero a su santuario y dáselo en ofrenda. Creo que esa suma te proporcionará una cantidad considerable de su buena voluntad.
El pescador caviló y, tras unos segundos de morderse el labio con la mirada prendida en las agitadas aguas, se guardó la bolsa de dinero en los pantalones de hule.
—Puede que tengáis razón, dama oficial. El viejo Ned le entregó a la Señora seis monedas de oro, cada una de ellas marcada con la cabeza de un tipo que se hacía llamar «rey de sacerdotes» o algo así. El viejo Ned encontró esas monedas dentro de un pez cuando lo destripó, y se imaginó que debían de pertenecer a la Señora. A lo mejor las había guardado allí para tenerlas a buen recaudo. Él imaginó que no valdrían mucho, ya que nunca había oído hablar de un rey de sacerdotes, pero sí que debían de tener valor porque ahora sale en su barca de pesca y vuelve con más bacalao del que podáis contar.
Embarcada ya la comida, Mina subió del balandro al muelle para cargar con el último objeto: su armadura.
—Tal vez haga lo mismo por ti —comentó.
—Eso espero —dijo el pescador—. En casa tengo seis bocas hambrientas a las que alimentar, y últimamente la pesca no ha ido muy bien. Ésa es una de las razones de que haya vendido esta barca de vela. —Se frotó la mejilla, a la que asomaba la barba canosa—. A lo mejor divido el dinero con la Señora. La mitad para ella y la mitad para mí. Eso parece justo, ¿no?
—Muy justo —repuso Mina, que desempaquetó la armadura y extendió las piezas sobre el muelle. El pescador la miró y sacudió la cabeza.
—Más vale que la mantengáis seca —dijo—. El agua salada la oxidará con voracidad.
Mina levantó el peto.
—No tengo escudero. ¿Quieres ayudarme a ponérmela? —¿Poneros la armadura? —El pescador la miró de hito en hito—. ¿Para salir a navegar?
Mina le sonrió. El ámbar de sus ojos resplandeció y pareció rodearlo. El pescador bajó la vista.
—Si volcáis, os hundiréis como un enano —le advirtió.
Mina se metió la coraza por la cabeza y levantó los brazos para que el pescador pudiera abrochar las correas de cuero que la cerraban. Acostumbrado a hacer los nudos de sus redes, el hombre realizó la tarea con rapidez y destreza.
—Pareces un buen hombre —comentó Mina.
—Lo soy, señora—repuso sencillamente él— O al menos es lo que intento. —Pero veneras a Zeboim, una diosa que está considerada maligna. ¿Por qué? El pescador parecía sentirse incómodo y echó otro vistazo nervioso al mar.
—Más que maligna es... bueno, temperamental. Es mejor estar a bien con ella. Si se pone en tu contra, a saber qué te puede hacer. Empujarte hacia alta mar y después dejarte allí, sin un soplo de aire, en una calma chicha, para ir a la deriva hasta que te mueras de sed. O quizá levantar una ola tan grande como para tragarse una casa. O azuzar vientos de temporal que sacuden a un hombre como si fuera una ramita. Por aquí somos buena gente. La mayoría venera a Mishakal o a Kiri—Jolith, pero si uno vive del mar no debe olvidarse de presentar sus respetos a Zeboim e incluso hacerle alguna pequeña ofrenda. Sólo para que siga contenta.
—Has dicho que se venera a otros dioses. ¿Alguien sigue a Chemosh? —preguntó la joven.
—¿A quién? —inquirió el pescador, sin dejar su tarea.
—Chemosh, Señor de la Muerte.
El pescador hizo un alto en su trabajo y pensó unos instantes.
—Ah, sí. Un clérigo de Chemosh pasó por aquí hará un mes con intención de ganarnos para ese dios. Menudo aspecto el de ese tipo... Enmohecido. Iba vestido completamente de negro y olía como una cripta al abrirse. Nos contó que la sacerdotisa de Mishakal nos mentía al decir que nuestras almas seguían a la siguiente etapa de la vida. Ese tipo nos contó que el Río de los Espíritus estaba contaminado o algo por el estilo, que nuestras almas se encontraban atrapadas aquí y que sólo Chemosh podía liberarnos.
—¿Y qué pasó con ese clérigo?
—Se corrió la voz de que había erigido un altar en el cementerio y que prometía levantar a los muertos de su tumba para demostrarnos el poder de su dios. Fuimos unos pocos con la idea de ver un buen espectáculo, cuando menos. Pero entonces apareció el alguacil con la sacerdotisa de Mishakal y le dijo al clérigo que se fuera con sus asuntos a otra parte o tendría que arrestarlo por molestar a los muertos. El clérigo no quería jaleo, supongo, porque recogió sus cosas y se marchó.
—Pero ¿y si tenía razón respecto a las almas? —preguntó Mina.
—Señora, ¿no me habéis oído? —contestó el pescador, exasperado—. Tengo seis hijos en casa y todos crecen tan de prisa como los renacuajos y quieren tres comidas completas al día. No es mi alma la que va al mar a pescar peces para venderlos en el mercado y comprar comida para los críos, ¿verdad?
—No, supongo que no.
El pescador asintió tajantemente y dio un último tirón seco a las correas. —Si fuera mi alma la que saliera de pesca me preocuparía por ella. Pero mi alma no captura peces, así que no me preocupa. —Entiendo —repuso pensativamente la joven.
—Dijisteis que ibais en una misión sagrada. ¿A qué dios seguís, pues? —A la reina Takhisis —contestó Mina. —¿No ha muerto? —inquirió el pescador.
Mina no respondió. Le dio las gracias al hombre por su ayuda y bajó por la escalerilla del muelle hasta la embarcación.
—No tiene sentido —comentó el pescador mientras soltaba los cabos que sujetaban el balandro al muelle—. Estáis perdiendo tiempo, dinero y, probablemente, la vida, para emprender una misión por una diosa que ya no existe, o eso es lo que dijo la sacerdotisa de Mishakal.
Mira le dirigió una mirada seria, como su expresión.
—Mi misión sagrada no es tanto por la diosa como por el hombre que fundó la caballería dedicada a su nombre. Me han informado de que el traidor de mi señor y causante de su muerte vive su vida miserable en el Alcázar de las Tormentas. Voy a desafiarlo a un combate para vengar a lord Ariakan.
—¿Ariakan? —El pescador soltó una risita—. Señora, ese señor vuestro murió hace casi cuarenta años. ¿Qué edad tenéis? ¿Dieciocho? ¿Diecinueve? ¡Pero si no lo conocisteis!
—No, no lo conocí, pero no me he olvidado de él. O de lo que le debo. —Se sentó en la popa y agarró la barra del timón—. Pídele la bendición a Zeboim en mi nombre, ¿quieres? Dile que voy a vengar a su hijo.
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