Margaret Weis - Ámbar y Cenizas

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La Guerra de los Espíritus ha concluido, y la magia, al igual que los dioses, ha reaparecido. Pero éstos compiten por la supremacía, y los enfrentamientos, que han extendido la miseria y la desdicha, han desestabilizado el poder en Ansalon.
Ante la tumba de la Diosa de la Oscuridad, la guerrera Mina piensa que su existencia ha terminado. La llegada de Chemosh confirma su creencia pero las intenciones del dios no son lo que aparentan: no ha acudido a su encuentro para reclamar su muerte sino para que le entregue su fe.

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—Habrías luchado porque eres mortal y tienes un fuerte instinto de supervivencia —añadió él—, una lucha que los dioses desconocemos.

Pareció cavilar sobre aquello, porque la joven notó que dejaba de prestarle atención, absorto en otra cosa, fija la mirada en una oscuridad que era eterna, infinita y terrible. Permaneció así largo rato, como si buscara respuestas, y después sacudió la cabeza, se encogió de hombros y volvió a mirarla con una sonrisa.

—Y así, vosotros, los mortales, podéis afirmar que los omniscientes dioses no son tan omniscientes.

Ella empezó a responder, pero el dios no la dejó. Se inclinó y le dio un rápido beso en los labios, tras lo cual se alejó del lecho sin prisas y dio una vuelta por la estancia iluminada por las velas. La joven observó su paso, firme y autoritario.

—¿Sabes dónde estás, Mina? —preguntó Chemosh a la par que se volvía bruscamente hacia ella.

—No, mi señor —contestó con sosiego—. No lo sé.

—Estás en mi morada. —La miró intensamente—. En el Abismo.

Mina echó un vistazo a su alrededor y después volvió los ojos hacia él. Chemosh la miró con admiración.

—Despiertas y te encuentras sola en el Abismo y, aun así, no tienes miedo.

—He recorrido lugares más oscuros —repuso Mina.

Chemosh la contempló largamente y después asintió con gesto enterado.

—Las pruebas de Takhisis no son para pusilánimes.

Mina apartó a un lado la sábana de batista, bajó de la cama y caminó hasta donde estaba él.

—¿Y qué pasa con las pruebas de Chemosh? —le preguntó con audacia.

—¿Dije que las habría? —El dios sonrió.

—No, mi señor, pero querrás que demuestre mis méritos. Y yo —añadió al tiempo que alzaba la vista hacia los oscuros ojos que reflejaban su imagen— quiero demostrarte mi valía.

La tomó en sus brazos y la besó larga y ardientemente. Ella devolvió el beso, lo estrechó contra sí arrebatada por una pasión que la dejó débil y temblorosa cuando finalmente el dios la soltó.

—De acuerdo, Mina. Me lo demostrarás. Tengo una tarea para ti, una para la que estás excepcionalmente cualificada.

La joven saboreó el beso dejado en sus labios, picante y embriagador como el aroma de la mirra. No tenía miedo, incluso estaba deseosa.

—Encárgame cualquier tarea, mi señor, que yo la emprenderé.

—Destruiste al Caballero de la Muerte, lord Soth... —empezó el dios.

—No, mi señor, no lo destruí... —Mina vaciló, sin saber muy bien cómo continuar.

Chemosh comprendió el dilema de la joven e hizo un ademán desestimándolo.

—Sí, sí, Takhisis lo destruyó, lo entiendo, pero aun así tú fuiste el instrumento de su destrucción. —Lo fui, mi señor.

—Lord Soth era un Caballero de la Muerte, un ser aterrador —siguió Chemosh—, alguien a quien incluso nosotros, los dioses, podríamos temer. ¿No tuviste miedo de enfrentarte a él, Mina?

—Dentro de unos cuantos días, lord Soth, ejércitos tanto de vivos como de muertos atacarán Sanction. La ciudad caerá en mi poder. —Mina no hablaba alardeando: sencillamente exponía un hecho—. En ese momento, el Único realizará un gran milagro. Entrará en el mundo como era su intención desde hace mucho tiempo, uniendo los reinos de los mortales y los inmortales. Cuando exista en ambos reinos, conquistará el mundo, librándolo de indeseables tales como los elfos, y se establecerá como dirigente de Krynn. Se me nombrará capitana del ejército de los vivos, y el Único te ofrece el mando del ejército de los muertos.

—¿Dices que me «ofrece» eso? —inquirió Soth.

—Te lo ofrece, sí, por supuesto.

—Entonces, no se ofenderá si rechazo su oferta —adujo Soth. —No se ofenderá, pero le dolería mucho tu ingratitud, después de todo lo que ha hecho por ti.

—Todo lo que ha hecho por mí. —Soth sonrió—. Así que es por eso por lo que me trajo aquí. Para ser un esclavo que dirige un ejército de esclavos. Mi respuesta a tan generosa oferta es: no.

—No lo tuve, mi señor, porque iba armada con la cólera de mi reina —contestó Mina—. ¿Qué era el poder del Caballero de la Muerte comparado con eso?

—Oh, poca cosa —dijo Chemosh—. Nada salvo la capacidad de matarte con una simple palabra. Se podría haber limitado a decir «muere» y habrías muerto. Dudo que ni siquiera Takhisis hubiera podido salvarte.

—Como te he dicho, mi señor, iba armada con la cólera de mi reina. —Frunció levemente el entrecejo, pensativa—. No puede ser que quieras que me enfrente a lord Soth. La Reina Oscura lo destruyó. ¿Hay otro Caballero de la Muerte? ¿Alguien que te resulta molesto?

—¿Molesto? —Chemosh se echó a reír—. No, no es una molestia para mí ni, realmente, para nadie en Krynn. Al menos no lo es ahora. Hubo un tiempo en que lo fue para mucha gente, de forma relevante para el difunto lord Ariakan. Se llama Ausric Krell. En la historia se lo conoce, creo, como el Traidor.

—El felón que provocó la muerte de lord Ariakan a manos de Caos —comentó acaloradamente Mina—, Conozco la historia, mi señor. Todos los caballeros hablaban de eso. Ninguno sabía qué pasó con Krell.

—A ninguno le gustaría saberlo —repuso Chemosh—. Ariakan era hijo de Zeboim, diosa del mar, y del Señor del Dragón Ariakas. Al padre lo mataron en la Guerra de la Lanza. Zeboim puso el corazón en el niño, que era su único hijo. Cuando murió por las malas artes de Krell durante la Guerra de Caos, las lágrimas de la diosa fluyeron tan copiosamente que el nivel de los mares subió en todo el mundo, o eso dicen.

»No obstante, el fuego de la ira de Zeboim secó pronto sus lágrimas. Sargonnas, dios de la venganza, es su padre, y Zeboim es digna hija de su padre. Persiguió al maldito Krell, lo sacó a rastras del agujero en el que intentaba esconderse, y se puso a castigarlo. Lo torturó día tras día, y cuando Krell no pudo soportar el dolor y el tormento y el corazón le falló, lo trajo de vuelta a la vida, lo torturó hasta matarlo, lo volvió a traer, y así una y otra vez. Cuando por fin se cansó del juego, llevó lo que quedaba de él (sus restos llenaban un pequeño balde, tengo entendido) por el mar de Sirrion septentrional hasta el Alcázar de las Tormentas, la fortaleza construida por los Caballeros de Takhisis en una isla y que le había entregado a su hijo, lord Ariakan. Allí maldijo a Krell, lo transformó en un Caballero de la Muerte, y lo dejó para que consumiera sus días de aflicción en aquella roca abandonada, rodeado por mar y tormenta que nunca le dejarán olvidar lo que había hecho.

»Y allí, durante treinta años, lord Ausric Krell ha permanecido prisionero, obligado a vivir eternamente en la fortaleza donde prometió vida y lealtad a lord Ariakan.

—¿Y aún sigue allí? Durante todos esos años los dioses se encontraron ausentes —manifestó Mina, extrañada—. Zeboim no estaba en el mundo. No habría podido impedirle que se marchara. ¿Por qué no lo hizo?

—Krell no es Soth —repuso secamente Chemosh—. Es solapado y ladino, con la nobleza de una comadreja, el honor de un sapo y el cerebro de una cucaracha. Aislado en su roca, no tenía forma de saber que Zeboim no se encontraba allí para mantenerlo vigilado. Las olas se estrellaban contra los acantilados de su prisión igual de implacables que cuando ella estaba presente. Las tormentas, tan frecuentes en esa parte del mundo, descargaban contra los muros de su prisión. Cuando finalmente descubrió que había tenido una oportunidad y la había perdido, se puso tan furioso que derribó una pequeña torre de un solo golpe.

—Y, ahora que Zeboim ha regresado, ¿sigue vigilándolo?

—Día y noche —contestó Chemosh—. Testimonio del amor de una madre.

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