Margaret Weis - Ámbar y Sangre

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Con este título finalizan las aventuras de la guerrera Mina.
El mundo de Krynn siempre tiene sorpresas para los incautos, pero la revelación de que una mortal, que primero dedicó su vida al Dios Único y luego a Chemosh, es a su vez una diosa, rebasa todos los límites conocidos. Para Mina, significa caer en la locura al conocer la verdad.
Los dioses de la Oscuridad y de la Luz se muestran ansiosos por tener a Mina como una de los suyos, ya que ella puede romper el equilibrio de poder en el cielo. Pero Mina tiene sus propios planes.

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—¡Krell, estás vivo! —exclamó Beleño, aunque no estaba muy seguro de que aquello fuera una mejoría—. Ya no eres un Caballero de la Muerte.

—¡Cállate! —gruñó Krell. Miró inquisitivamente toda la gruta, echó un vistazo a la niña dormida sin mucho interés, lanzó una mirada furiosa al kender y se volvió hacia Rhys—. He venido a por Mina. En nombre de mi señor Chemosh, exijo saber dónde está.

—Aquí no —contestó Beleño rápidamente—. No sabemos dónde está. No la hemos visto, ¿a que no, Rhys?

Rhys se quedó callado.

Krell entrecerró los ojos. Aunque apenas había luz, la gruta no era muy grande y no había rincones ni grietas donde esconderse.

—¿Dónde está Mina? —volvió a preguntar Krell.

—Puedes comprobarlo tú mismo —contestó Beleño en voy muy alta—. Aquí no está.

—Entonces, ¿dónde está? —inquirió Krell. Seguía con los ojos fijos en Rhys—. ¿Te acuerdas de la última vez que nos encontramos, monje? ¿Te acuerdas de lo que te hice? Te rompí prácticamente todos los huesos de la mano. Esta vez no voy a perder el tiempo rompiendo huesos. Directamente te cortaré la mano por la muñeca...

Krell empuñó la espada y dio un paso hacia Rhys.

Atta , quieta... —empezó a decir Rhys, pero ya era demasiado tarde.

Atta se abalanzó sobre Krell y le clavó los dientes en la pantorrilla, una parte que la greba de hueso le dejaba desprotegida.

Krell lanzó un aullido de dolor y se retorció para mirarse la pierna. La sangre empezó a manar por la herida con las dos filas de dientes marcados. Gruñó furioso y trató de herir a la perra con la espada. Atta se apartó ágilmente, mientras Rhys detenía el golpe con su cayado.

Krell resopló, burlón, y golpeó el bastón con la hoja, creyendo que iba a partirlo. Rhys levantó el cayado con un movimiento rápido y le golpeó con él en la mano. Krell soltó la espada. Doblando los dedos, miró furioso a Rhys, que había dado un paso atrás.

Krell se agachó para recuperar la espada.

Atta , en guardia —ordenó Rhys.

La perra sacando los colmillos, lanzó un mordisco malintencionado a la mano de Krell. Este la apartó bruscamente, con los dedos cubiertos de sangre.

—Creo que sería mejor que te fueras —dijo Rhys—. Dile a tu señor que la Mina que busca no está conmigo.

—¡Mientes muy mal, monje! —respondió Krell. El aliento que salía de la calavera del carnero era nauseabundo—. Sabes dónde está y me lo vas a decir. ¡Me suplicarás que te deje decírmelo! No necesito una espada para matarte de mil maneras horrendas.

Rhys no sentía miedo, como le había sucedido cuando estaba en presencia del Caballero de la Muerte. Lo que sentía era asco, repugnancia.

Krell ya no se veía empujado a matar por una maldición de los dioses. Krell mataba por razones ruines y mezquinas. Mataba porque se deleitaba con el dolor y el miedo de sus víctimas, y porque le gustaba sentir que el poder de la vida y la muerte estaba en sus sucias manos.

Atta —dijo Rhys con voz tranquila—, vete con Beleño.

El kender cogió a la perra, que no dejaba de gruñir, y le cerró el hocico con las manos.

—Vamos a dejar que Rhys se ocupe de esto —susurró.

—No tengo más que decir una palabra a Chemosh, monje —amenazó Krell—, Y te arrancará la carne de los huesos, eso para empezar...

Rhys cogía el cayado con firmeza. Lo sostenía en vertical delante de sí, apretándolo entre las manos. No tenía la menor idea de si estaba bendito como su otro cayado. Tal vez sí, tal vez no. Lo que sí sabía era que Majere estaba con él. Sentía al dios como una fuente de paz, calma y tranquilidad.

El brillo de los ojos de Krell se tornó amenazador.

—Vas a decírmelo.

Se acercó a la niña, que seguía dormida a pesar del alboroto, se agachó, la agarró por el pelo y la arrancó de su sueño de un tirón.

Mina cogió aire y lanzó un grito. Se retorció bajo la mano de Krell, intentando liberarse.

Krell la sujetó con más fuerza y puso una de sus enormes manazas sobre la garganta de la pequeña.

Mina dejó escapar un quejido y se quedó rígida.

—Siempre me gustaron jóvenes —rió satisfecho Krell—. Aquí tienes un adelanto de lo que le pasará a la niña si no hablas, monje.

Krell clavó unas uñas largas y amarillentas, que más parecían de un esqueleto que de un hombre, en la garganta de Mina. De las heridas empezaron a manar unos hilos finos de sangre. Mina se estremeció por el dolor, pero no hizo ningún ruido. Sus ojos ambarinos se endurecieron con fría determinación.

—Oh, oh —dijo Beleño, mientras tiraba de Atta hacia la pared.

—La próxima vez se las clavaré más. ¿Dónde está Mina? —preguntó Krell, mirando con furia a Rhys.

Pero quien respondió fue Mina.

—Aquí mismo.

Agarró el guantelete de hueso que cubría el brazo de Krell y clavó los dedos. El guantelete se resquebrajó, se partió y cayó al suelo. Mina siguió apretando y la sangre empezó a salir a borbotones por encima de sus dedos.

Krell gruñó de dolor y agitó el brazo para intentar liberarse.

Mina se lo retorció y se oyó el chasquido de los huesos. Krell aulló entre grandes dolores y, gimiendo, se dejó caer de rodillas. Se veían las puntas desiguales del hueso cubierto de sangre sobresaliendo entre la carne teñida de azul.

Mina lo fulminó con la mirada.

—Me has hecho daño. Eres malo. —Arrugó la nariz—, Y hueles mal. No me gustas. Yo me llamo Mina. ¿Qué quieres de mí?

—Esto es una especie de truco... —gruñó el hombre.

—¡Respóndeme! —Mina le propinó una patada en el muslo. La pieza de hueso se partió en dos.

Krell gimió.

—Me envió Chemosh...

—Chemosh. No conozco a ningún Chemosh —repuso Mina—. Y si es un amigo tuyo, tampoco quiero conocerlo. Vete y no vuelvas.

—No sé lo que está pasando —dijo Krell con voz cruel—, pero no importa. Dejaré que sea mi señor quien lo descubra.

Con su brazo bueno, cogió a Mina de la mano.

—¡Chemosh! Ya la tengo... —bramó.

Rhys pegó un salto y balanceó el cayado a la altura de la cabeza de Krell. El emmide silbó al cortar el aire. Rhys bajó el cayado, mirando alrededor estupefacto. Krell había desaparecido.

—Rhys —llamó Beleño con voz estrangulada—, mira hacia arriba.

El kender señalaba con la mano.

Krell colgaba del techo cabeza abajo, suspendido en el aire con una cuerda atada alrededor de la bota. Se le había caído el yelmo del cráneo de carnero, que estaba en el suelo, junto a los pies de Mina.

A Krell se le salían los ojos de las órbitas. Abría y cerraba la boca, sin que de ella saliera sonido alguno. El brazo roto le colgaba inerte. Se retorcía y daba patadas al aire, pero lo único que conseguía era girar y girar en medio de la nada. Mina levantó la vista hacia Rhys.

—Ya no tengo sueño. Es hora de marcharse.

Rhys miró a Krell, contorsionándose colgado de aquella cuerda de fabricación divina, mientras exigía y suplicaba a Chemosh que acudiera a rescatarlo. Rhys miró a Beleño, que a su vez miraba a Mina con expresión atemorizada, y no es fácil intimidar a un kender.

Mina alargó un brazo y cogió a Rhys de la mano.

—Vas a llevarme a casa, señor monje —le recordó—. Me lo prometiste.

Rhys no podía responder. Tenía una sensación en el pecho que lo presionaba y apenas le dejaba respirar. Estaba empezando a comprender la inmensidad de la misión en la que se había embarcado.

—¡Vamos, señor monje! —Mina tiraba de él con impaciencia.

—Mi nombre es Rhys Alarife —dijo Rhys, intentando hablar en un tono normal—. Y él es mi amigo Beleño.

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