Margaret Weis - Ámbar y Sangre

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Con este título finalizan las aventuras de la guerrera Mina.
El mundo de Krynn siempre tiene sorpresas para los incautos, pero la revelación de que una mortal, que primero dedicó su vida al Dios Único y luego a Chemosh, es a su vez una diosa, rebasa todos los límites conocidos. Para Mina, significa caer en la locura al conocer la verdad.
Los dioses de la Oscuridad y de la Luz se muestran ansiosos por tener a Mina como una de los suyos, ya que ella puede romper el equilibrio de poder en el cielo. Pero Mina tiene sus propios planes.

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—¿En el mar? —repitió Zeboim. Después, añadió en un murmullo—: ¡Claro! Saltó al mar desde la muralla. Y vino a ti, el monje que la conocía...

—Majestad —dijo Rhys—, necesito que me digáis qué está pasando.

Zeboim lo miró.

—Mi querido monje. Sería tan divertido marcharme y dejarte dando vueltas en la más absoluta ignorancia, pero ni siquiera yo soy tan cruel. No tengo tiempo para los detalles, pero te contaré esto. Esta niña, esta pequeña, esta Mina es una diosa. Es una diosa que no sabe que lo es, una diosa a la que Takhisis engañó para que creyera que era una humana. Lo que es más, es una diosa de la luz a la que han burlado para que sirva a la oscuridad. ¿Por ahora me sigues?

Rhys la miraba fijamente, estupefacto.

—Ya veo que no. —Zeboim se encogió de hombros—. Bueno, tampoco importa demasiado. Estás unido a ella. Como iba diciendo, la pobre Mina tuvo la desgracia de enamorarse de Chemosh y, como hacen todos los hombres, él le rompió el corazón. Mina intentó recuperarlo entregándole un regalo. Arrancó la Torre de la Alta Hechicería de las profundidades de mi mar y la puso en esa isla que está ahí. Todos nos quedamos asombrados. Para la mayoría de nosotros, aquél era el primer indicio de que era un dios. Majere ya lo sabía, por supuesto.

—No me lo creo... No puedo creérmelo... —Rhys se interrumpió, al recordar el nombre del lugar al que se había referido como su hogar—, Si lo que decís es cierto, majestad, ¿cómo ha podido llegar a convertirse en esto? ¿Una niña?

—Sólo los dioses lo saben —contestó Zeboim—. No, espera. Lo retiro. Nosotros los dioses no tenemos la menor idea. Crees que estoy mintiendo, ¿no es así?

Rhys se sentía avergonzado.

—Majestad...

Zeboim lo agarró por el brazo y clavó las uñas a través de la tela de la túnica, hasta hundirse en la carne. Le miró fijamente a los ojos, más allá de los ojos, a la mismísima alma.

—Puedes creerme o no, tú eliges —le dijo entre dientes—. Como ya he dicho, eso no importa demasiado. Mina acudió a ti. Lo que quiero saber es... ¿por qué? ¿La envió a ti Majere? Todos nosotros prestamos juramento. Se supone que no vamos a interferir. ¿Majere ha roto el juramento?

En ese momento, Rhys comprendió que Zeboim decía la verdad y le recorrió un escalofrío. Apartó la mirada de la diosa y la dirigió al pequeño bulto de la niña acurrucada, envuelta en una tela desgastada, dormida sobre el suelo frío y húmedo de una cueva; y la recordó luchando contra las olas de la tormenta provocada por los dioses. No entendía cómo funcionaban las cosas en el cielo, pero sí que sabía un par de cosas sobre el sufrimiento de los mortales.

—A lo mejor vino porque estaba sola y asustada —dijo Rhys— y necesitaba un amigo.

Zeboim despedazó a Rhys con la mirada, examinó cada trozo y después lo lanzó lejos de ella. El monje se apoyó tambaleante sobre la pared de piedra.

—Pues buena suerte con tu nueva amiguita, monje.

La diosa del mar desapareció en una ráfaga de viento y lluvia.

Aturdido, Rhys bajó los ojos hacia la niña.

—Majere —rogó, atribulado—, ¿es vuestra voluntad que yo deba encargarme de este cometido?

—¡Rhys! —aulló una voz. Rhys se sobresaltó un momento, hasta que se dio cuenta de que era la voz de Beleño.

—¡Rhys! ¿Es seguro entrar a la cueva? —el kender gritaba desde fuera de la gruta—. ¿Zeboim se ha ido?

—Ya se ha ido. —«Por el momento», añadió Rhys mentalmente, pues estaba seguro de que aquéllas no serían las últimas noticias que tendrían de la diosa.

Beleño entró con precaución, escudriñando las sombras, como si estuviera seguro de que la diosa podía abalanzarse sobre él en cualquier momento. Entonces vio el fuego y chasqueó los dedos.

—Vaya, sabía que se me olvidaba algo. Se suponía que tenía que ir a buscar yesca...

—Ya no hace falta —contestó Rhys, con una sonrisa.

—Sí, eso ya lo veo. Me imagino que me olvidé de la yesca de lo nervioso que me puse cuando encontré otra cosa. No quería meterla en la cueva mientras estuviera ya sabes tú quién. Pero como se ha ido, voy a buscarla.

Salió corriendo de la gruta y volvió con una rama larga y delgada que el mar había arrastrado. La sostuvo en alto, orgulloso.

—La encontré tirada en la orilla. ¿No te recuerda a tu antiguo bastón? El emético o como se llame. Bueno, Atta y yo pensamos que podías utilizarlo.

—El emmide —le corrigió Rhys en voz baja.

Cogió el viejo bastón y cerró los dedos alrededor de la madera. Sintió que una calidez agradable le subía por el brazo y se extendía por todo su cuerpo. Y envuelto en esa calidez, oyó la voz del dios y supo la respuesta de Majere.

Rhys apoyó el cayado en la pared y extendió la camisola mojada de la niña cerca del fuego, para que se secara. La pequeña dormía profundamente, con la respiración pausada y regular. Rhys se dejó resbalar hasta el suelo y se recostó en la pared. Estaba agotado, tanto física como mentalmente. No se acordaba siquiera de la última vez que había dormido.

—Oí a Zeboim gritándote. ¿Qué quería? —preguntó Beleño.

Atta y tú teníais razón. Esta niña es Mina —dijo Rhys. Cerró los ojos.

—¡Vaya! —exclamó Beleño, casi sin aliento.

Se desprendió de todas sus bolsas, después se quitó las botas, vació el agua que llevaban dentro y las acercó a las llamas, para que se secaran.

—Mis botas siguen oliendo a cerdo salado —dijo el kender—. Lo que me recuerda que la cena ya ha quedado muy lejos. Me pregunto si habrá sobrado algo de cerdo.

Se acercó a la bolsa de cerdo salado que les había dejado el minotauro por todo alimento y miró dentro. Atta lo observaba esperanzada. El kender sacudió la cabeza y la perra agachó las orejas.

—Vaya, bueno. Supongo que podemos esperar hasta la hora de comer, ¿verdad, chica? —dijo Beleño, dándole una palmadita—. Oye, Rhys, ¿Zeboim te dijo cómo se había convertido Mina en una niña pequeña? Había oído historias de gente que envejece diez años en una sola noche, pero nunca al revés. ¿La diosa tuvo algo que ver en eso? ¿Ella hizo algo? ¿Rhys?

El kender le pegó un codazo.

—Rhys, ¿estás dormido?

—¿Qué? —Rhys se despertó sobresaltado.

—Perdona —se disculpó Beleño arrepentido—. No quería despertarte.

—No pasa nada. Yo no quería quedarme dormido. ¿Qué me habías preguntado? —respondió Rhys con gran paciencia.

—Te estaba preguntando si fue Zeboim quien hizo esto. Parece que le gusta mucho achicar a la gente. —El kender todavía estaba molesto por la vez en que la diosa lo había reducido al tamaño de una pieza de khas y lo había metido en la bolsa de Rhys. Después, los había mandado a los dos a luchar contra un Caballero de la Muerte.

Rhys negó con la cabeza.

—La diosa del mar se quedó atónita al ver a Mina en el cuerpo de una niña.

—Y entonces, ¿qué dijo que había pasado?

—Según Zeboim, Mina es una diosa que no sabe que lo es. Una diosa a la que Takhisis ha engañado para que crea que es humana. Mina es una diosa de la luz a la que han burlado para que sirva a la oscuridad.

Beleño observó a Rhys con los ojos entrecerrados.

—¿Te diste otro golpe en la cabeza?

—Estoy bien —le aseguró Rhys.

—Mina, una diosa. —Beleño resopló—. Si quieres saber mi opinión, todo eso no es más que una sarta de tonterías. Zeboim hizo esto. Convirtió a Mina en una niña y nos la mandó para molestarnos.

—Me parece que no —repuso Rhys con voz tranquila—. Mina se despertó mientras tú no estabas. Me dijo que se había escapado de su casa y me pidió que volviera a llevarla allí.

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