—¡Mi señor! —gritó Krell—. ¡Un Acólito de los Huesos! ¿Os acordáis?
Chemosh se acordaba perfectamente. Concedió a Krell los poderes de un Acólito de los Huesos y, aunque no eran tan impresionantes como cuando había sido un Caballero de la Muerte, Krell quedó satisfecho con los resultados.
Beleño entró en la gruta, tambaleándose debajo de un montón de leña. La dejó caer en el suelo y después se quedó mirando fijamente a la niña, que yacía inmóvil sobre las piedras frías, mientras Rhys le frotaba las manos heladas para intentar que entrara en calor. Atta entró trotando, olfateó a la pequeña, dejó escapar un gruñido y se retiró a la otra esquina de la cueva.
—Necesitamos yesca para encender el fuego —dijo Rhys—, A lo mejor sirven unas algas. Si pudieras darte prisa...
Mascullando para sí, Beleño llamó a Atta y los dos volvieron a salir. Rhys esperaba que no perdieran el tiempo. Sentía la piel de la niña fría y húmeda, los latidos de su pequeño corazón eran lentos y débiles, y tenía las uñas y los labios azulados.
La habría envuelto en su propia túnica, pero estaba tan mojada como el blusón de algodón que llevaba ella.
Paseó la mirada por la gruta, que había sido un santuario de Zeboim. En el extremo más lejano se alzaba un altar dedicado a la diosa. No le había prestado demasiada atención cuando el minotauro lo había llevado allí. Tenía asuntos mucho más acuciantes de los que preocuparse, como el hecho de estar encadenado a la pared o de que lo amenazaran con despiadadas torturas y la muerte. Pero en ese momento, con la esperanza de encontrar algo que pudiera servirle, se apartó de la pequeña y avanzó hacia el fondo de la cueva para observar el altar desde más cerca.
Estaba toscamente tallado en una sola pieza de granito con vetas negras y rojas.
Alguien había colocado cuidadosamente una caracola sobre el altar, adornado con una pieza de seda desgastada de color verde mar. Después de susurrar para sí una oración de agradecimiento a Majere y otra pidiendo perdón a Zeboim por profanar su altar, Rhys levantó la caracola, cogió la tela y volvió a colocar cuidadosamente la concha.
Rhys quitó a la niña el blusón empapado, la frotó con la tela hasta que estuvo seca y la envolvió en ella. La pequeña asomaba entre los pliegues como si estuviera dentro del capullo de seda con el que habían hilado la ofrenda a la diosa. La niña dejó de tiritar. Un leve color le iluminó las mejillas y se borró el azul de sus labios.
—Gracias, Zeboim —dijo Rhys en voz baja.
—No puedo decirte que de nada-contestó la diosa del mar, de repente—. Por lo menos no te olvides de limpiar la tela y ponerla en su sitio cuando hayas terminado.
Zeboim entró en la gruta muy silenciosamente para lo que era costumbre en ella, envuelta únicamente por una suave brisa que agitaba su túnica de un color verde azulado y ribeteada de espuma a la altura de los pies desnudos. Dedicó una mirada a la niña que estaba en el suelo, sin demasiado interés.
—¿De dónde has sacado a esa niña medio ahogada?
—La encontré en la orilla durante la tormenta, el agua la había arrastrado hasta allí —contestó Rhys, observando a la diosa con detenimiento.
—¿Quién es? —preguntó Zeboim, aunque no parecía importarle demasiado.
—No tengo la menor idea —respondió el monje. Se quedó callado un momento, y después añadió en voz baja—: ¿La conocéis, majestad?
—¿Yo? No, ¿por qué iba a conocerla?
—Por nada, majestad —dijo Rhys, con un suspiro de alivio. Beleño debía de estar equivocado.
Zeboim dio una zancada por encima de la niña y se arrodilló delante de Rhys. Alargó la mano y le acarició la mejilla.
—¡Mi querido monje! —dijo con voz dulce—, ¡Me alegra tanto ver que estás sano y salvo! La preocupación me consumía por dentro.
—Os agradezco que os preocupéis por mí, majestad —repuso Rhys débilmente—. ¿En qué puedo serviros?
—¿Servirme? —Zeboim estaba consternada—. No, no. Sólo vine para interesarme por tu salud. Dónde está tu amigo, ese... hm... ese pequeño kender encantador. Y el chucho. Perro. El perro, quería decir. Ese perro precioso. Mi querido monje, estás tan mojado y con tanto frío. Deja que te caliente.
Zeboim fue de un lado a otro alrededor de Rhys. Después de secar la túnica con un simple toque de su mano, la diosa prendió el montón de leña con un chasquido de dedos. Mientras tanto, Rhys la observaba en silencio, sin dejarse engañar por sus lisonjas. La última vez que había visto a la diosa del mar, ésta le había asegurado que estaría encantada de presenciar cómo moría a manos de Mina.
—Así. Mucho mejor, ¿verdad? —preguntó Zeboim, solícita.
—Gracias, majestad —contestó Rhys.
—Si hay cualquier otra cosa que pueda hacer por ti...
—Quizá decirme por qué habéis venido —sugirió Rhys.
Zeboim pareció molestarse.
—Está bien —dijo con voz cortante—. Ya que quieres saberlo, estoy buscando a Mina. Se me ocurrió que podía haber acudido a ti, ya que parecía encontrarte interesante. No soy capaz de explicármelo. Yo te encuentro tan anodino como el agua de fregar los platos. Pero Mina no dejaba de hablar de ti y pensé que podría estar aquí.
Recorrió la gruta con la mirada y se encogió de hombros.
—Por lo visto, estaba equivocada. Si la ves, tienes que decírmelo. Por todos esos grandes momentos que compartimos...
Cuando ya se iba, sus ojos volvieron a posarse en la niña envuelta en la tela del altar. Zeboim se detuvo, sin dejar de mirarla.
La pequeña estaba tumbada sobre un costado, acurrucada hecha un ovillo. El rostro se ocultaba debajo de la seda, pero las trenzas pelirrojas y despeinadas podían verse perfectamente, iluminadas por las llamas. La diosa miró a la niña y luego a Rhys.
Zeboim ahogó un grito. Se agachó rápidamente sobre la niña. La diosa del mar cogió la tela del altar y la retiró bruscamente del rostro de la pequeña. Después cogió a la niña por la barbilla y le giró la cabeza hacia la luz de la hoguera. La niña se despertó con un grito.
—¡Parad! —exclamó Rhys ásperamente, interponiéndose entre ellas—. ¡Estáis haciéndole daño!
Zeboim se echó a reír descontroladamente.
—¿Haciéndole daño? ¡No le haría daño ni aunque le clavara una daga en el corazón! ¿Esto lo ha hecho Majere? ¿Acaso cree que puede ocultármela con este disfraz tan tonto... ?
—Majestad... —empezó a decir Rhys.
—¡Ay! —exclamó Zeboim, retirando la mano. Bajó la vista hacia la niña, perpleja—. ¡Me ha mordido!
—¡Y si vuelves a acercarte, te muerdo otra vez! —gritó la niña—. ¡No me gustas! ¡Vete!
Se ajustó bien la tela alrededor del cuerpo, se hizo un ovillo y cerró los ojos.
Zeboim se chupó la sangre que le manaba de la mano y miró a la niña fijamente.
—¿No me conoces, pequeña? —preguntó—. Soy Zeboim. Tú y yo somos amigas.
—Nunca antes te había visto —repuso la niña.
—Majestad —dijo Rhys, nervioso—, ¿quién es esta niña? Parece que la conocéis.
—No juegues conmigo, monje —contestó Zeboim.
—No estoy jugando con nadie, majestad —respondió Rhys con total sinceridad.
Zeboim desvió los ojos hacia él.
—Estás diciendo la verdad. Realmente no lo sabes. —Hizo un gesto hacia la niña dormida—. Es Mina. O más bien debería decir que era Mina. No tengo la menor idea de quién cree que es ahora.
—No lo entiendo, majestad.
—No eres el único —repuso la diosa con tono grave—. ¿Dónde la encontraste?
—Estaba en el mar durante la tormenta. Estuvo a punto de ahogarse...
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