—Sí. Hazle entrar. Has interrumpido algo muy interesante, Paul.
Sean Gogarty, profesor de Física Teórica en el Kings College de la Universidad de Londres, pasó a la cámara de observación y se llevó la mano hacia los ojos para mirar hacia el laboratorio de aislamiento. Su rostro era abierto, amistoso, nariz larga y afilada, dientes prominentes. Era alto y se notaba que se cuidaba, y sus brazos parecían bien musculados bajo su chaqueta de lana irlandesa. Su sonrisa se desvaneció y sus ojos se entornaron tras unas modernas gafas estilo aviador al mirar hacia Bernard.
—Doctor Bernard —dijo en agradable acento irlandés con un toque de Oxford.
—Doctor Gogarty.
—Profesor, es decir, sólo Sean, por favor. Me gusta evitar los títulos.
—Entonces llámeme Michael. ¿Lo soy, de verdad?
—Sí, bien, en su caso… eh… será un poco difícil dirigirse a usted así. Yo sé de usted, y estoy seguro de que en cambio usted no ha oído nunca hablar de mí, eh, Michael —otra vez una sonrisa, pero insegura, incómoda. Como sí, pensó Bernard, hubiera esperado encontrarse con un ser humano y viera…
—Paul me ha informado de una parte de su trabajo. Usted me sobrepasa un poco, Sean.
—Mi área de estudio es otra. Este asunto, este incidente de su país también me sobrepasa a mí, estoy seguro. Hay unas cuantas cosas de las que me gustaría hablar con usted, Michael, y con alguien más.
Paulsen-Funchs miraba a Gogarty con alguna aprensión. Sin lugar a dudas, esta reunión sería sancionada por varios gobiernos, pensó Bernard, o no hubiera llegado a tener lugar, pero Paul estaba todavía inseguro.
—Mis colegas, entonces —Bernard hizo un gesto hacia Paulsen-Fuchs.
—No se trata de sus colegas humanos —dijo Gogarty.
—Mis noocitos.
—¿Noocitos? —Sí, sí, entiendo. Sus noocitos. Teilhard de Chardin hubiera aprobado esa denominación, creo.
—Últimamente no he pensado mucho en Teilhard de Chardin —dijo Bernard—, pero podría no resultar un mal guía.
—Sí, bien, estoy aquí casi de incógnito, y mi tiempo ha sido limitado. Tengo una hipótesis que quisiera proponerle, y quisiera que usted y sus pequeños colegas me dieran su opinión.
—¿Cómo consiguió información detallada sobre mí y sobre los noocitos? — preguntó Bernard.
—Los expertos de toda Europa han sido informados. Alguien vino a mí siguiendo una corazonada. Espero que esto no afecte a su carrera. No soy muy respetado por todos mis colegas, doctor Bernard… Michael. Mis ideas son un poco demasiado avanzadas, según ellos.
—Vamos a escucharlas —dijo Bernard, impacientándose.
—Sí. ¿Me imagino que no ha oído mucho acerca de la mecánica de la información?
—Ni palabra —dijo Bernard.
—Estoy trabajando en un campo muy especializado de esa rama de la física — un área que todavía no está reconocida—, los efectos del proceso de la información sobre el espacio-tiempo. Se lo expongo brevemente porque los noocitos pueden saber ya más que yo, y les será más fácil explicárselo a usted…
—No cuente con ello. Les gusta lo complejo, y a mí no.
Gogarty hizo una pausa y se sentó, completamente callado durante varios segundos. Paulsen-Fuchs le miró con un transitorio toque de ansiedad.
—Michael, he reunido una gran cantidad de estructura teórica que apoya el siguiente aserto —respiró hondo—. El proceso de la información, más exactamente, de la observación, tiene un efecto sobre los acontecimientos que tienen lugar en el espacio-tiempo. Los seres conscientes juegan un papel integral en el universo; fijamos sus límites, determinamos en gran medida su naturaleza, tanto como determinamos nuestra propia naturaleza. Tengo razones para creer — aunque de momento sólo sea una hipótesis— que lo que hacemos no es tanto descubrir leyes físicas como colaborar en ellas. Nuestras teorías son examinadas a la luz de nuestras pasadas observaciones tanto por nosotros como por el universo. Si el universo está conforme en que los pasados acontecimientos no son contradecidos por una teoría, la teoría se convierte en un modelo. El universo prosigue con el. Cuanto mejor se adapte la teoría a los hechos, mayor será su duración, si es que llega a durar. Luego deslindamos el universo en territorios, siendo núestro territorio particular, en tanto que seres humanos, el más inequívoco. No hay contacto extraterrestre, sabe… Si existen otros seres en otro lugar que la Tierra, ellos ocuparían sin embargo, otros territorios de teoría. No caben mayores diferencias entre las teorías de los diferentes territorios, el universo, después de todo, juega el papel principal, pero sí pueden esperarse diferencias menores.
»Las teorías no pueden ser efectivas por siempre. El universo cambia sin cesar; podemos imaginarnos regiones de la realidad en evolución hasta que nuevas teorías sean necesarias. Hasta aquí, la raza humana no ha generado ni de cerca la densidad o cantidad de proceso de información —computación, pensamiento, etcétera— para manifestar ningunos efectos verdaderamente obvios sobre el espacio-tiempo. No hemos creado teorías lo suficientemente completas para que recojan la realidad de la evolución. Pero todo esto ha cambiado, y muy recientemente.
Escucha cuidadosamente a GOGARTY.
Bernard se animó y empezó a prestar más atensión.
—Si tuviera tiempo para presentar mis matemáticas, mis correlaciones con la mecánica formal de la información y la electrodinámica cuántica… ¡y si usted pudiera entenderme!
—Le estoy escuchando. Le estamos escuchando —Sean Gogarty abrió más los ojos.
—Los… ¿noocitos? ¿Han respondido?
—No les ha dado usted mucho a lo que puedan responder. Continuúe, Profesor.
—Hasta ahora, la unidad más densa de proceso de información en este planeta era el cerebro humano… ligera inclinación de cabeza ante los cetáceos, tal vez, pero sin tanto estímulo y proceso, mucho más insular, diría yo. Cuatro, cinco billones de personas pensando cada día. Pequeños efectos. El tiempo se cierne, pequeños estremecimientos en su seno, ni siquiera mensurables. Nuestros poderes de observación —nuestro poder para formular teorías efectivas— no es lo suficientemente intenso como para desencadenar los efectos que he descubierto por medio de mi trabajo. ¡Nada en el sistema solar, ni tal vez tampoco en la galaxia!
—Está usted divagando, profesor Gogarty —dijo Paul-sen-Fuchs. Gogarty le dirigió un irritado gesto de asentimiento y fijó sus ojos en Bernard, como buscando su apoyo.
Lo que dice es de interés.
—Está llegando a la cuestión, Paul, no le des prisa.
—Gracias. Muchas gracias, Michael. Lo que digo es que ahora tenemos condiciones suficientes para causar los efectos que he descrito en mis informes.
No sólo cuatro o cinco billones de individuos conscientes, Michael, sino trillones…
quizá billones de trillones. La mayoría de ellos en Norteamérica. Diminutos, muy densos, y enfocando su atención sobre todos los aspectos de lo que les rodea, de lo más pequeño a lo más grande. Observando todo lo que hay a su alrededor y teorizando sobre lo que no observan. Los observadores y los teorizadores pueden fijar la forma de los acontecimientos, de la realidad, en formas muy significativas.
No hay nada, Michael, sino información. Todas las partículas, toda la energía, e incluso el mismo tiempo y el espacio, no son en última instancia sino información.
La verdadera naturaleza, el tono del universo puede ser alterado, Michael, ahora mismo. Por los noocitos.
—Sí —dijo Bernard—. Sigo escuchándole. Algo no manifiesto… la evidencia.
—Hace dos días —dijo Gogarty, más animado, con su cara enrojeciendo por la excitación—, la Unión Soviética lanzó un ataque nuclear a gran escala sobre Norteamérica. Al contrario que sobre Panamá, ni uno solo de los misiles estalló.
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