Wilson Tucker - El año del sol tranquilo

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El año del sol tranquilo: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta novela narra el desarrollo y la posterior realización de un proyecto oficial del gobierno de los Estados Unidos para estudiar el futuro.
Ha sido considerada por la crítica como una obra excelente, quizás un poco amarga pero profundamente crítica respecto al futuro de nuestra sociedad occidental.

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La pesada carreta escapó de sus manos en el descenso de la ladera.

Corrió junto a ella, forcejeando por detenerla y gritando sus maldiciones en su agotamiento, pero la carreta ignoró sus voces y siguió bajando la ladera por entre las malezas, que no constituían ninguna barrera para ella —ahora—, hasta que finalmente alcanzó la llanura de abajo y volcó, esparciendo su contenido por entre las hierbas. Chaney rugió su irritación: el término arameo que tanto le gustaba a Arthur Saltus, y luego otra frase reservada a los asnos y a los recaudadores de impuestos. La carreta —como los asnos, pero no como los recaudadores— no respondió.

Enderezó trabajosamente la carreta, recuperó su cargamento, y lo remolcó con esfuerzo a través del campo hacia la vía férrea.

El olvidado bastón le sirvió como indicador.

Su pequeño tesoro fue dejado allí para quien lo encontrara, abandonado junto a la vía férrea al alcance de aquella asustada familia o de cualquier otro viajero que pasara por allí. Puso las cerillas y las medicinas encima de la caja más grande, y luego las cubrió con su abrigo para protegerlas de la intemperie. Chaney perdió tan sólo un momento escrutando la distancia a lo largo de la vía férrea en busca de algún ser humano; estaba seguro de que sus gritos y sus maldiciones habrían asustado a cualquiera que estuviera por la zona. Como antes, estaba solo en un mundo vacío. De algún lugar entre los árboles le llegó la llamada de un pájaro, y tuvo que contentarse con eso.

Al atardecer, cuando el débil calor del sol empezaba ya a desvanecerse, empujó la vacía carreta ladera arriba y a través de la abertura que había abierto, deteniéndose tan sólo para recuperar las tenazas. Chaney no se atrevió a mirar atrás. Tenía miedo de lo que podía descubrir… o no descubrir. Si se volvía bruscamente y miraba, el descubrir a alguien rebuscando ya entre las cajas sería su perdición; sabía que no podría impedir el comportarse como antes y asustar nuevamente al otro. Pero volverse y ver de nuevo el mismo mundo vacío y deshabitado no haría sino acentuar su depresión. No se volvió.

Chaney siguió el camino que él mismo había abierto entre las verdeantes hierbas, en busca del inicio de la carretera pavimentada. Un pequeño animal huyó corriendo al aproximarse él.

Se detuvo al extremo del aparcamiento, mirando hacia el jardín abandonado y pensando en Kathryn van Hise. De no haber sido por ella, ahora estaría sin hacer nada en la playa y pensando en volver al trabajo en el depósito de cerebros…, pero sólo pensando en ello; quizá dentro de una semana o dos se decidiría a tomar una decisión y a estudiar los horarios de los trenes y los enlaces a Indianapolis, si aún existían en una era de extinción de los trenes. La única preocupación en su mente serían los críticos que leían los libros demasiado apresuradamente y saltaban a fantásticas conclusiones. De no haber sido por ella, nunca hubiera oído hablar de Seabrooke, de Moresby, de Saltus…, a menos que sus nombres aparecieran en algún documento llegado al depósito de cerebros. No hubiera saltado a un Joliet dos años más allá de su tiempo y descubierto un muro; no hubiera saltado a aquel deprimente futuro, fuera en el año que fuese, y descubierto una catástrofe. Se habría hundido en su microscópico y lento mundo particular hasta que el cruel futuro hubiera llamado a su puerta… o él mismo hubiera entrado en él.

Se preguntó qué estaba haciendo allí: qué estaba haciendo con la abortada investigación, y qué estaba haciendo con el tranquilo y casi abandonado mundo del 2000 y algo. No podía hacer ya otra cosa más que ir a decírselo a Katrina, a Seabrooke, y quizá escuchar mientras ellos transmitan la noticia a Washington. El siguiente movimiento correspondía a los políticos y a los burócratas; era mejor dejar que ellos cambiaran el futuro si podían, si tenían el poder.

Su papel había terminado. Podía grabar un informe y ponerle una etiqueta: Eschatos.

El montón de arcilla amarillenta llamó su atención, y siguió el desagüe por entre las hierbas hasta la cisterna, deseando fotografiarla. Aún se maravillaba ante el descubrimiento de un artefacto nabateo proyectado para el ligio XXI, y sospechaba que el responsable era Arthur Saltus: lo había copiado del libro que él le había dejado, de las páginas de Pax Abrahamitica. Con suerte, podría recoger y albergar agua durante otro siglo o más, y si pudiera medir su capacidad estaba seguro de que descubriría que su volumen debía de ser aproximadamente de diez cor. Saltus había hecho un buen trabajo para un aficionado.

Chaney se volvió hacia la tumba.

No la fotografiaría, porque la foto suscitaría preguntas que no se atrevería a responder. Seabrooke desearía saber si había alguna inscripción en los brazos, y por qué no había fotografiado esa inscripción. Y Katrina permanecería sentada, con su lápiz preparado para tomar nota de su informe verbal.

A ditat Deus K

¿Quién estaba allí, Arthur o Katrina?

¿Cómo podía decirle a Katrina que había encontrado su tumba? ¿O la tumba de su esposo? Aunque… ¿por qué no podía ser ése el lugar final de reposo del mayor Moresby?

Un pájaro llamó de nuevo desde algún lejano lugar, haciéndole alzar la vista hacia los distantes árboles y el cielo más allá.

Los árboles tenían hojas nuevas, anunciando el verano; la hierba era tierna e intensamente verde, no reseca aún por las sequías del pleno verano: un mundo de frescor. Diáfanas nubes se arracimaban en torno al sol en su ocaso, creando un espejismo de resplandor doradorrojizo como una aureola. Hacia el este, el cielo era maravillosamente azul y límpido, un cielo recién barrido, desinfectado y esterilizado. Por la noche las estrellas debían de parecer enormes diamantes tallados.

¿Arthur o Katrina?

Brian Chaney se arrodilló para tocar la corta hierba de encima de la tumba, y mentalmente se preparó para regresar a casa. Su depresión era profunda.

Una voz dijo:

—Por favor…, ¿el señor Chaney?

La impresión lo inmovilizó. Tuvo miedo de que, si se volvía demasiado rápido o se ponía en pie, un dedo nervioso apretara un gatillo y lo enviara a unirse con Moresby bajo el suelo de la estación. Se mantuvo rígidamente inmóvil, consciente de pronto de que su propio rifle estaba en la carreta. Descuido; negligencia; estupidez. Una mano permaneció apoyada sobre la tumba; su mirada siguió fija en la cruz.

—¿Señor Chaney?

Tras un tiempo infinito —una angustiosa eternidad—, giró únicamente la cabeza para mirar hacia el sendero tras él.

Dos extraños: dos casi extraños, dos personas que reflejaban su propia inseguridad y aprensión.

El más cercano de los dos llevaba un grueso abrigo y un par de botas tomadas del almacén; iba con la cabeza y las manos descubiertas, y la única arma que esgrimía era un par de prismáticos también tomados del almacén. Era alto, delgado, larguirucho, sólo unos pocos centímetros más bajo que Chaney, pero no tenía el pelo color arena ni el cuerpo musculoso de su padre; le faltaban la piel bronceada y el empaste de plata en su diente, carecía del modo de mirar que sugería el de un marino mirando directamente al sol. Le faltaba la arrogante juventud. Si el hombre hubiera poseído esas características en vez de carecer de ellas, Chaney habría dicho que estaba mirando a Arthur Saltus.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Usted es el único al que aún esperábamos, señor.

—¿Y tenía usted mi descripción?

Suavemente:

—Sí, señor.

Chaney giró sobre sus rodillas para hacer frente a los extraños. Se dio cuenta de que tenían tanto miedo de él como él lo tenía de ellos. ¿Cuándo habían visto por última vez a un hombre allí?

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